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Un loco afán. Pedro Lemebel


El chileno Pedro Lemebel fue uno de los protagonistas más singulares y provocadores de la literatura reciente de su país. Escritor, cronista urbano, artista visual, animador radiofónico, el personaje polifacético eligió recuperar para las letras el lenguaje de las barriadas populares y las voces de homosexuales y travestis que, con gran desenfado, derribaron la pesada barrera de silencio impuesta por la dictadura militar. A un primer libro de relatos publicado en 1986, siguieron 5 volúmenes que reúnen sus crónicas y relatos, así como una novela, Tengo miedo torero, y los célebres performances junto a Francisco Casas con quien organizó ese alboroto escénico conocido como Las Yeguas del Apocalipsis. Una trayectoria queer fuera de serie en América Latina.

Las heterodoxias deslenguadas
Al autor de Loco afán. Crónicas de sidario, lo conocen y aprecian escritores tan disímbolos como su compatriota Roberto Bolaño (Los detectives salvajes, 1998) y el mexicano Carlos Monsiváis (Apocalipstick, 2009), quienes reconocen el poderío de su prosa poética y el coraje de su actitud moral en el clima adverso de la homofobia institucional y la incomprensión de sus colegas literarios chilenos. Para Bolaño, y vale la pena extenderse en la cita, “Lemebel es uno de los mejores escritores de Chile y el mejor poeta de mi generación, aunque no escriba poesía. Lemebel es de los pocos que no buscan la respetabilidad (esa respetabilidad por la que los escritores chilenos pierden el culo) sino la libertad. Sus colegas, la horda de mediocres procedentes de la derecha y de la izquierda, lo miran por encima del hombro y procuran sonreír. No es el primer homosexual, válgame Dios, del Parnaso chileno, lleno de locas en los armarios, pero es el primer travesti que sube al escenario, solo, iluminado por todos los focos, y que se pone a hablar ante un público literalmente estupefacto”.

Por su parte, Carlos Monsiváis sitúa al personaje en una frondosa tradición literaria de habla hispana. Sólo el argentino Néstor Perlongher guarda con Lemebel las mayores afinidades en los campos de la provocación indoblegable, el brío verbal, la novedad estilística y la militancia por los derechos de las minorías sexuales. Otros parentescos o “sororidades” incluyen a los cubanos Severo Sarduy y Reynaldo Arenas, al portorriqueño Manuel Ramos Otero, y a los mexicanos Joaquín Hurtado y Luis Zapata. Pero en el terreno de la actitud moral y el desplante retador ante el oprobio machista, Lemebel es incomparable. El autor de Escenas de pudor y liviandad lo tiene claro, la originalidad del artista chileno travestido es, en la escritura y en la pose, lo más cercano posible a un “barroco desclosetado”. Considérese el pasmo y el escándalo que suscitaron en un Chile recién salido del largo letargo de la dictadura performances como aquél en que Lemebel y su cómplice artístico Francisco Casas posan ante la cámara imitando el cuadro de Las dos Fridas de Frida Kahlo. O su encendida intervención en un acto político de la izquierda chilena en septiembre de 1986 con un discurso, Manifiesto (Hablo por mi diferencia), donde Lemebel exclama: “Tengo cicatrices de risas en mi espalda (…) / La hombría nunca la aprendí en los cuarteles/ Mi hombría me la enseñó la noche detrás de un poste (…) / Mi hombría no la recibí del partido porque me rechazaron con risitas (…) / Mi hombría es aceptarme diferente/ Ser cobarde es mucho más duro / Yo no pongo la otra mejilla / Pongo el culo compañero / Y esa es mi venganza/ Mi hombría espera paciente / Que los machos se hagan viejos / Porque a esta altura del partido / La izquierda transa su culo lacio / En el parlamento”.

