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Homosexuales en la mira nazi


Este texto tiene como objetivo explicar el proceso de humillación que sufrió la comunidad homosexual europea, tras el establecimiento del régimen nazi, en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando dichos grupos vieron disminuidos sus apoyos y mermadas sus poblaciones, debido a la profundidad del trauma dogmatizado por el control nazi y, en particular, por Heinrich Himmler quien, en un intento por vislumbrar los alcances del exterminio, estructuró un sistema de control que terminaría por desgastar a los homosexuales e incluso por condenarlos a un Holocausto del que, después de liberados de los campos, no saldrían jamás.

Antes del gobierno nazi, la homosexualidad era un asunto de carácter civil que se revisaba constantemente en aras de efectuar observaciones periódicas en el carácter moral del pueblo. En particular, se legislaba en el Párrafo 175 de la Ley en la República de Weimar –régimen político que gobernó Alemania desde el fin de la Primera Guerra Mundial y hasta 1933–, el cual establecía que los varones que se involucraran sexualmente con otros hombres serían acreedores a una pena de prisión.

Así, para los homosexuales la separación (segregación) y el delito constaba de tres fases: la violación al Párrafo 175, la comunión con los valores antialemanes y, por último y el más grave, la decisión de agredir al Estado al frenar la reproducción: la proliferación de la raza (aria). Para el caso de las mujeres (lesbianas), la situación era un tanto distinta: debemos recordar que el rechazo al homosexual en el Estado alemán surgió de la idea que aseguraba que quienes tenían prácticas sexuales “abominables” merecían el castigo, pues deliberadamente frenaban el engrandecimiento de Alemania. Sin embargo, la condición sexual de la mujer siempre quedó supeditada a la noción de inferioridad. La mujer, en su alegoría de ente acrítico, tiene permitidas ciertas “desviaciones” que si bien sí llevaron a una que otra acusada a prisión no concluyeron en el intento por erradicar las prácticas de lesbianismo pues, en todo momento, y sin importar el tipo de relación carnal que sostenga, el sexo femenino tiene la natural capacidad de dar a luz. De tal manera, el proceso de humillación para mujeres y hombres homosexuales fue completamente distinto.

El proceso de humillación

Una serie de factores conjuntos se alinearon para comprender el nivel de trasgresión realizado por quienes violaban el Párrafo 175. Primero –y basándonos en testimonios que pueden rastrearse hasta 1901– en Francia, Austria, Holanda, Dinamarca e Inglaterra, existía un registro que desglosaba los nombres y características de individuos que paseaban por las zonas “prohibidas” y de solicitación. Dicho reconocimiento se anotaba en una hoja de color, a la que se le conoció como la “lista rosa”. Cuando el ejército y las fuerzas alemanas penetraron las mencionadas zonas (con excepción de Inglaterra), obtuvieron y emplearon los registros para condenar a los homosexuales.

En segundo lugar, la tortura de homosexuales, quienes en diversas ocasiones se veían obligados a confesar actos y nombres que eran mencionados en los registros nazis, no afectaba exclusivamente al acusado: sus familias eran sujetas a escrutinio público, pues la responsabilidad del acto homosexual también recaía en el núcleo familiar del acusado.

Tercero, y probablemente el punto más polémico de todos, la instauración de la selección de prisioneros y el envío a los campos, así como el trato al interior de los mismos. Para los judíos, principales víctimas del exterminio y la concentración entre 1938 y 1945, el campo era una estación en el tortuoso camino hacia la muerte; sin embargo, ante la concepción nazi que explicaba la política de inferioridad, el judío no tenía más opción. Era relativamente sencillo hallar puntos de unión entre las diversas comunidades semitas que habitaban en Europa y, a mediano plazo, ello facilitó las deportaciones masivas y los exterminios constantes; antes bien, semejante condición no era elección de los judíos. El judío, así como el romaní o el africano, pertenecían a un entorno de selección que Hitler habría denominado como “desafortunado” en su famosa tabla de imbecilidad.

