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Susy decía ya no sirvo para el amor

Qué dolor y cuánta impotencia verla marchitarse con el maldito miedo hasta acá. Mamacita. Y de nuevo casta, otra vez virgen. Desde que le hicieron la prueba rápida del VIH y ésta salió reactiva ya no quiso varón. Repudió a los galanes mejor plantados.

Espérate a la confirmación del test, loquita, le dijimos por decirle algo a la histérica y bromeábamos con chistes pesados por animarla, por calmarla. Aquella manera de hablarle empeoraba su condición. De allí no la movíamos. Ni con trascabo la podíamos desenterrar.

En seguida agarró su teléfono y a todas las personas que más la querían les dijo lo del diagnóstico con el fin siniestro de espantar cualquier guiño fraterno, solidario, afectuoso. Cualquier contacto humano.

A sus amantes les escribió breves cartas con la noticia horrenda de que se iba a morir mañana. Corregía de inmediato: “Mañana es muy tarde, me voy a morir hoy, ya no sirvo para nada, de amor estoy manchada.”

Sergio el ingeniero, un caballero de bonitos modos, muy formal, muy serio, un señor maduro que tenía planes de vivir una relación serena fue su primer objetivo. Adiós a los proyectos de ponerle su casita de interés social a la Susy, montarle una vida de folleto, casarse por las leyes civiles con ceremonia nupcial y luna de miel en Los Cabos, adoptar hijos, ponerle su despacho contable.

Cómo lo iba a querer a Sergio si lo que ella sentía era asco de sí misma y del sexo casual, del sexo diabólico, del sexo metanfetamino que la premió con el huevo maldito.

“Qué pendeja fui, mana, yo que colaboraba como voluntaria de varios grupos de lucha contra la epidemia, vine a salir con mi pendejada.” La Susy no se lo perdonaba, nos echaba en cara que éramos cómplices de su infección. No y nuncamente no nos iba a disculpar. La vergüenza alimentó el autoescarnio, se aferró al autocastigo como único motor de su existencia. Se entregó enterita a una agonía precoz.

Se empezó a pudrir desde dentro hacia afuera, despacito pero a trote inexorable con destino a la extinción. Se le percudió su alma blanca, su alma santa, su alma floral a punta de cabronazos, insomnio y lágrimas muchas: llorar hasta el amanecer y vuelta a chillar todo el día, semana tras semana.

Recordaba con amargura. Una noche de potentes y esplendorosas drag queens, una madrugada jacaranda en el antro de moda y zaz, el puto sida. Susy acusaba a grito abierto a medio mundo. Levantaba el dedo índice con uña flamígera, con mirada perdida de loca rematada, murmuraba: estoy cierta, chingo a mi madre si no fue X mayate, ese malvado chacal, aquel striper de labiosa habla. Las perras de mis amigas me lo ensartaron, yo ni quería.

Se jalaba los pelos güeros la Susy, se los estiraba tanto que se quedó sin mechas de tanto jalonar el cabello teñido con Kolestón. Aullaba de rabia y remordimiento. Sólo exigía volver a ver a su madre muerta hace veinte años. ¿Qué podíamos hacer? ¿Cómo revivir a la mamá difunta para que la Susy no se nos cayera hasta el fondo?

Chica, preciosa, hermanita, reacciona, este pinche diagnóstico no significa una sentencia de muerte, lo sabes mejor que nadie; el reactivo no significa gran cosa ya que estamos en otra época, otro siglo, otro planeta; mira, la bendita ciencia ha avanzado tanto, tú lo sabes pero te haces la mensa.

Susy, amiguita, vas a vivir muchos años si tomas tu medicina como se debe, comes bien, te cuidas lo máximo con condón, visitas al médico, haces ejercicio, te dejas querer de verdad por Sergio que mucho te quiere, zonza, te espera una vida larga, productiva, dichosa; mira qué guapo y trabajador el ingeniero, qué más quisiéramos nosotras… nadie nos fuma, ni un perro sarnoso nos voltea a ver, en cambio a ti…

Pero la Susy en la depre, instalada en la flagelación, vomitaba sangre, escupía ceniza, se revolvía entre clavos ardientes. La falta de buena alimentación iba secando a nuestra Susy. No quería recibir visitas, cerró sus cuentas en las redes sociales. Nos odió.

Repudió la vida maricona, selló su boca, canceló sus ojos avispados, se dejó ir a paso veloz. A la carrera se fue quedando en los puros huesos. Le rogaba su hermana Tencha: chavala, por amor de dios, come esta sopita, bebe este atolito, muerde esta manzana. Susy utilizaba al máximo sus fuerzas mengüantes para apartar de sí todo lo que fuera comida, olor a cocina, cariño familiar. Su chantaje la destruía y se llevaba de encuentro todo a su alrededor. Sólo el suero y el diazepam la mantenían quietecita y con vida.

Quiero un sacerdote. Por favor denme los santos óleos. Dramática la Susy, teatrera la idiota, intensa transexual de mierda, pensábamos muy en el fondo las locas hartas de ver aquel proceso inaudito. Sus amistades se fueron retirando discretamente. Sólo quedamos cuatro amigos. Uno se murió de complicaciones relacionadas al sida, otro se fue a vivir a Mazatlán, uno de plano se alejó al borde de la locura. Sólo quedé yo, que dejé de visitarla en el colmo de la desesperación.

Una mañana la moribunda se despertó muy sonriente, pidió que la aseara su hermana, que la arreglara como para ir de fiesta. Se calzó sus zapatillas más hermosas. Salió al balcón a recibir los rayos del sol. Comentó a Tencha: anoche soñé a mamá, me dijo que no me iba a morir de esta porquería, que me dedicara a cuidar a otros enfermos y me dejara de actuar escenas baratas.

Desde ese momento Susy dejó de llamarse Susy. Se puso como nombre Inés de la Cruz y se marchó a vivir a Reynosa donde hoy vive muy feliz.

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