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Lázaro recargado. Envejecer con VIH


La prestigiada revista científica The Lancet confirma lo que parecía desde hace algunos años una evidencia irrebatible: la esperanza de vida de las personas con VIH se ha incrementado considerablemente desde la aparición en 1996 de tratamientos antirretrovirales altamente eficaces (The Lancet, 17 de mayo, 2017). De diversos estudios y seguimientos epidemiológicos, se desprenden algunos datos interesantes.

Un paciente de 20 años, por ejemplo, que hubiera iniciado su tratamiento con las nuevas terapias puede vivir, en promedio, hasta los 73 años, y una mujer hasta los 76. Si tomamos en cuenta que en los países occidentales el promedio de esperanza de vida para la población general es de 78 años, el avance es notable comparado con la suerte que hace 20 años se le deparaba a una persona infectada con el VIH, quien muy difícilmente podía esperar vivir hasta los 70 años.

Un nuevo contrato de vida

Los resultados que señala la revista estadunidense son alentadores, pero conllevan ciertas reservas. La razón principal de este incremento en la esperanza de vida de las personas seropositivas está fuertemente ligada al estricto seguimiento de las terapias que lo condicionan. La eficacia de estas últimas es tan potente que una persona que después de seis meses de inicado su tratamiento, muestra una carga viral indetectable (es decir, una cantidad mínima de partículas virales en su organismo), y consigue mantenerla así por largo tiempo, reduce de modo considerable su capacidad de infectar a otra persona. La protección obtenida al aumentar el número de personas diagnosticadas y tratadas oportunamente permite vislumbrar un control mucho mayor de la epidemia a través de lo que hoy se conoce como una prevención a través de la terapia. Esta estrategia era impensable al inicio de la epidemia cuando el uso del condón era la única forma de prevenir la transmisión. Mantener ahora la replicación viral a raya a través de un fuerte apego a los tratamientos representa para la persona que vive con VIH una forma complementaria de protegerse a sí mismo y también a los demás.

Con todos los beneficios que aportan las nuevas terapias, su uso prolongado tiene para muchos pacientes efectos colaterales negativos. Con respecto a las personas que fueron infectadas antes de la aparición de las nuevas terapias, y que en promedio llevan entre 20 y 30 años de tratamientos continuos, el periodista francés Charles Roncier, de la organización en línea Vih.org, señala algunos datos interesantes. Se calcula, por ejemplo, que el número de personas de más de 50 años que viven con el VIH representa, a nivel mundial, un total de casi 6 millones. Muchos de ellos, tal vez la mayoría, son quienes sobrevivieron a la etapa más oscura de la epidemia, cuando el padecimiento representaba literalmente una sentencia de muerte. A su manera súbita de renacer con los nuevos antirretrovirales, a su providencial mantenimiento en vida hasta la fecha, se le llamó durante un tiempo “Síndrome de Lázaro”. Habían sobrevivido a todo un catálogo infernal de enfermedades oportunistas, muchas de ellas ya casi obsoletas en la época actual, aunque no del todo erradicadas. Se señala al respecto a diversos tipos de cánceres y a la diabetes tipo 2 como algunos de los más perniciosos, aunque las afecciones cardiovasculares siguen siendo una amenaza constante para las personas seropositivas.

La ingesta prolongada de medicamentos, lo mismo antirretrovirales que tratamientos complementarios para controlar el síndrome metabólico, representa para ese 31 por ciento de pacientes VIH de más de 50 años que hoy viven en Europa y Estados Unidos un riesgo hasta cinco veces mayor que en pacientes más jóvenes de desarrollar padecimientos como la hepatitis C, diabetes, hipertensión o los trastornos cardiovasculares, lo que en definitiva representa un lastre susceptible de minar perdurablemente su calidad de vida.

Un segundo aire en la tercera edad

La buena noticia es que la mayoría de estos contratiempos son perfectamente controlables y, en ocasiones, incluso prevenibles. Vivir más tiempo del esperado ha representado para muchos pacientes con VIH de la tercera edad un motivo de azoro y regocijo que compensa ampliamente por todas las incomodidades de un tratamiento prolongado. Por un lado, se han disminuido de modo considerable los episodios de depresión y angustia provocados por un veredicto que antes se consideraba fatal e inevitable. Muchos pacientes han descubierto en este segundo aire en la tercera edad la oportunidad de descubrir su cuerpo y explorar las múltiples maneras de mantenerlo sano e incluso atractivo, desde el ejercicio aeróbico hasta el de resistencia y, de manera especial, el diseño y seguimiento de una alimentación sana que contrarresta, de manera eficaz, el repunte de altos índices de triglicéridos y colesterol malo en la sangre que suele acarrear, como un efecto secundario, tanto en el hígado como en los riñones, la toma diaria de medicamentos aún tóxicos.

Muchas personas seropositivas de la tercera edad han descubierto paralelamente formas novedosas de convivencia entre pares en un clima mucho más amable que el de aquella sórdida antesala virtual de la muerte que solía suponer cada visita a las clínicas y a los consultorios médicos. Algunos se han vuelto incluso, con su propia experiencia, muy útiles replicadores de información para una nueva generación de pacientes seropositivos que enfrenta, con mucho desconcierto, su primer diagnóstico y sus posibles estrategias de tratamiento. Entre las revelaciones estimulantes que los veteranos del sida pueden comunicarles, figura lo que hoy avanza un estudio canadiense, el cual indica que la esperanza de vida de los jóvenes seropositivos recién diagnosticados, y que tienen un apego irrestricto a sus terapias, ya no es sólo alcanzar un promedio de 78 años, sino los 89 años, una cifra superior al promedio de la población general. Esto se debe a que, a diferencia de muchas personas sanas, el obligado monitoreo trimestral o semestral del estado de salud del paciente seropositivo le permite incrementar de modo sustancial su calidad de vida y, eventualmente, su longevidad. Esta conclusión posiblemente sea muy azarosa y sólo refleje un escenario óptimo de cuidados médicos imaginable en países altamente desarrollados, pero bastante utópico en naciones con sistemas de salud con fuertes desigualdades y deficiencias. Lo importante es destacar, sin embargo, que las viejas amenazas clínicas que angustiaban a las personas portadoras del virus hace veinte años (entre las más inquietantes, el envejecimiento prematuro y una demencia precoz) han quedado prácticamente en el olvido en las sociedades occidentales. A la vejez el paciente seropositivo llega hoy con un padecimiento crónico, sin duda todavía fatal, pero tan controlable como la diabetes o una condición cardiovascular comprometida. En la mayoría de los casos, los tratamientos ya no provocan una lipodistrofia (repartición irregular de las grasas en el rostro y el cuerpo), que transforme la fisionomía, revele una apariencia enferma, y exponga al paciente, no sólo a la disminución de su autoestima, sino también –algo más grave– a la perpetuación del estigma público. El seropositivo de la tercera edad, se ha convertido hoy, al cabo de largos e incontables agravios infligidos a su salud y a su cuerpo, en un verdadero Lázaro recargado de energía.


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