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Abusos sexuales que dejan huella


Esperanza nunca ha dejado de cuidar, de una forma u otra, de su padre, un hombre de más de 80 años. No vive con él, pero está pendiente de que tenga salud y de que no se meta en problemas. Hace algunos años, él fue detenido por la policía mientras sostenía un encuentro sexual con una niña en situación de calle. Esperanza lo llevó a vivir a su casa cuando consiguió que le conmutaran la pena por prisión domiciliaria debido a su avanzada edad. Esto lo hizo aun cuando ella misma había sido abusada por él en sus primeros años de vida.

No recuerda la primera vez que sucedió, pero cree haber tenido tres o cuatro años. ¿Por qué, entonces, lo ha seguido ayudando y cuidando? “Porque al final es mi padre y porque al final sí lo quiero”, dice con voz calmada.

Una idea común es que el abuso sexual infantil es un evento raro que se comete contra niñas por hombres extraños en áreas pobres. Sin embargo, este fenómeno es tan común que millones de niños y niñas en el mundo, tanto en ciudades como en comunidades y en todos los estratos sociales, se ven afectados. La variedad de actos que pueden constituir el abuso sexual infantil pueden ser cometidos por muchos tipos de personas: mujeres u hombres, extraños o amigo y familiares, y personas de todas las orientaciones sexuales y clases socioeconómicas.

Desgraciadamente, la pequeña Esperanza enfrentó abusos por parte de muchos hombres que encarnan esos ejemplos. Primero, su padre; después, sus medios hermanos que eran mayores que ella, e incluso los trabajadores de la pequeña empresa que tenía su padre, de quien sospecha que estaba de acuerdo en permitir que tales abusos sucedieran.

Un fenómeno poco estudiado

El abuso sexual infantil comprende una variedad de actos sexuales cometidos contra niños o niñas. La Organización Mundial de la Salud lo define como el acto en el que un menor de edad es involucrado, por un adulto o por otro menor, en una actividad sexual que no puede comprender a cabalidad, al que no puede dar su consentimiento informado o para el que no está preparado a nivel de desarrollo, o bien, que viola las leyes o los tabúes sociales. “Esto puede incluir, pero no está limitado a: la inducción o coerción de un menor para involucrarse en cualquier actividad sexual ilegal, la explotación de un menor en prostitución u otras prácticas sexuales ilegales; la explotación de menores en materiales o actos pornográficos”..

Otra instancia médica, los Centros para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), se ha preocupado por asentar que el abuso sexual infantil no sólo comprende actos físicos (como tocamientos o penetración con partes del cuerpo o con objetos), sino también la exposición forzada de un menor a actividad sexual o a pornografía.

Las cifras sobre la prevalencia de este tipo de abuso son variables, ya que las fuentes en las que se basan tienen diversas complicaciones. Los reportes policiacos, por ejemplo, representan una cifra parcial, pues no todos los hechos de abuso terminan siendo denunciados. Por otra parte, las encuestas suelen confiar en la capacidad de las personas para recordar los eventos de abuso, lo cual también puede implicar un vicio en el registro pues un adulto puede no recordar el abuso (como parte de un mecanismo de defensa). Finalmente, los registros médicos son engañosos puesto que, debido a la diversidad de formas en las que se puede abusar de un menor, no todos los ataques dejan secuelas físicas. Incluso en caso de que las hubiera, hay cuando menos una investigación científica que evidencia la dificultad de algunos médicos para identificar alteraciones en los genitales y el ano de niñas y niños pequeños.

 

Ansiedad, conductas sexuales de alto riesgo, ira, culpa, vergüenza, depresión, trastorno de estrés postraumático y otros problemas emocionales son los que, a lo largo
de la vida, pueden afectar a personas que sufrieron abuso sexual durante la infancia.

 

El riesgo del abandono

Luego de que sacó a su padre de la cárcel, Esperanza tuvo el valor para enfrentar a su madre y preguntarle si sabía lo que su padre le hacía cuando era niña. La respuesta fue positiva. Después de saber eso, Esperanza dice que lucha por perdonarla. Le parece paradójico que, aunque no era cercana a ella ni a su hermana, soportó mucha violencia y maltrato con tal de cumplir con el mandato social de mantener unida a su familia.

Según se ha investigado, el abuso sexual infantil ocurre con frecuencia a la par de otras formas de abuso o en entornos familiares donde existe una gran carga de estrés derivada ya sea de la pobreza, el bajo nivel educativo de los padres, padres ausentes o un solo padre, abuso de drogas por parte de los padres o simplemente una carencia de cuidados. Todos estos podrían considerarse factores de riesgo que harían más probable la ocurrencia de un abuso sexual.

Por otro lado, niños y niñas que son impulsivos, con carencias emocionales, quienes tienen discapacidades de aprendizaje o físicas y aquellos que usan drogas han mostrado estar en mayor riesgo. Un grupo especialmente vulnerable son los menores que viven en entornos de conflicto o postconflicto como la guerra o los desastres naturales, ya que tales situaciones rompen la estructura de protección que se forma en torno a ellos en circunstancias normales

El peso del silencio

Esteban está por alcanzar los cuarenta años y refiere parcamente el abuso que sufrió cuando tenía apenas siete. Uno de sus primos, quien ya era mayor de edad, buscaba quedarse a solas con él con cualquier pretexto, y esos momentos los aprovechaba para violarlo. Al preguntarle si se lo contó a sus padres, niega con la cabeza y dice que para qué, que prefirió no contárselo a nadie porque sabía que no le iban a creer.

