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Teatro y sida. Ángeles en América


De todas las artes que durante los últimos treinta años han ofrecido un reflejo puntual de la epidemia del sida, posiblemente sea el arte escénico el que con mayor fuerza ha expresado un óptimo nivel de compromiso social. Si bien el cine favoreció un lazo de empatía entre un público que ignoraba casi todo de la gravedad del flagelo sanitario y los pacientes que soportaron sus estragos en una soledad casi total, un vínculo de solidaridad se dio de modo muy intenso a través del teatro, un arte que como pocos otros favorecía, en cada función, un contacto muy directo entre los actores y un espectador literalmente atrapado en su butaca. Dos obras emblemáticas estadunidenses, estrenadas ya en México, ilustran muy bien ese fenómeno.

En 1985, a sólo cuatro años del brote de la epidemia, el escritor y militante homosexual estadounidense Larry Kramer, autor de la novela Faggots (1978) y de un panfleto corrosivo, Informes desde el Holocausto (1978-1993), guionista también de la cinta Mujeres apasionadas (Women in love, 1969) del británico Ken Russell, lleva a la escena neoyorkina The Normal Heart (El corazón normal), la primera obra de teatro que ofrece una perspectiva política del mortífero padecimiento viral que había cobrado ya cientos de vidas en Nueva York y San Francisco, expandiéndose de modo inexorable hacia el resto del mundo, y frente al cual los gobiernos y las iglesias mostraban una pasividad letal y un silencio vergonzante. Para Kramer la crisis del sida obligaba a una postura radical por parte de la militancia gay. No era ya posible limitarse a una narrativa del sufrimiento hospitalario y el duelo colectivo. Las personas afectadas por la epidemia (enfermos, amigos y familiares) merecían algo más que un fúnebre monumento al paciente desconocido. Se trataba de denunciar en escena la larga renuencia del presidente Reagan a pronunciar por vez primera la palabra sida y obligar a las instituciones a brindar un tratamiento eficaz a quienes morían a diario por los rezagos en la investigación clínica y en la atención a las poblaciones más afectadas.

El dramaturgo Larry Kramer, cofundador de la GMHC (Gay Men’s Health Crisis), una organización muy combativa de lucha contra el sida, embrión de otra plataforma más radical, Act-Up, fundada por el propio escritor en 1987, propuso en El corazón normal una novedosa estrategia narrativa. En el centro de la obra hay una historia de amor desventurado, la de Felix Turner, un joven enfermo de sida, y el activista Ned Weeks (alter ego evidente del autor), quien sacude las inercias del poder médico, las tibiezas del mundo periodístico y la propia organización de lucha antisida en que milita, para intentar vanamente prolongar la vida del ser amado. En la periferia de esa trama, diversos personajes, desde la doctora Emma Brookner hasta los amigos que asisten, con solidaridad y miedo, a esa anticipación del drama propio que es la agonía de Ned Weeks, despliegan un gran capital de generosidad y entrega humanista que contrasta con toda la mezquindad y prejuicio acumulado que laceran todavía más el cuerpo ya vencido del enfermo. La obra de Larry Kramer se convirtió así, durante esos primeros tiempos del sida, en el emblema de un compromiso artístico en el que la vieja mirada compasiva era ya substituida por una enorme indignación colectiva.

Ángeles en américa
“Una fantasía gay acerca de los temas nacionales”. Ángeles en América, la ambiciosa obra de siete horas de duración, dividida en dos partes (“El milenio se aproxima” y “Perestroika”), del dramaturgo neoyorkino Tony Kushner, fue ganadora de un premio Pulitzer, y desde su creación en Broadway hace 25 años no ha perdido un ápice de su intensa actualidad política. Los “temas nacionales” a que aludía el autor en 1993 siguen hoy muy presentes en la sociedad estadounidense e incluso parecen ser más punzantes. Esos temas que Kushner circunscribía al drama del sida vivido por la comunidad homosexual a principios de los años noventa, esa década finisecular que vivía con zozobra la inminente llegada de un nuevo milenio, afectan ahora, un cuarto de siglo después y de un modo perturbador, al conjunto de la sociedad norteamericana. se trataba entonces y ahora de la persistente discriminación a las minorías sexuales, del racismo que gangrena a las instituciones democráticas, la misoginia legitimada, el moralismo intolerante, el oscurantismo cultural y una deriva nacionalista como vociferante muestra de desprecio a toda la diversidad del mundo.

La idea magistral de Kushner fue mostrar la agonía del sida vivida por dos hombres radicalmente opuestos en todo. Aunque ambos son gays, un abismo moral los separa. Prior Walter es un hombre de 30 años al que Louis, su joven amante, abandona cuando se siente incapaz de vivir a lado suyo los estragos muy cercanos de la infección mortal. Prior enfrenta la tragedia con entereza y un toque de humor cáustico, presiente los terrores de la degradación física y su delirio enfebrecido le provoca visiones fantásticas en las que convive con sus antepasados y asiste aterrado a la llegada de un ángel, mitad benévolo mitad exterminador, que le anuncia que la Gran Faena ha comenzado. En el extremo opuesto, otro hombre, el siniestro Roy Cohn, un personaje verídico de la vida política estadounidense, vive la agonía del sida sumido en una terca negación de la realidad. Antiguo colaborador del senador ultraderechista Joseph Mc Carthy y mentor político del joven Donald Trump, Cohn pasó su vida hostigando a las minorías raciales y despreciando a los homosexuales, siendo él mismo un gay de closet. Como furibundo judío anticomunista hizo lo imposible para conducir a la silla eléctrica al matrimonio de disidentes políticos judíos Julius y Ethel Rosenberg. Ahora en su agonía, el enfermo de sida, delirante y con el cuerpo plagado de lesiones, recibe la visita del fantasma de Ethel quien le muestra los saldos patéticos de esa intolerancia suya marcada siempre por el autodesprecio. Ninguna traza de humor en el personaje de Roy Cohn, de no ser un sarcasmo venenoso que le corroe el alma. Ninguna visita de un ángel redentor. Ninguna Gran Faena para ese triste depósito humano de mezquindades morales.

Una química de las emociones
¿Y en qué consiste esa Gran Faena (Great Work) de la que habla Tony Kushner? De modo alegórico y con una trama cargada de símbolos y elementos sobrenaturales, Ángeles en América describe el cataclismo interior que un virus corrosivo provoca en el personaje de Prior y la alquimia emocional que le hace sobreponerse al sufrimiento corporal para alcanzar un estado cercano a la gracia y al reconocimiento de que el dolor de los demás, conjugado con el propio, es sólo un preparativo, una faena menor, para el esfuerzo superior de llevar una nueva vida, por corta o larga que sea, oponiéndose con fuerza y con una renovada capacidad de resistencia a todas las injusticias del mundo. A lado de sus amigos sanos y de sus colegas enfermos sobrevivientes, Prior asiste, en el segmento titulado Perestroika, a la caída del muro de Berlín, al colapso de los dogmas totalitarios, al derrumbe de ese mundo de fatuidad y odio en el que aún confiaba un Roy Cohn rabioso en su lecho de agonía, esperando inútilmente la llegada de un ángel redentor y el inicio de la Gran Faena.

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