El homosexual, por otro lado, no contaba con condiciones evidentes que lo catalogaran dentro de la tabla o al interior de la estructura penitenciaria, por lo que el delito era aún más grave, por ser evadible. Como tal, los homosexuales recibían una marca previa a la deportación a campos de concentración y experimentación: la tortura deshumanizante que ya jugaba parte de la realidad militar y en la que se planeaba obtener la mayor información para terminar con otros posibles enemigos del régimen.

 

Cuando la guerra llegó a su fin y los campos fueron liberados, los pocos gays que sobrevivieron fueron remitidos de regreso a las cárceles para que cumplieran
sus condenas, demostrando así la incapacidad del entorno por cobijar a la minoría social con la que más se ensañó el régimen.

 

El juicio era largo y difícil pues al final de la sentencia en prisión, los homosexuales eran trasladados a campos de trabajos forzados, en donde se les colocaba un uniforme con un triángulo rosa –en alusión a la “lista rosa”– y diferentes combinaciones como podría ser el rosa con amarillo, para determinar a un judío homosexual; el rosa con rojo, para determinar a un homosexual comunista; o el rosa con azul, para determinar un homosexual disidente, entre otros.

Al llegar a los campos, los homosexuales eran segregados del resto de la población ya que, como menciona Richard Plant, inclusive entre los propios reclusos existía la noción de que el homosexual estaba condenado a pensar en su genitalidad, olvidando cualquier circunstancia por la que estuviera atravesando, queriendo, en todo momento, malear a los heterosexuales. A diferencia de los judíos, los homosexuales no podían establecer contacto entre ellos, pues la convivencia era un peligro latente que debía corregirse de raíz.

Recordemos que el grueso de la población alemana llegó a apoyar las medidas establecidas por el régimen en contra de la comunidad homosexual, en cada una de las zonas que cayó ante el poder de Hitler. De tal manera, el sentido del trauma se encarnó entre dicho grupo que vio lentamente mermados sus avances en materia de derechos humanos, toda vez que la humillación les confirmaba su lugar en sociedad. Volvemos: los judíos y demás pueblos semitas eran tratados en virtud de una clasificación racial, los homosexuales, con base en una inclinación, imposible de identificar a primera vista.

Las inclemencias del proceso de humillación como generadoras del trauma entre los homosexuales no terminaron en los campos como sí ocurrió entre judíos, testigos de Jehová o población romaní. La humillación para el homosexual continuó hasta en los casos de condenas médicas como lobotomías o inyecciones hormonales pues los homosexuales, por decidir dicha inclinación, no tenían opción dentro de los campos y, en Dachau, por ejemplo, se ejecutaron operaciones cerebrales, intercambios genitales, castraciones e inclusive pérdidas de otros miembros que ayudaran a la actividad sexual, como lo eran pezones o manos.

Sin embargo, los pocos sobrevivientes de este Holocausto mencionan que existían niveles de clasificación entre éste, el más bajo mundo de los campos que generalmente estaba ligado con la belleza física: a cambio de favores sexuales, varios homosexuales lograron mantenerse con vida. Cuando la guerra llegó a su fin y los campos fueron liberados, los judíos sobrevivientes –en el mejor de los casos– fueron restituidos a un entorno social o migraron de Europa sin ganas de regresar jamás. Sin embargo, ni los rusos, ni los ingleses, ni los estadounidenses permitían en sus leyes la homosexualidad: una vez que se identificaban como prisioneros a causa de crímenes sométicos, los pocos gays que sobrevivieron fueron remitidos de regreso a las cárceles para que cumplieran sus condenas, demostrando así la incapacidad del entorno por cobijar a la minoría social con la que más se ensañó el régimen: los homosexuales. El Estado nazi planteó desde sus orígenes el proceso de sumisión, humillación y exterminio a los reaccionarios del status quo; aunque también desató una guerra de odio que detuvo los avances en materia legal y médica hasta bien entrada la década de los ochenta, cuando surgieron los movimientos de reivindicación homosexual, frenados en el intersticio de la Segunda Guerra Mundial.

* Museo Memoria y Tolerancia. Fragmento editado del artículo “La guerra nazi contra los homosexuales. Una mirada al trauma de las minorías europeas del siglo XX”.

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