Una escritura alucinada
En Loco afán. Crónicas de sidario, Lemebel levanta, muy a su modo, el tenebroso censo de los amigos locas derribados por la epidemia del sida, de los travestis anónimos, y habla de la larga fiesta de lentejuelas súbitamente interrumpida por el sida, la plaga mortífera que se añadió al flagelo de la dictadura. “La plaga nos llegó como una forma de colonización por el contagio y remplazó nuestras plumas por jeringas”, dice el autor. Como antes lo hiciera Severo Sarduy en su libro Pájaros de la playa (1993), Lemebel diseña una estrategia de resistencia a la fatalidad a través del humor y del sarcasmo. La parodia se vuelve su recurso predilecto y la ocasión para organizar en cada crónica un desfile de personajes pintorescos y gozosos que con irreverencia plantan cara a la opresión de la bota militar y a la tragedia clínica. Monsiváis habla de ese humor tan peculiar de un Lemebel “que se ríe mientras selecciona su epitafio”. En una de las mejores crónicas del volumen, El último beso de Loba Lámar, el autor refiere: “La Lobita nunca se dejó estropear por el demacre de la plaga; entre más amarillenta, más colorete; entre más ojera, más tornasol de ojos. Nunca se dejó estar, ni siquiera los últimos meses que era un hilo de cuerpo, los cachetes pegados al hueso, el cráneo brillante con una leve pelusa. Y ahí la veíamos torneada por el sol, ‘aunque es invierno en mi corazón’, repetía incansable en su show de doblete, cuando la fatiga no le permitía el baile”. Y sigue el desfile de crónicas con Los mil nombres de María Camaleón, cuyo listado incluye a La Claudia Escándalo,La María Sarcoma, La Chupadora Oficial y  La Si Me Llaman Voy, entre más de cien sobrenombres igual de ingeniosos y estridentes. También el relato de las viejas tías –las carrozas– que fatigan las aceras del barrio madrileño de Lavapiés, esa “loca vieja, archivada como magnolia seca en el desván familiar. Casi confundida con fotos de abuelas y actrices del cine mudo”. Las tías carroza: “las únicas que recuerdan los chismes dorados de esa perdida actriz: la que te dije, la que le decían, aquella la del lunar: ¿te acuerdas? Esa que nunca fue elegida para el papel, eterna postulante, pretérita incansable, la otra”. Y como para no quedarse atrás, reserva un capítulo de Loco afán a su propia galería de ídolos desaparecidos o petrificados ya en una vejez sin oropeles: Rock Hudson, Juan Manuel Serrat, Raphael, Lucho Gatica.

Su ronca risa loca
Hacia los años noventa, la creciente reputación literaria del autor le permite ya casi todo. El tránsito a la democracia en Chile es accidentado, pero las minorías sexuales han ganado visibilidad y es posible para Lemebel remplazar la condición anónima de sus locas literarias por un protagonismo propio. Surgen así los performances delirantes del nuevo destape chileno, las Yeguas del Apocalipsis que de inmediato son leyenda. Algo parecido al frenesí madrileño recién liberado del franquismo, el del Almodóvar de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón o de Laberinto de pasiones. Lemebel vive a fondo la rápida construcción de su propia mitología que es también la de una colectividad gay por largo tiempo perseguida y humillada. Sus crónicas sobre los años de la dictadura chilena son divertidas y mordaces, como también su galería de personajes estrafalarios en aquel mundo homosexual de los ochenta a duras penas silenciado bajo las botas militares. El autor redobla ahí su ímpetu militante, su solidaridad con los marginales, su combate contra el sida. Le importa la coherencia moral de su compromiso y el derecho a reivindicar, a solas y con los suyos, el derecho a la diferencia. Con respecto a los demás escritores chilenos, esa cepa cursi del neoliberalismo triunfante, deja clara su postura: “En el álbum macho, familiar y tradicional del canon literario chileno, quizás soy la tía solterona cronista. No lo he averiguado: No me interesa esa parentela vinagre”. Pedro Lemebel fallece en 2015 a los 62 años. Su obra completa la publica Seix Barral.

 

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