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Mes del amor

Y no. Esa vez tampoco. Acaso el ataque de celos se diluyó con las flores, la cena romántica, los chocolates y que Tavo te pidió perdón, Amor, se me pasó la mano porque pensaba lo peor de esa foto que vi en tu muro de Facebook.

Y no. De nada sirvió que le explicaras al iracundo que nada significa esa foto donde sales tan escotada en la fiesta con tus compañeros de oficina, todos sonriendo, encantados, embadurnados de pastel, con un vaso de refresco y la palabra Felicidades recortada contra un fondo de diplomas y frases motivacionales que tanto le gustan al jefe.

Y no. Esta vez tampoco porque es febrero, mes del amor romántico, amor loco, amor comercial, amor escatimado por el capricho homicida del puto cupido de nalgas encarnadas y rechonchas con un arco tensado entre sus regordetas manazas de niño con sobrepeso al borde de una crisis de diabetes.

Y no. Nada de nada valió en el marco de los demás onomásticos que tan útiles resultan a los burócratas y funcionarios de los tres niveles del edificio. Los licenciados, animales tan procelosos para darse baños de pueblo y salir en los notidiarios entre nubes de guaruras y achichincles porque la Patria siempre es primero, Mirthala, traiga otra tacita de café con mucho endulzante Splenda. Y tú sabes que la Historia cuenta otra historia y uno sólo debe limitarse a enviar oficios, memorandum, anexos y expedientes más aburridos que una junta de Consejo.

Y no. Porque habría de ser distinto esta vez después de que él te dio tres bofetadas, inyectados los ojos de rabia roja porque un fin de semana que tenías planeado asistir a la boda de Karina en Playa del Carmen te negaste a cuidar a los hijos que el mentado Tavo tuvo con otra(s), de quien ni siquiera se ha divorciado. Niños que le cuestan un ojo de la cara en pensión alimenticia, cuotas escolares y bobadas domésticas como juguetes electrónicos y gastos médicos mayores. Tómala por inmadura. Una cachetada. Tómala por obstinada. Otra cachetada. Tómala, etc.

Y no. Esta vez, mucho menos. Porque es 14 de febrero y los aparadores están colmados de chucherías para celebrar a San Valentín. Tú las ves desde tu coche atascado en el tráfico de la hora pico y te hierve la sangre porque él ni te llamó ni te respondió el watsap y pasaste la vergüenza de cancelar la cena-show en conocido restaurante de la Condesa. De nuevo plantada, como otros años, de nuevo postergada, como otros años. De nuevo burlada como siempre.

Y no. Esta vez será la última, lo prometo, no dejas de repetirte en voz alta sin dejar de hacer presión en el claxon porque el imbécil de adelante se detuvo en tercera fila para hacer tiempo mientras sus amigos torean el tráfico de las siete con pastelillos y café en cada mano. No dejas de ver por el retrovisor tu carita pendeja y gritas basta, hasta aquí llegó esta relación tóxica, de este hombre tóxico, este afecto tóxico tal como lo perfilan los manuales de divulgación psicológica tan de moda en los anaqueles de la tienda Sanborns que no te sirven para maldita cosa a la hora de dar un golpe de timón y alejarte del peligro que encarna un noviazgo tan falso como la sonrisa de tu jefe en campaña electoral.

Y no. Esta ocasión también decides que ya no será lo mismo a pesar de que todo siga igual. Al día siguiente te llegará un predecible gesto de humildad. O a la semana siguiente, ya ni te acuerdas, Tavo, tu jefe, te mandará un ramo de rosas con una notita que al calce dirá: ¿Me das otra oportunidad, chiquita?

Y no. Pero claro. Tu primer arranque será botarlo en el tacho de papeles pero tu siguiente impulso es dejarlo encima del escritorio, al lado de la lapicera y los monos de peluche y las miniaturas de falsa porcelana europea que coleccionas tan mensa tú, doblegada sobre todo por las miradas de reojo de tus compañeras cagadas de verde envidia. Cómo gozas, la mera verdad, fingiéndote tan dulcemente cortejada por el mero mero en estas fechas de suprema desolación.

Y no. Otra vez sucede igual pero distinto. Qué te pasa que lo perdonas siempre. Pasa que la esperanza. De tal manera que un virus pasará de modo directo a través de sus fluidos hasta tu torrente como si de escanciar vino generoso se tratara en escenas nunca vistas por tu sistema inmune. Mientras su mano, su poderosa mano mentirosa acaricia tu nuca cuando él arroja fuera pero muy dentro su cochina virilidad a través de un quejido revuelto con los vapores turbios de una cita tensa, una cita de reconciliación, una cita como las miles en el mismo motel con otras personas a quienes Tavo ha tratado igual. O peor.

Y no. Nunca más podrá ser más real el sentimiento de asco, incertidumbre, miedo por lo que va a venir inmediatamente después de la bronquitis y la terca fiebre con sudoraciones nocturnas y la baja de peso vertiginosa. Hasta que Fer, tu mejor amiga, te sugirió hacerte la prueba de VIH. Te aferraste a la explicación más a la mano de aquel malestar insidioso. Culpaste a la inversión térmica en la época invernal y la concomitante contaminación en el valle de Anáhuac. Hasta que aceptaste hacerte el test.

No. Aquella vez que acudiste a la revisión médica te quedaste impávida. Ni te inmutaste. Igual te sucedió hace un par de años cuando uno de los muchos enemigos del Lic. te advirtió que Tavo también se acuesta con hombres y allí están de testigos los baños de vapor y los moteles de paso de la Avenida Tlalpan. Y no. Ni eso te sirvió para borrar de tu piel la electricidad que sigues sintiendo por el hombre de tu vida.

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