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Células troncales y laicidad


Resultados exitosos en el tratamiento de linfomas a partir de un trasplante de células troncales, un proyecto que mediante el uso de células para tratar la degeneración macular podía detener la pérdida gradual de la visión, un trasplante celular que ayuda a personas con el síndrome de Wiskott-Aldrich a evitar el desarrollo de tumores, o un tratamiento a base de células para el adenocarcinoma pulmonar son parte de los contenidos de los artículos que se publican actualmente en revistas médicas y científicas de impacto mundial como The Lancet, New England Journal of Medicine, Science o Nature. Dichos artículos exponen los resultados de proyectos de investigación que buscan el avance del conocimiento científico en el uso de células troncales embrionarias, conocidas popularmente como “células madre”. La principal característica de éstas es que pueden autorrenovarse y convertirse en células maduras especializadas, es decir, de algún órgano o tejido, sin necesidad de haber derivado originalmente de éstos, lo cual las convierte en una prioridad científica para el descubrimiento y desarrollo de nuevas terapias regenerativas que permitan el control de padecimientos para los cuales, hasta el momento, no hay muchas esperanzas terapéuticas.

Sin embargo, el uso científico de estas células no ha sido bien visto en diferentes partes del mundo. En Estados Unidos, por casi una década, durante la administración presidencial de George W. Bush, estuvo prohibido el financiamiento público y la investigación con células troncales. La situación no es muy diferente en nuestro país.

Para la especialista en bioética y derecho del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, María de Jesús Medina Arellano, en gran parte de América Latina, incluido México, los mayores problemas para generar un avance científico en la materia son la predominancia de una visión religiosa al momento de elaborar leyes que permitan el uso de estas células con fines de investigación científica, así como la nula voluntad para legislar en la materia. Para demostrarlo, su nuevo libro, titulado El debate sobre el uso de las células troncales en un Estado laico, introduce el problema con argumentos como que a pesar de los avances en materia de reproducción asistida desde la década de los ochenta, y de la aceptación e incremento del uso de éstos sin tantos cuestionamientos, aún quedan recovecos en el tema que impiden el potencial desarrollo de la investigación científica con aquellas células no utilizadas en la terapia reproductiva, y con las que podrían obtenerse buenos resultados terapéuticos para padecimientos considerados incurables.

 

Medina Arellano sostiene que todas las personas deben tener acceso a los beneficios del avance científico de la biomedicina para alcanzar una vida digna, una calidad
de vida en el padecimiento de alguna enfermedad neurodegenerativa, crónica y mortal.

 

Origen polémico
Las células troncales embrionarias derivan del embrión humano en una etapa muy temprana, denominada blastocisto, que se presenta entre cinco y seis días después de haberse producido la fecundación y cuando el embrión aún no se ha implantado en el útero, es decir, aún no tiene la capacidad, por sí mismo, de convertirse en un producto. En la mayoría de los procesos de reproducción asistida se utilizan embriones en esta fase para intentar su incubación en el útero de la mujer, pero muchos no lo logran, y otros, una vez lograda la implantación de uno, ya no son utilizados y se desechan.

Estas células se dividen en tres tipos: totipotentes, que son aquellas que tienen la capacidad de originar un organismo completo, y se forman entre 24 y 36 horas después de haberse fertilizado el óvulo; las pluripotentes, que tienen la capacidad de formar un embrión en un entorno adecuado, formadas entre los 5 y 10 días después de la fertilización, y las multipotentes o adultas, cuya capacidad de dar lugar a los tejidos de los que forman parte ha sido muy estudiada en la investigación clínica. Estas últimas, hasta el momento, han sido recurrentemente utilizadas en protocolos científicos.

En contraparte, comenta Medina Arellano, el estudio de las totipotentes, pero sobre todo de las pluripotentes ha sido muy cuestionado y existen fuertes grupos opositores que condenan su uso en la investigación científica, la mayoría de ellos religiosos con posiciones conservadoras, quienes defienden públicamente que la vida comienza desde el momento de la concepción, es decir, en el instante en el que el espermatozoide y el óvulo se unen. Desde esa perspectiva, un blastocisto es considerado como una persona, a pesar de que carece de un sistema nervioso central y aún no está implantado en el útero. El resultado, sostiene la también consejera de la Comisión Nacional de Bioética, es la ausencia de un marco legislativo, pues dichos grupos suelen ser muy escuchados y defienden la idea de la salvaguarda de la dignidad humana, definiéndola como “la santidad de la vida humana”, sin tomar en cuenta que dicha dignidad también implica considerar la pluralidad de ideas en la reflexión.

Con este último marco, la doctora en Bioética y Jurisprudencia Médica por la Universidad de Manchester sostiene que a la comunidad científica también le interesa el tratamiento digno del embrión humano, lo cual implica no convertirlo en un mero objeto para actividades de investigación y tener claro que los resultados de dichas investigaciones derivarán en un beneficio para la atención de la salud. En caso contrario, arguye, se provoca la investigación y uso clandestinos de este tipo de tratamientos, sin garantizar su viabilidad ética ni su uso adecuado.



Para la autora, existe el suficiente marco jurídico constitucional para garantizar el avance de la ciencia en beneficio de la población y la protección de la dignidad humana ante dilemas bioéticos.

 

Dignidad humana y visión bioética
La herramienta de debate de Medina Arellano es la bioética, partiendo desde una postura laica, que escuche las diferentes voces, incluidas las seculares y las diferentes ideologías, no sólo religiosas, sino también políticas, a fin de no privilegiar los dogmas de fe ni los prejuicios, sino la racionalidad y la imparcialidad del Estado. Esta última debe traducirse en que todas las voces sean escuchadas en el debate público y en que se garanticen el desarrollo de la investigación científica y el derecho a la protección de la salud.

Para la autora, existe el suficiente marco jurídico constitucional para garantizar el avance de la ciencia en beneficio de la población y la protección de la dignidad humana ante dilemas bioéticos. El artículo 3 de la Constitución estimula al desarrollo de la ciencia; el 4 garantiza el derecho a la protección de la salud; los artículos 24 y 40 se refieren al derecho a la libertad de convicciones éticas, de conciencia y de religión, y a que México es un país laico, respectivamente.

Retornando al concepto de dignidad humana, la autora del volumen titulado Derecho a la Salud dentro de la colección Decisiones relevantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, afirma que no hay un solo significado para dicho concepto ni un consenso al respecto, situación que implica que cada quien le pueda dar un contenido y un significado propio. Por tanto, el Estado lo puede definir de manera amplia a fin de que sirva como mecanismo para empoderar a aquellas personas que están sufriendo enfermedades y padecimientos incurables, quienes tienen el derecho a ser tratadas con dignidad en el desarrollo de nuevos tratamientos. Por otra parte, también funge como una limitante para impedir que se trate de manera indigna aquello que es utilizado para la investigación, es decir, las células troncales.

Por tanto, Medina Arellano sostiene que todas las personas deben tener acceso a los beneficios del avance científico de la biomedicina para alcanzar una vida digna, una calidad de vida en el padecimiento de alguna enfermedad neurodegenerativa, crónica y mortal.

Todo ello se enmarca en principios de transparencia, equidad, dignidad humana y de integridad, los cuales deben ayudar a promover desarrollo científico y tecnológico aplicado a la terapia de enfermedades no regenerativas cada vez más presentes en el país como el Alzheimer, la esclerosis lateral amiotrófica y el mal de Parkinson, entre otras.

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