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La partería como patrimonio


Dos meses antes de dar a luz, las mujeres embarazadas nahuas eran puestas a disposición de una mujer que les ayudaría para que su embarazo llegara  a buen término. Las crónicas de Fray Bernardino de Sahagún narran cómo desde hace 500 años estas mujeres se encargaban de llevar a las embarazadas al temazcal, el cual no tenía que estar a altas temperaturas, para evitar que el producto se pegara en el vientre. Además, era un paso necesario para que se terminara de formar el bebé en camino y la partera pudiera palpar y terminar de acomodar al nuevo ser. Otras de sus tareas eran cuidar que no le diera demasiado el sol a la mujer embarazada, que no se asustara o se enojara, a fin de prevenir un aborto. Tampoco podía permitir que hiciera un esfuerzo considerable ni que llorara.

Una vez llegado el momento del parto, sólo quedaban la partera y la mujer en labor. A ella se le daba un baño, se la colocaba en un cuarto, o si era posible, dentro de un temazcal. La partera preparaba una infusión para acelerar las contracciones y comenzaba a declamar una serie de versos a la mujer para alentarla a cumplir con su función de mujer guerrera, pues dentro de la cosmovisión mexica, las mujeres que daban a luz eran consideradas así. En caso de haber una complicación durante el proceso, la partera se encargaba de dar aviso y ejecutar la decisión que se tomara: poner fin a la vida del bebé para que la mujer no muriera o acompañarla en el proceso de paso a la muerte y rescatar al bebé. Si no había  contrariedades, daba la buena noticia a la familia y se encargaba del aseo de la mujer y del recién nacido.

Esta labor de acompañamiento a las mujeres embarazadas durante su proceso de gestación, alumbramiento y puerperio (40 días posteriores al parto) ha pervivido a lo largo de los siglos y continúa siendo una realidad en muchas poblaciones de este país, sobre todo en aquellas con alta densidad de población indígena, donde los servicios de salud pública son escasos, nulos o carecen de una perspectiva intercultural, pues el personal no habla el idioma de la región, ni respeta dichas cosmovisiones.

El llamado
Para ser partera se requiere responder a “un llamado”, afirma Apolonia Plácido, promotora de la Casa de la Mujer Indígena Nellys Palomo de San Luis Acatlán, Guerrero. Ella, de origen ñuu savi (mixteco), lleva años trabajando en la recuperación de la tradición de la partería en la región, ubicada muy cerca de la costa guerrerense, dentro de la zona de la Costa Chica, un espacio multicultural donde conviven las cosmovisiones ñuu savi, mepa (tlapaneca) y amuzga. De visita en la Ciudad de México con motivo del V Foro Anual de la Asociación Mexicana de Partería, en entrevista, externa su preocupación por que las jóvenes no quieren continuar con la tradición de la partería. “Las señoras ancianas están preocupadas porque van a morir y no tienen a quién dejarle sus saberes”. Una de las causas, asegura, es la discriminación que padecen, pues cada vez las dejan atender menos partos, en los hospitales de la región no las dejan acompañar a las mujeres que recurren a ellas, a pesar de que les han brindado atención desde el principio del embarazo, o les achacan que no entienden nada porque no hablan español.

Para Apolonia, el saber de la partera o el partero tradicional no es cualquier cosa. “Saben atender partos, preparar tés, usar las hierbas, acomodar al bebé y dar masajes, así como los rituales. Las embarazadas les tienen mucha confianza a las parteras y las buscan para que les acomoden al bebé porque los médicos no lo saben hacer”.

En San Luis Acatlán sólo hay un hospital básico comunitario, el cual no cuenta con un especialista en gineco-obstetricia, por lo que, en caso de requerirse, se deben viajar dos horas con rumbo a Ometepec. Ante ese panorama, Apolonia destaca la labor de las parteras de la región, quienes brindan sus servicios en Marquelia, Malinaltepec, Iliatenco y San Luis Acatlán, y se apegan a los usos y costumbres de la región, pues, comenta, en los hospitales no se respetan las creencias de las mujeres y sus familiares.

 

Las parteras tradicionales están conectadas con la Madre Tierra y el universo y los ancestros, asegura. “No entienden que es otra manera de pensar y otra mirada
de las cosas”, afirma Apolonia, partera mixteca.

 

Por ejemplo, cuenta que cuando una mujer de la región llega y se atiende con las parteras, ellas le preguntan qué quiere hacer con la placenta y cómo quiere que se le entregue porque el esposo suele enredarla en un trapo y enterrarla para evitar que el niño o la niña se enferme. Otros la ponen en una jícara, le hacen un hoyo a cada lado y la cuelgan arriba de un árbol, o algunos más la llevan a un río y la despedazan para que se la lleve el agua. Sin embargo, en el hospital no les dan esa facilidad y no quieren entregarle la placenta a la familia.

Las parteras tradicionales están conectadas con la Madre Tierra y el universo y los ancestros, asegura. “No entienden que es otra manera de pensar y otra mirada de las cosas”.