El paso que debe dar un niño o niña para revelar que ha sufrido abuso está determinado por varios factores. Según el estudio “Factores que influyen en los menores para revelar el abuso sexual” (en inglés en la revista Clinical Psychology Review), los menores son con frecuencia manipulados para que se sientan culpables o responsables del abuso. Tienen miedo de que nadie les crea o de ponerse en peligro a ellos mismos y a sus familias. Dado que muchos de los agresores son conocidos o familiares, los pequeños incluso se preocupan por las consecuencias que pueda tener el atacante.

Las investigadoras Elisa Romano y Rayleen V. De Luca, de la Universidad de Manitoba, encontraron que hay un importante sesgo de género que hace que los niños sean menos propensos que las niñas a revelar las experiencias de abuso. De acuerdo con su estudio, el abuso sexual contra mujeres está más reconocido y se busca detectarlo, mientras que los chicos son más reacios a buscar apoyo dados los roles de género que indican que ellos deben ser autosuficientes, estereotipo que, a la vez, lleva a desestimar el problema entre los hombres. Ellos también podrían experimentar mayor confusión sobre el abuso, y podrían pensar que admitir que lo han sufrido por parte de otro hombre sería admitir que son homosexuales. También podrían estar confundidos sobre si los actos sexuales con una persona mayor (por ejemplo, una mujer) pueden considerarse abuso o no, puesto que socialmente la exploración sexual con alguien mayor que él es hasta un hecho positivo, más que una experiencia potencialmente traumática.

 

Debido a los roles de género, los niños que sufren abuso sexual podrían confundirse respecto a si los actos sexuales con una persona mayor (por ejemplo, una mujer)
pueden considerarse abuso o no, puesto que socialmente la exploración sexual con alguien mayor se considera positiva, más que una experiencia traumática.

 

interferencias en la vida adulta

Esteban bebe alcohol todas las semanas. Considera que es normal en este país: sus amigos también lo hacen, igual que su papá y muchos de sus familiares cercanos. Descarta que esto tenga que ver con lo que vivió de pequeño porque, asegura, “eso ya pasó”. Sostiene que no es “eso” lo que lo ha llevado a tres intentos de suicidio, sino simplemente la vida tan difícil que le ha tocado y que algunas veces ya era una carga demasiado pesada como para continuar con ella. A la terapia psicológica nunca se ha acercado, le parece una pérdida de tiempo y además, hace mucho que decidió no permitir que un evento así marcara su vida.

Es cierto que no todas las personas enfrentarán de la misma manera el abuso sexual durante la infancia. Volviendo una vez más a la variedad de actos que pueden ser clasificados bajo esa categoría, el impacto de cada acto en cada persona puede ser totalmente diferente; incluso hay personas que no presentan secuela psicológica alguna.

Los niños o niñas que han vivido abuso tienen mayor riesgo de ansiedad, conductas sexuales inapropiadas, ira, culpa, vergüenza, depresión, trastorno de estrés postraumático y otros problemas emocionales conforme avanza su vida, según lo encontraron los investigadores Cutajar, Mullen y Ogloff en un estudio que dio seguimiento durante 43 años a personas que habían sufrido abuso sexual en la infancia. Otras investigaciones también han encontrado que las víctimas de abuso son más propensas a trastornos de la alimentación, problemas sociales y de salud durante la etapa adulta, así como problemas de alcohol, uso de drogas, intentos de suicidio y problemas familiares.

También se ha observado que quien fue abusado en la infancia es más vulnerable a ser abusado nuevamente durante sus relaciones adultas. Así le sucedió a Esperanza, quien cuenta que le costó mucho trabajo relacionarse de una forma sana con los hombres, pues sus primeras relaciones amorosas estaban llenas de violencia.

Como lo señalan las investigadoras Murray, Nguyen y Cohen, en su artículo “Child sexual abuse” (publicado en Child and Adolescent Psychiatric Clinics of North America, 2014), “aunque los sobrevivientes de abuso sexual infantil están en riesgo de tener malos resultados en su salud, estos resultados no son inamovibles. Los factores que impulsan una mejor salud incluyen autoestima y apoyo social de la familia y los pares, así como cohesión y comunicación familiar, mientras que los conflictos familiares afectan negativamente la resiliencia”. La resiliencia es un concepto psicológico que define la capacidad de una persona de sobreponerse a un evento traumático.

Aun no hay consenso universal sobre cuáles son las mejores opciones terapéuticas para tratar dar tratamiento a quienes lo necesitan . Hasta ahora, la terapia cognitivo conductual es la que ha dado mejores resultados.

Esperanza sí ha acudido a terapia psicológica por más de una década. Ahora se siente capaz de vivir de una mejor manera, una más tranquila donde la amenaza y el peligro se ven cada vez más lejanos.

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