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Soporte dañado


Mariano decidió que era tiempo de perder peso y para ello se inscribió en un gimnasio. Al cabo de algunos días, comenzó a tener dolor en la parte baja de la espalda. La molestia fue creciendo y llegó un día en el que caminar fue un suplicio. Acudió a consulta médica y obtuvo su diagnóstico: una hernia discal. El joven, de 35 años de edad, había sido obeso desde los cinco años, condición que puede favorecer este tipo de complicación.

Ubicados en la columna, los discos intervertebrales, como su nombre lo indica, separan las vértebras para que no se toquen entre sí. Están conformados de dos tipos de tejido: uno es fibroso y se encuentra en el exterior del disco; el otro, en el centro, es una sustancia gelatinosa. Los discos amortiguan los impactos y distribuyen el peso de todo el cuerpo, que debe ser soportado por la columna vertebral.

Ya sea con la edad, a causa de la obesidad, por malas posturas o por movimientos inadecuados y repetitivos, el tejido fibroso puede fisurarse y dar paso a la sustancia gelatinosa, que forma una hernia (salida parcial de un tejido u órgano del cuerpo fuera del espacio en el que debería estar). Dicha hernia presiona o irrita las estructuras nerviosas que emanan de la columna vertebral, lo que puede causar dolor, insensibilidad, adormecimiento, parálisis o incluso falta de control de los esfínteres (si el disco herniado está en la zona lumbar).

Antes de llegar a una intervención quirúrgica –que está indicada sólo si la persona sufre gran dolor o discapacidad que no mejora de otra manera–, se recomienda dar tratamiento con fisioterapia: masajes, electroterapia, ejercicios en seco o en alberca, termoterapia y estiramientos.

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