Patrimonio sin presupuesto
Hay un recurso para capacitación a parteras tradicionales e incluye las sesiones de capacitación y maletines con insumos como guantes, tijeras para cortar el cordón umbilical y otros muy básicos, advierte Daniela Díaz, investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación. Empero, dicho recurso no garantiza ni protege la práctica de la partería tradicional. De acuerdo con la co-coordinadora del libro Presupuesto público, rendición de cuentas y salud materna en México, a pesar de la existencia de un marco legal nacional e internacional favorable al respeto y preservación de los saberes milenarios, como es el caso de la partería tradicional,  en la práctica hay muy poco apoyo para quienes poseen este saber ancestral y cada vez es menos el recurso público que se le asigna.

Aunado a la carencia económica, asegura que existe la falta de un reconocimiento pleno de su labor y ejemplifica que mientras las y los médicos otorgan un acta o certificado de alumbramiento tras atender un parto, a los y las parteras no se les permite llenar ese documento.

Además, resalta, se debe eliminar la visión de que la partería tradicional es el último recurso que tienen muchas mujeres embarazadas porque no hay otro, “es un valor de conocimiento de la salud desde los pueblos indígenas y le da fortaleza a la continuidad y sobrevivencia de esos pueblos”. Quien ejerce la partería tradicional conoce el cuerpo, sabe lo que es estar sano, tiene conocimientos en el uso de las hierbas, el embarazo y fortalece las dinámicas comunitarias locales, por esas razones, Díaz considera que “la partería tradicional debería ser reconocida como un patrimonio cultural intangible”.

El partero
No te involucras, el don llega, afirma Amadeo, partero de Tlacochistahuatla, Guerrero, quien también acudió al Foro en la Ciudad de México. Callado y atento a lo largo de todas las sesiones, al hablar con Letra S señala que el don lo recibió de la Madre Tierra a la edad de 14 años, y desde ahí no ha parado desde hace 28 años, en los cuales no ha tenido complicación alguna, a pesar de atender casos en los que el bebé viene atravesado. Uso de las hierbas, masajes, sobadas entre otras cosas, son parte de los conocimientos que ha acumulado a lo largo de los años. Dice que desde los primeros tres meses de embarazo comienza a cuidar a las mujeres que lo buscan y las ayuda hasta pasados los 40 días después del nacimiento del bebé.

 

Las labores de partería podrían contribuir a reducir hasta dos terceras partes de las muertes maternas o  neonatales a escala global, según estimaciones del
Fondo de las Naciones Unidas para la Población.

 

Heredero de la cultura amuzga, refiere que atender un parto es una responsabilidad muy grande porque puede morir la mujer y no hay manera de responder a ello, situación que, asegura, no le ha ocurrido. Sus labores las desarrolla en varias comunidades de la zona debido a que lo buscan constantemente de otros pueblos. Sólo suele cargar un poco de cinta para amarrar el cordón umbilical, toallas y guantes. Al preguntarle sobre su familia, con los ojos vidriosos recuerda que él mismo ayudó a que su hija e hijo llegarán a este mundo. No sabe si ellos desean heredar su conocimiento ni piensa obligarlos. Mientras tanto cuenta con un aprendiz a quien le enseña las maneras en que debe revisar a las mujeres embarazadas para detectar si habrá alguna posible complicación. A sus 42 años, ha decidido que continuará con su labor hasta que ya no pueda, ya que le ha permitido sacar adelante a su familia y es un don recibido.

Nuevas generaciones
En la puerta de entrada de la zona istmeña de Oaxaca, en Matías Romero, donde confluyen diferentes regiones culturales como la ayuuk (mixe) o zapoteca del Istmo, se encuentra la Escuela de Partería Hra Cayale Guenda Nabani, donde las y los interesados pueden convertirse en técnicos en partería profesional tras tres años de estudio y prácticas comunitarias y un internado de más de seis meses. En este proyecto, apoyado por CASA de San Miguel de Allende, Guanajuato, primera escuela de partería en el país, se enrolan mujeres jóvenes de las diferentes poblaciones de la zona, algunas hablantes de idiomas como mixe o zapoteca y/o con conocimiento previo de partería como Dulce Aurora, cuyo abuelo ha sido partero desde hace muchos años y de quien ha recogido el saber milenario, el cual desea ampliar. O

Ausencia, originaria de Palomares, Oaxaca, cuya tía abuela era partera, y con quien descubrió que tiene el don de trabajar con las mujeres. Su objetivo es reivindicar la labor de las parteras tradicionales en las diferentes comunidades mixes de la zona, donde, comenta, actualmente las mujeres sólo recurren a las parteras para que les acomoden a los bebés, pero van a los centros de salud donde, en caso de presentarse complicaciones, las envían a comunidades más lejanas.

Sobre el debate acerca de la certificación de cualquier tipo de partería, algunas señalan que es un modelo adecuado y que ayudaría a mejorar la práctica, otras como Apolonia Placido consideran que esas propuestas surgidas en el Foro no toman en cuenta que muchas parteras tradicionales no fueron a la escuela pero tienen muchos años de experiencia. “Ellas no están reconocidas con un certificado sino por el pueblo, las buscan por su conocimiento. Son a quienes les tienen confianza. Pueden estar o no certificadas pero las reconoce la comunidad”.

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