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Un análisis del “enojo” masculino


El enojo es una respuesta emocional que social y culturalmente se tolera, alienta y/o espera del varón frente a diversas situaciones en las que se percibe atacado y/o amenazado, o como parte de una supuesta naturaleza masculina. Lo que nos interesa aquí es identificar aspectos de la afectividad vinculados con la construcción de género y que estarían implicados de manera significativa en la generación de escenarios asimétricos de relación.

Partimos de la tesis de que la vida emocional de los varones no está reprimida –visión arraigada en el sentido común–, ya que las emociones no permanecen “contenidas” en espera de salir, como si existieran obstáculos que las trabaran. En cambio, lo que sucede, como lo ha señalado la filósofa Olbeth Hansberg, es que las emociones están ligadas a objetos sociales y mediadas por la normativa social.

La masculinidad conforma la afectividad de manera que el mayor despliegue afectivo de los varones está ligado a objetos públicos de su entorno como el éxito, metas y logros socialmente valorados, como ha escrito Michael Kaufman. En estos espacios la afectividad se pone al servicio de una identidad de género masculina estructurada en torno a un yo exterior, activo, creador de sentidos orientados por el reconocimiento social.

Durante el proceso de interacción social, los varones despliegan lo que denomino discriminaciones emocionales pre-reflexivas, que son maniobras afectivas no intencionales que ligan la afectividad a objetos sociales. Esta ligazón no se produce al azar, está orientada por normativas masculinas. Las discriminaciones emocionales pre-reflexivas son mecanismos de desplazamiento, delegación y subyugación afectiva, que muestran que las emociones, lejos de estar “reprimidas”, se direccionan y delimitan según márgenes permitidos por relaciones de poder establecidas.

En otro nivel, los varones suelen delegar en las mujeres para que ellas sean las responsables de los escenarios afectivos íntimos (por ejemplo, la atención a la vida en pareja). En este escenario la mujer se convierte en “traductora emocional” de las emociones del varón. Cuando un varón no comparte en algún nivel comunicativo sus afectos íntimos se debe a que a través del silencio se evidencia también este tipo de economía afectiva.

En este recorrido, los varones niegan para sí mismos rutas fuera de la órbita masculina dominante. Esta condición influye para que a un varón se le dificulte reconocer de qué manera otras personas viven sus experiencias y cómo elaboran, por ejemplo, sus temores, dolores, alegrías, de manera diferente a la propia; experiencias emocionales que con frecuencia son irreconocibles para él. Esta situación la resuelve haciendo uso de un recurso social legitimado por la normativa dominante que consiste en devaluar aquello en lo que no está implicado y que no logra aprehender, lo que obstaculiza posibilidades de cercanía afectiva. Sin embargo, esta visión no pretende ser ni pesimista ni complaciente. Los varones no cuestionan estos mecanismos no porque sean “víctimas” del poder de la normativa masculina, sino porque obtienen beneficios tácitos cotidianos que les permiten mantener privilegios al implicarse personal y socialmente sólo en lo que consideran que tiene valor social; condición de poder que sitúa a la otra (entendiéndola como la pareja femenina del varón) en la posición de atender lo faltante, lo no valorado, en el mantenimiento de la relación.

El enojo del varón y su utilidad

Para los varones, el enojo es comprensible desde una razón instrumental. Primero, sucede “algo” que le afecta al varón, a continuación, una espera y después la posibilidad de repararlo (lo expresan como “desquitarse”, “vengarse”). Es decir, sentir que algo te afecta, aguantarlo y saber que después se puede sacar y te podrás desquitar, es parte del mecanismo naturalizado que hace inteligible esta emoción. El enojo se convierte entonces en un mediador entre algo que afecta al varón y la posibilidad de repararlo. En este marco, “vengarse”, “desquitarse” hace referencia a que el varón se percibe en una posición donde requiere compensar algo; vive una falta que traduce como desventaja en su espacio relacional. Pero lo central es que esta falta (y esta forma de codificarla) se activa en el marco interactivo con la otra, y se resuelve a través de la violencia y no de otra manera.

El enojo del varón es un intento activo por resarcir una idea fragmentada de sí mismo. La interacción con una mujer que da cuenta de sí misma al verbalizar y exponer su vida emocional desde un marco afectivo de género diferente al propio, le devuelve al varón la imagen de su condición afectiva fraccionada, con ello “emerge” sin quererlo su falta.


La vida emocional de los varones no está reprimida, como comúnmente se cree, ya que las emociones no están “contenidas” en espera de salir. Lo que sucede es que esas
emociones
están mediadas por la normativa social, y se ligan a objetos que esa normativa considera valiosos, como el éxito y el poder.

 

A través del enojo –y al ser localizado el objeto social (mujer) que le otorgará la “reparación”–, el varón busca un efecto que no le devuelva un sí mismo fragmentado. Lo que se pretende “reparar”, en un acto real o fantaseado, es la sensación personal de unicidad, reintegración, totalidad y estabilidad. En este mecanismo, la práctica violenta busca un efecto definitivo de retribución que permita la sensación de control de un sí mismo no fragmentado, unificado y dominante. La práctica violenta simula garantizar de inmediato la compensación buscada. Pero ¿por qué se busca esa compensación a través de violentar a la otra, y no virar a otro escenario, por ejemplo, alejarse del objeto social que le devuelve un sí mismo no deseado? La razón no solo estriba en que en la interacción con la otra se activa la falta, sino porque ese es justamente el lugar donde se puede obtener la compensación.

