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El silencio en la internet


“Catarsis de silencio”. La exclamación resume un longevo reparo filosófico ante el desmedido uso de la palabra en la sociedad occidental. La cita –atribuida al danés Sören Kierkegaard– acusa al bullicio incansable de los parlanchines; éste ensordece la voz interior de los sujetos, interrumpe la reflexión profunda, el respiro vital del pensamiento autónomo. Bajo esta mirada, el silencio no equivale a la ausencia de palabra, sino a la condición ontológica de su presencia; liberarlo constituye una forma de emancipar el logos, de volverlo auténtico. En un mundo donde todos hablan sin parar nadie reconoce su propia voz. La catarsis plantea entonces una purga, un despojo violento que permite volver a escuchar tanto a nosotros mismos como a los otros en un sentido profundo.

Se trata de una revuelta contra la alienación del pensamiento, de un alto radical que hará posible recomenzar los discursos bajo una condición laxativa. Como resonancia del saber oriental, el principio de vaciamiento aparece aquí como una condición de la iluminación. La alegoría del asceta es instructiva en esa lógica. Llámese alejarse del mundo, huir a la soledad, meditar en la montaña o perderse para encontrarse, la idea insiste en el apremio de una purificación.

Sin embargo, este ideal parece desdibujarse en el tiempo y el espacio mediático en el que vivimos. La mirada crítica asume que el silencio se ha convertido en un artículo suntuario, en un ideal publicitario que ofrece descanso, más no reflexión. Se habla de ruido ambiente, contaminación visual, de una tendencia social, periodística e intelectual, a opinar sobre todo, en todo momento; se critica el vapor de la noticia, la pulsión del posteo, el expertise casual e inquisidor de la redes sociales; en suma, se discute sobre la capacidad del pensamiento para retener y procesar la producción desmesurada de mensajes.

Bajo ese ángulo, el exceso de comunicación equivale a su contrario. La saturación no sólo desinforma, sino que inhibe por contagio el pensamiento. Dentro una sociedad incomunicada, el silencio se convierte en un enemigo, en un intruso que amenaza con quebrantar la ilusión propia de la comunicación, de la interconexión global. Cuando el silencio se entiende como traspié de la comunicación, la catarsis en cuestión se torna un contrasentido. La utopía filosófica del silencio perece cuando se vislumbra la posibilidad de interrumpir o alejarse del flujo mediático, cuando enfrentamos nuestra simbiosis con los dispositivos digitales.

Este enfoque enfatiza en la bulla del mundo, la escucha con recelo y desazón. La aspiración filosófica al silencio requiere de soledad, y bajo este mandato hoy en día se encuentra una resignación paradójica. No se puede estar solo en este mundo y sin embargo todos parecen estarlo. De la necesidad de comunicarse a la ansiedad por nunca estar desconectado, la transformación de nuestras interacciones sociales revela un abismo desolador. Este diagnóstico insiste en un tipo de silencio negativo, donde la soledad no equivale al soliloquio sino a una profunda intranquilidad que busca en todo instante relacionarse con el otro para afirmar el “yo”.

La comunicación contemporánea es un grito soterrado de la soledad que nadie escucha, un vacío que contradictoriamente todos pretenden llenar con voces, likes, seguidores. Nuestro desenfreno discursivo habla
de nuestro profundo abandono. Vivimos en soledad porque no podemos vivir en silencio.

Como una metáfora kafkiana, la comunicación contemporánea es un grito soterrado de la soledad que nadie escucha, un vacío que contradictoriamente todos pretenden llenar con voces, likes, seguidores. Nuestro desenfreno discursivo habla de nuestro profundo abandono. Vivimos en soledad porque no podemos vivir en silencio, porque somos incapaces de habitar en nosotros mismos. En la nostalgia filosófica, la idea del silencio siempre se acompaña de un discurso sobre el déficit de la palabra. Sin silencio no hay diálogo ni comprensión; no hay veracidad en la palabra

En este texto parto de tales preceptos para actualizar la preocupación sobre nuestro estado comunicacional. ¿Qué sentidos posee el silencio en tiempos de lo digital?, ¿en qué formas se presenta?, ¿cómo se significa? ¿Cuál es el lugar del silencio en la llamada Web 2.0?

En estas preguntas ya no se trata al sujeto pasivo que es bombardeado por lo medios tradicionales, sino al espectador que a la vez produce, intercambia y retroalimenta sin tregua los contenidos que lo consumen. Es la Web 2.0 pensada frente a la idea del silencio. Si se habla de una inteligencia colectiva en donde priva el intercambio de información y experiencias, ¿es válido hablar de la consumación de un tipo de catarsis distinto al planteado por la filosofía, de un vuelco global y silencioso al pensamiento, al imaginario, a la phantasia?.

El silencio de la virtualidad

En el quehacer docente es frecuente escuchar posiciones críticas –tanto de colegas como de estudiantes– frente a fenómenos digitales, tales como el apego a los dispositivos de comunicación, las selfies, los perfiles virtuales, entre algunos otros.

