Documentando a Trump
A los 78 años, el actual presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, mantiene alto el perfil mediático que desde muy joven le aseguró su éxito, primero como empresario, luego como figura política. Poco parece haber importado que su carrera en ambos terrenos se haya visto continuamente manchada por acusaciones reiteradas de extorsión y chantaje, por escándalos sexuales relacionados con el abuso físico y la misoginia, y por una estrategia de sometimiento del adversario comercial o político mediante presiones propias de una asociación mafiosa, o por el hostigamiento que procura golpear las zonas más vulnerables del contrincante –su reputación moral, su familia o cualquier ilícito real o inventado– con el fin de ganar posiciones ventajosas en una negociación.
Para estos propósitos ha sido esencial el recurso sistemático a la mentira, a las medias verdades y a la información tergiversada, hasta crear en torno suyo una zona de impunidad que le ha permitido declarar con arrogancia que él podría disparar al azar y sin consecuencias sobre cualquier persona en la quinta avenida neoyorkina. Una fanfarronada siniestra.
El aprendiz del brujo
Entre los muchos talentos que presume Donald Trump destaca uno en particular: su arte de hacer de la política y del interés público un próspero negocio personal. Desde su acceso hace pocos meses al poder presidencial en un segundo mandato, el empresario ha dominado de modo apabullante las conversaciones públicas, no sólo en Estados Unidos, sino en el resto del mundo. Fiel a sus viejas estrategias de manipulación mediática, particularmente a través de las redes sociales, este dominio del discurso lo viene ejerciendo a través de la intimidación, su arma favorita. Confunde y vencerás, pareciera ser su divisa que, en todo caso, refleja el pensamiento táctico de Steve Bannon, su asesor ideológico durante su primer mandato (2016-2020), y animador de la agencia noticiosa de extrema derecha Breitbar News, para quien era esencial mantener siempre al vilo a la opinión pública y a los gobiernos extranjeros con declaraciones intempestivas, en ocasiones alarmantes, que serían desmentidas horas o días después, para dar paso a nuevos posicionamientos oficiales sorpresivos que a su vez podrían ser también negados o ejecutados sólo a medias. Este desesperante vaivén informativo tiene como propósito conferir un amplio margen de acción para el presidente y su equipo, así como protegerlo de toda interpretación inconveniente o desfavorable de sus palabras. En realidad, mucho antes de Steve Bannon, el magnate político había contado con la asesoría de uno de los personajes más tóxicos de la política estadunidense: el abogado litigante Roy Cohn, judío neoyorkino y homosexual vergonzante, quien enseñó al joven aprendiz Donald Trump tres lecciones básicas en toda negociación: atacar, saber contraatacar, y jamás disculparse. Despojarse también de cualquier escrúpulo moral.
Los detalles de este aprendizaje de la amoralidad práctica lo describe muy bien una película de ficción, apegada a hechos reales, realizada por el director danés de origen iraní Ali Abassi. Se trata de El aprendiz (The Apprentice, 2024), con Jeremy Strong en el papel del abogado corrupto Roy Cohn y con Sebastian Stan caracterizando de manera notable a Donald Trump. La cinta describe la manera en que el joven empresario neoyorkino solicita los servicios de Cohn para defender a su familia de las acusaciones de discriminación racial en contra de inquilinos de uno de sus edificios. A partir de ahí, inicia la espiral de seducción mutua de los dos personajes, cómplices ya en abusos y extorsiones de todo tipo. Roy Cohn afinará las reglas ya conocidas: atacar sin piedad al adversario, no admitir nada y negarlo todo, clamar siempre victoria sin admitir jamás una derrota.
Este credo del capitalismo salvaje, concentrado en un personaje aspiracionista y sin escrúpulos, había quedado trazado en un documental de 1991, Donald Trump: The Art of the Deal, de Libby Andros (disponible en You Tube), donde se documenta no sólo la construcción del imperio financiero Trump y su relación con la mafia, sino la infinidad de intrigas y golpes bajos que lo hicieron posible.
Danza con lobos
¿Hay algo peor que Donald Trump? La respuesta es casi inmediata: sí, sus seguidores. Vociferantes y enardecidos, portadores de una larga agenda de reclamos y rencores sociales, aclaman y festejan en su líder moral y político todo tipo de exabruptos o bajezas morales, desde la discriminación a las minoría éticas y sexuales hasta las acciones relámpago de hostigamiento a personas sospechosas de wokismo, defensa de la diversidad sexual o apología de la ideología de género. A esta masa de pirómanos verbales, decide acercarse el documentalista Michael Moore para reunirlos en un teatro del estado de Ohio, en pleno Midwest, en el llamado cinturón bíblico, cuna de trumpistas y de fanáticos ultraconservadores. La escena se desarrolla en vísperas de las elecciones presidenciales de 2016 que enfrentan a Trump con la candidata demócrata Hillary Clinton, un personaje detestado por la esfera reaccionaria. Con el respaldo moral de su propia popularidad como documentalista comprometido de izquierda, el director de Masacre en Columbine, Sicko y ¿Qué país invadiremos próximamente? invita al público local, en su mayoría trumpista, a un one-man show teatral de una hora, durante el cual desmonta, con ironía, parte de las falacias y posverdades del candidato republicano. Acto seguido, captura en video una de esas representaciones y difunde el documental bajo el título de Michael Moore en Trumpland (2016). Lo que inicia como una provocación (¿Qué, no les gusta de Hillary?, reclama al público. ¿Su reputación de asesina o de política corrupta? ¿Su condición de mujer?), es seguido del recordatorio de la larga práctica altruista de la esposa de Clinton en favor de la salud pública y la protección de las minorías vulnerables. El público se muestra desconcertado. La sátira rijosa se ha vuelto un acto de campaña demócrata. Y sin embargo, nadie parece realmente irritado. Es como si por un momento, el buen sentido y la tolerancia hubieran remplazado a la furia polarizante, latente en muchos mítines políticos, pronta a desbordarse en el linchamiento físico o verbal del adversario. Michael Moore parece haber cumplido su cometido.
Fragilidad del seguidor trumpista
Los incondicionales del republicano no están de modo alguno convencidos, mucho menos seducidos por el alegato demócrata. Pero celebran la temeridad y el desparpajo humorístico de un Michael Moore ocurrente, jamás ayuno de anécdotas picantes. El realizador vuelto aquí comediante ensaya con astucia la parodia verbal y gestual del propio Trump. En lugar de un grito, abre grande la boca para lanzar un rugido de león a manera de arrebato colérico e intimidatorio. Invita al público a secundarlo y a rugir como él o como su líder, o como en otras ocasiones lo hacen ellos mismos. El comediante se vuelve entonces un domador de bestias, y éstas lo siguen obedientes, desde esa jaula teatral o circense a la que han asistido para pasar un buen rato, fanfarronamente fuertes, conscientes al final de la triste fragilidad de su discurso opositor y disruptivo.