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Camaraderías insólitas


En The Future of Queer. A Manifesto, un ensayo publicado el pasado mes de enero en la revista Harper’s, el activista gay Fenton Johnson afirma, sin ambages, que luego de largos años de lucha contra las instituciones indiferentes a la tragedia del sida y del avance que significó para la comunidad LGBT la aparición de medicamentos capaces de convertir una vieja sentencia de muerte en un nuevo contrato de vida, ya sólo queda del tumulto de aquellas viejas luchas una calma consternante y un gran azoro al contemplar el “misterio de la supervivencia”.

Domesticar la disidencia
Queda también, según el autor del texto, una nueva conquista esencialmente conservadora: la legalización del matrimonio gay que para el Estado que habría de tolerarla suponía la domesticación final de “una vieja multitud de seres marginales renegados”. Muy pronto, buena parte de la comunidad LGBT se dividió entre los llamados asimilacionistas, personas gay que buscaban ser aceptadas por la sociedad con una cuota equitativa de derechos civiles (que incluía por supuesto el derecho a contraer matrimonio con sus pares), y los eternos renegados queer que con obstinación se negaban a adoptar o a aclimatarse a las normas sociales dominantes en detrimento de la originalidad intransferible y no negociable de una identidad homosexual. En su manifiesto The Future of Queer, Johnson compara la construcción de la deriva asimilacionista al fenómeno de “gentrificación” que se observa en algunos barrios urbanos, donde las calles, los comercios y los lugares de esparcimiento han perdido progresivamente su viejo carácter distintivo en beneficio de proyectos urbanísticos modernizadores e ideales de consumo mercantil que terminaron desfigurándolos por completo.

El autor lo tiene claro: “Los asimilacionistas han ganado y tienen en el matrimonio legalizado la argamasa suficiente para cimentar el muro de contención que habrá de separarnos los unos de otros, de nosotros mismos, de todo lo que es poco familiar, desafiante y extraño, del aprendizaje y del crecimiento. Los neoconservadores asimilacionistas construyen así sus filosofías de consumo sobre las cenizas de quienes dejaron sus vidas en la línea del combate por la visibilidad y el tratamiento del sida, y su aspiración consiste ahora en ser exactamente como los demás”.
El juicio se antoja severo y probablemente injusto. Sin embargo, a medida que Fenton Johnson evoca, a título personal, su trayectoria como militante gay y su desazón ante lo que advierte como una claudicación del antiguo disidente ante las normas y convenciones morales del orden establecido, también analiza con gran lucidez el significado histórico de la institución matrimonial, su origen de transacción primordialmente mercantilista, su vocación primera de defensa de la propiedad y del poder patriarcal, y las ventajas materiales inherentes a todo contrato conyugal. Lejos de cuestionar los fundamentos sociales del matrimonio civil, el asimilacionista gay los acepta tácitamente transformándolos además en una conquista paulatina de derechos civiles equiparables a los de las parejas heterosexuales. “El status quo marital representa una importante victoria en materia de derechos civiles, pero también la derrota de toda una subcultura”, sentencia el autor.

La camaradería de los extraños
Escribía André Gide en El inmoralista, en 1902: “A las leyes del mimetismo yo las llamo las leyes del temor. A las personas les asusta encontrarse a sí mismas en la soledad, y por lo mismo nunca llegan a encontrarse… Lo que parece diferente en uno mismo, esa es la cosa rara que uno posee, la que nos confiere a cada uno nuestro valor; y es justamente eso lo que procuramos suprimir. En lugar de encontrarnos, imitamos”.

El autor de The Future of Queer acude a Gide, director virtual de conciencia de muchos homosexuales en el siglo pasado, para intentar definir lo que entiende por el vocablo queer, y su vinculación con lo proscrito y lo diferente, lo marginal y lo extraño, lo inasimilable. Hay, por supuesto, el imperativo moral de “explorar lo que parece diferente en uno mismo”, y desprender de ahí todo un capital de creatividad queer, como antes lo hicieran los autores que evoca el escritor: en un sitio privilegiado, el doble paria que fue el afroamericano James Baldwin, y luego los modelos imprescindibles: Walt Whitman, Henry James, Sherwood Anderson, Carson McCullers, Tennessee Williams, Virginia Woolf. Todos ellos, en alguna medida, transgresores del orden establecido. Todos ellos, y en particular Oscar Wilde, el gran ausente en el listado, muestran la soledad como un velo o una ilusión que nos impide descubrir en los demás a nuestros propios semejantes en la dicha o en la desgracia.

 

El autor lo tiene claro: “Los asimilacionistas han ganado y tienen en el matrimonio legalizado la argamasa suficiente para cimentar el muro de contención
que habrá de separarnos los unos de otros, de nosotros mismos”.

 

Para muchas personas el matrimonio, entendido como pacto excluyente de una pareja y como organización divisoria de clanes familiares (pareja casada conoce a pareja casada y desconoce a quienes son ajenos al clan), se vuelve a menudo una barricada construida para exorcizar la soledad. En su defensa de lo queer el autor propone un acuerdo diferente: el desbordamiento del cerco conyugal tradicional y la incorporación, en un territorio nuevo, de lo que es diferente y, potencialmente, enriquecedor.

Luego de enderezar una vigorosa crítica de la institución matrimonial como un aparato de control social (tanto en parejas heterosexuales como en las parejas gay), el autor propone lo que denomina una serie de tramas sociales más complejas, y que son, en definitiva, alternativas más generosas e incluyentes de convivencia social. Escribe Fenton Johnson: “Busco modelos para esas tramas entre la gente queer; de modo específico, aquel modelo de atención que supo establecer la comunidad LGBT durante los años más oscuros del sida, antes de que se tuviera una mínima idea del tratamiento, antes de que se pensara en un matrimonio civil permitido por el Estado. Busco comunidades ya no sólo afincadas en el matrimonio, sino también en la amistad, ya que como lo saben quienes viven un matrimonio exitoso, la amistad puede sobrevivir sin el matrimonio, pero un matrimonio saludable no puede perdurar sin la amistad”.

Como se ve, el radicalismo político y moral que parecía propugnar el autor en su manifiesto The Future of Queer sólo era una ruptura aparente. El ideal del entendimiento amoroso verdadero prescinde de toda sanción social y es capaz de aceptar lo marginal y lo diferente como un elemento complementario y enaltecedor de su propia apuesta afectiva.
Habiendo acudido primero a André Gide, gran demoledor de certidumbres morales, el activista elige finalmente al modelo intelectual estadounidense que le parece más cercano, el poeta Walt Whitman, con sus cantos a sí mismo, a la naturaleza silvestre y a la camaradería viril (“Mi resolución en la vida es todavía mayor por todo lo que me han negado de lo que habría podido ser de haber sido por todos aceptado”).

Blanche DuBois, la heroína de Tennesse Williams, afirmaba en Un tranvía llamado deseo haber dependido siempre de la generosidad de los extraños. En la utopía social que avizora Fenton Johnson, un mundo civilizado depende cada día más, para incrementar su armonía, de la insólita camaradería de los extraños.

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