Es conocida la molestia sobre el hecho de que haya quienes permanezcan conectados a la Red durante largos periodos, por no decir de manera permanente. Se habla de la intromisión de las tecnologías de comunicación en el trabajo, la escuela e incluso en las relaciones sentimentales. Se impide que los universitarios utilicen teléfonos celulares, tabletas o computadoras en algunas aulas con el fin de evitar su distracción. Se emprenden campañas contra el phubbing para luchar frente la “descortesía” de enviar mensajes de texto o navegar mientras se charla con alguien. Algunas empresas bloquean sus servidores de Internet para que sus empleados no tengan acceso a la Red y “no pierdan” el tiempo. Se juzga como “falsos” o “mentirosos” los perfiles de Facebook que muestran “sonrisas y vidas perfectas”, se critica al activismo digital por no ser “real”.

En fin, de nuevo se escucha una historia conocida: escapismo, falsedad, ensimismamiento, soledad. Para algunos la gente parece estar dejando de vivir lo real en nombre de lo virtual. Desde relaciones sentimentales hasta el complejo hecho de jugar, las acusaciones atacan el triunfo de lo virtual sobre lo real, o parafraseando la idea –un tanto banalizada– de Jean Baudrillard: la virtualidad es la perfecta asesina de la realidad.

 

Mi idea es bastante simple: la virtualidad constituye un espacio de extensión para el imaginario social. Internet es una vitrina de lo social, en la cual podemos observar lo que somos, sin tapujos.


En lo particular, pienso que estas críticas pierden de vista algo primordial: la virtualidad constituye un espacio donde por primera vez nuestra imaginación se pone en sintonía y se visibiliza –tan es así que hoy en día la discusión sobre el derecho a la privacidad es parte de las agendas internacionales–. El profesor que castiga al alumno por navegar en su teléfono y no poner atención olvida que aún sin un dispositivo el estudiante tiene la capacidad de imaginar. Si se me permite decirlo de la siguiente manera, vivimos en dos planos a la vez, en el real y en el imaginario. Cualquier pretexto es bueno para perdernos en la fantasía; estemos trabajando, estudiando, charlando con otra persona. El lenguaje nunca para. Y eso no da ninguna garantía de que nuestros silencios sean de atención cuando otro habla frente a nosotros.

Desde esta óptica, pienso en el imaginario como un trasfondo silencioso de lo que llamamos real, donde las ideas, los mitos, las creencias y los sueños confluyen, donde lo inmaterial se erige como la condición de existencia del mundo humano. Suelo hacerle estas preguntas a mis estudiantes: ¿qué porcentaje de tiempo se la pasan imaginando situaciones y qué porcentaje están aquí en el mundo real? ¿Cuánto tiempo pasan atendiendo sus perfiles en Internet y cuánto tiempo pasan afuera, en la realidad? ¿Cuánto tiempo pasan en silencio frente a sus pantallas móviles?

Subrayo esto porque antes de abordar el tema propiamente pervive un ambiente hosco, crítico, una tendencia al regaño y una condición a la respuesta académicamente esperada: lo virtual es lo fake, el phantasma, el simulacrum. La alegoría platónica de la caverna lo ilustra muy bien: lo que paradójicamente define al mundo como verdadero es la falsedad de las apariencias que lo acompaña y sustituye a la vez.

Mi idea es bastante simple: la virtualidad constituye un espacio de extensión para el imaginario social. Internet es una vitrina de lo social, en la cual podemos observar lo que somos, sin tapujos. Echémosle un vistazo a las estadísticas de navegación en el mundo. ¿Qué es lo que más visitamos? ¿Qué es lo que más hacemos? ¿Qué es lo que más comentamos?. En efecto, es una aparador donde podemos apreciar lo mejor y lo peor de nuestra sociedad, abiertamente. Si escandaliza el consumo de pornografía y el erotismo, si resalta la filia por la violencia, si crecen exponencialmente las comunidades virtuales anti-modelo (terrorismo, pedofilia, delincuencia, ultraderecha), ¿dónde queda entonces lo que lo que decimos ser fuera de la virtualidad?

Siguiendo la idea de Gianni Vattimo, la sociedad se ha vuelto más “transparente” a causa de las nuevas tecnologías de comunicación, pero ello no quiere decir de ninguna manera que sea más fácil comprenderla. Al contrario, al poder observar prácticamente todo a partir de nuestras actividades digitales, nuestra capacidad de comprensión se ve rebasada. El mundo dejó de ser uno a nuestros ojos. Las llamadas minorías han derribado la Historia de lo unitario, de lo canónico. El centro se ha ahogado en las periferias, la idea de normalidad se ha convertido en una especie rara, en extinción. Las comunidades virtuales expresan bien la crisis de la Modernidad. En ese sentido, la emergencia de los Digital Studies responde a una necesidad de aprovechar la virtualidad para extender nuestra comprensión de lo social, de lo humano. Llámese etnografía digital o trabajo de campo virtual, la propuesta es dejar de circunscribir nuestros estudios en el terreno de lo real; tomarnos en serio los alcances del imaginario. Después de todo, si hoy en día vivimos bajo el reinado de la virtualidad, es porque antropológicamente hemos vivido desde siempre bajo el reinado del imaginario, bajo el reinado del silencio

* Doctor en Ciencias Sociales. Investigador de la Universidad La Salle.

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