La práctica busca con su reiteración la docilidad a la norma. Es decir, se pretende en cada acto, que la otra acepte su lugar de desigualdad; buscando que la mujer se amolde con la menor resistencia posible. Por eso, en mujeres que están expuestas a una dinámica de violencia es muy probable que vean poco a poco mermadas su autoestima y confianza en sus posibilidades de hacerle frente. Así, de continuar la exposición a la violencia, resulta más difícil salir de ella.

En el contexto de la violencia contra las mujeres tendríamos que definir el enojo como un mecanismo emocional de control social que está legitimado por el patriarcado para que los varones reaccionen “justificadamente” si los descolocan de su posición de dominio. Esta reacción emocional (enojo) activa el recurso de la violencia porque es un continuo de un mismo proceso que busca el cumplimiento de la idea patriarcal de “complementariedad”, donde la mujer quedaría por debajo, cuidadora y al servicio del varón.

La afectividad del varón debe replantearse

Uno de los ámbitos que se ha trabajado de manera importante en el análisis de la masculinidad es la dimensión emocional. No obstante, se suele llegar a lugares comunes de que es conveniente que los hombres expresen sus emociones “reprimidas”, que hablen de sus malestares; como si la finalidad fuese la expresión por sí misma, dejando de lado cómo el análisis de la afectividad de los varones podría favorecer la desactivación de dispositivos de opresión.

Esta perspectiva individualista –que llamaremos “emocionalista”– aplicada al análisis de la masculinidad  es claramente conservadora, ya que si bien aborda un tema importante de incluir en el debate sobre masculinidad, carece de un elemento clave: desde un enfoque igualitario, de qué manera el componente emocional ayudaría a desactivar mecanismos que generan subordinación. El que un varón exprese sus “emociones reprimidas”, que “llore”, no nos dice ni garantiza nada en realidad, políticamente hablando; quizá sea recomendable para él como catarsis individual. Por ello, es preciso discutir si este tipo de perspectivas desafían en algún sentido la dinámica de dominación basada en género.

Tal perspectiva alienta a que el varón se perciba permanentemente en falta y víctima del poder, necesitado de adquirir una competencia comunicativa personalizada y específica. Más bien, en estos procesos tendrían que identificarse componentes que favorezcan la conformación de responsabilidad –entendida aquí como implicación en prácticas igualitarias– por parte de los varones.

 

Los varones no cuestionan estos mecanismos no porque sean “víctimas” de la normativa masculina, sino porque obtienen beneficios tácitos que les permiten mantener
privilegios
al implicarse sólo en lo que tiene valor social.


Por una responsabilidad aproximativa

Sugiero incluir lo que denomino responsabilidad aproximativa como un escenario que evidencie el componente afectivo para tensar lógicas que organizan el mundo interactivo en una dinámica violenta. Responsabilidad aproximativa es generar efectos en las relaciones cotidianas a través del reconocimiento mutuo de emociones, que permitan la conformación de habilidades para desafiar la normativa masculina dominante. La proximidad con la otra es un escenario donde un sujeto evalúa, orienta y decide (consciente o pre-reflexivamente) una acción hacia una persona en específico.

Los componentes histórico y evaluativo son relevantes en esta idea de responsabilidad. Histórico, ya que advierte lo importante de reconocerse como sujetos en proceso, resultado de convenciones, consignas sociales, culturales, normativas que nos constituyen, y que si bien tienen la fuerza de determinar lo que somos, esto no sucede de manera cerrada, definitiva e invariable. Evaluativo, ya que revela mecanismos que permiten identificar cómo se genera una disposición moral para “situar” al otro, qué lugar le otorgamos para que despliegue un determinado abanico de acciones.

La responsabilidad aproximativa sugiere que las emociones ligadas al mandato masculino hegemónico estarían frenando la conformación de emociones éticas que tengan presente al otro(a). Desde esta perspectiva, la empatía, que es una habilidad emocional a tener en cuenta en escenarios violentos, conlleva descifrar señales de comportamiento, deseos, afirmaciones y sentimientos del otro(a), y conocimiento y reconocimiento de estas señales en uno mismo. Implica tener presente la propia vulnerabilidad y la del otro(a). La empatía es fundamentalmente un ejercicio de interpretación que se va habilitando para generar una respuesta favorable hacia otro (y por lo tanto, con efectos en la relación).

El análisis de las emociones implica discutir cómo nos relacionamos con el otro(a), cómo tratamos a los demás, es analizarnos interactivamente en el entendido que los escenarios emocionales “son rasgos constitutivos no de los individuos sino de las relaciones”, según escribió el psicólogo Kenneth Gergen. Nuestra postura no proviene de un decreto de “deber ser” –que corre el riesgo de convertirse en un discurso políticamente correcto de los varones–, sino de una óptica que busca hacer visible maniobras emocionales como parte de las dinámicas de poder.

 

* Universidad Autónoma Metropolitana UAM-Xochimilco. Versión editada del artículo “Análisis del ‘enojo’ del varón en el contexto de la violencia contra las mujeres para trazar un marco de construcción de responsabilidad. Masculinities and Social Change,6(1),39-61. doi: 10.17583/MCS.2017.1923.  lbotellol@hotmail.com


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