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Hacia un amor revolucionario


¿El concepto de raza es válido hoy en día? ¿Acaso las sociedades se fragmentan conforme a discursos en los que predominan los orígenes étnicos y culturales de las personas para privilegiar a unos sobre los otros? Estas son alguna preguntas que se ha planteado Houria Bouteldja, pensadora franco-argelina para quien la raza es un tema clave para entender a muchas sociedades porque es un aparato de dominación cuya estructura está presente en casi todo el mundo a causa del sistema-mundo en el que vivimos, una estructura cimentada en el capitalismo, y por ende, en el imperialismo.

De visita en México, a propósito de la presentación de su nuevo libro Los blancos, los judíos y nosotros (Akal, 2017), la líder del Partido de los Indígenas de la República, una agrupación política que representa a aquellas personas que viven en Francia pero provienen o tienen raíces culturales en territorios que eran administrados por el gobierno francés fuera el continente europeo, advierte que desde 1492, año en que Cristóbal Colón llega a América, se inicia una era capitalista entre cuyas bases está el racismo, herramienta que permite desacreditar y ejercer un dominio sobre culturas ajenas a la “occidental”, un producto de la historia colonial que no existía antes de ese momento, pero que pervive hasta el día de hoy y lo hará mientras tenga una utilidad política.

Producto de esa modernidad, explica la activista que ha sido demandada por algunos grupos conservadores franceses al considerar que sus planteamientos atentan contra su sociedad, es que todas las personas del hemisferio occidental, a pesar de provenir de diferentes de diferentes países, viven una homogeneidad en la que “todas las personas visten casi igual, tienen las mismas referencias y los mismos códigos culturales”.

El resultado de lo anterior es que en Estados Unidos hay un ascenso del supremacismo blanco y en Europa de la extrema derecha, en ambos casos con la benevolencia de la izquierda blanca, afirma Bouteldja, para quien las corrientes políticas de derecha e izquierda en las sociedades occidentales coinciden en algo, “en aceptar el principio organizador racial del Estado nación”.

Para la autora del texto en el que propone la existencia de un amor revolucionario, un sentimiento basado en la dignidad humana, esa cualidad de saberse responsable de uno mismo y de las y los otros, de amarse y amar al otro, “los blancos definen los intereses del blanco, son incapaces de pensar en una alianza con la comunidad musulmana, reflejando una islamofobia”.

 

El feminismo es un producto de la modernidad occidental, nacido en la modernidad, para resolver las contradicciones surgidas entre los blancos dentro
de un mundo imperialista, pero que no podría ser igual ni tener los mismos objetivos fuera del Norte global, sostiene la autora.

 

Feminismo de exportación
La situación de las mujeres no es ajena a esta dominación político racial. Basada en el pensamiento de la filósofa francesa Simone de Beauvoir, la especialista en literatura y decolonialidad asegura que la autora de El segundo sexo planteó una premisa en la que sostenía que las mujeres, cuando son burguesas, son solidarias con el hombre burgués y no con las mujeres proletarias, y cuando ellas son blancas, no son solidarias con las mujeres no blancas, sino que son solidarias con los hombres blancos.

Por tanto, el feminismo es un producto de la modernidad occidental, nacido en la modernidad, para resolver las contradicciones surgidas entre los blancos dentro de un mundo imperialista, pero que no podría ser igual ni tener los mismos objetivos fuera del Norte global.

“Las mujeres blancas son oprimidas por los hombres blancos y quieren convertirse en sus iguales para conquistar el mundo”, sentencia la pensadora autodefinida como marxista y cuyo libro ha provocado escozor en diversos sectores sociales, para quien el hecho de que el feminismo haya surgido en Occidente implica la necesidad de una exportación hacia otros lares, y por ende, el mundo debe ser feminista aunque las condiciones políticas y sociales de esos otros lugares no sean las mismas.

El mayor problema no es ese, argumenta, el dilema que está de frente es que “el feminismo no cuestiona al imperialismo”, lo cual no quiere decir que las mujeres del mundo no están oprimidas, “pero quien ha oprimido a todas las mujeres del mundo es el sistema moderno”.

Los hombres como elemento
Desde el punto de vista de Bouteldja, otro aspecto que el feminismo no toma en cuenta es el de la existencia de una masculinidad hegemónica, que es la del hombre blanco, que se impone a otras masculinidades no hegemónicas como las de los hombres indígenas, quienes también son sexistas pero que pueden percibirse como amenazados cuando reciben mensajes como que los hombres blancos “van a tomar a sus mujeres”, generando una resistencia viril.

Sin embargo, “el sistema te dice que tu enemigo es el hombre indígena, y por tanto, debes liberarte de la región natal, de los hombres indígenas; dicen que mi prioridad es combatir al hombre que tengo al lado y no el sistema”.

Ante la situación, la autora del artículo Raza, clase y género, ¿nueva divinidad de tres cabezas?, ya traducido al español, señala que esas condicionantes sólo les dejan dos opciones a las mujeres: combatir al hombre indígena y olvidarse de combatir al Estado y al imperialismo o hacer una alianza con los hombres indígenas, aunque sean sexistas, para luchar contra el imperialismo.

Lo anterior, explica, puede ejemplificarse con lo que piensan muchas mujeres en Palestina, a donde han acudido organizaciones y colectivas feministas para llevarles métodos anticonceptivos y otros insumos, pero las mujeres de aquel lugar les dicen que no los quieren porque la revolución palestina necesita más personas, entonces, sus prioridades son distintas a las que les llevan las agendas feministas, y aunque las quisieran, requieren resolver sus prioridades más próximas.

 

Bouteldja vive una serie de contradicciones por que en su país de origen, ella representa a la “blanquitud”,  es decir, para sus coterráneos, ella es “blanca”.
En tanto, al estar en Francia, a pesar de que existe un discurso de puertas abiertas, las y los franceses tratarán de mostrar su superioridad.

 

Islam y feminismo
¿El hecho de cuestionar al sistema nos obliga a ser feministas?, es una de las dudas que se plantea la pensadora oriunda de Constantina, Argelia. Su respuesta es contundente: no. Por el contrario, indica, en el caso de México hay feminicidios, pero la opresión que se vive deriva del sistema imperialista vigente.

De forma más clara, dice, en Siria se viola a una gran cantidad de mujeres con el pretexto del conflicto militar. Esas violaciones no tienen nada que ver con el Islam ni la cultura musulmana, son producto del sistema, que se ancla en la guerra.

Incluso, considera que quienes ven en el Islam a un antagonista del feminismo desconocen su esencia, pues hay diferentes maneras de conceptualizarlo, al grado de que hay visiones hipermodernas e hipercapitalistas en sociedades como la de Arabia Saudita o ciertas corrientes de islam social de redistribución en Marruecos, por lo que esa visión de choque entre ambas maneras de ver y explicarse el mundo no tiene relevancia ni pertinencia.

Perspectivas de cambio
Si me hubiera quedado en Argelia, las cosas hubieran sido diferentes, asevera la autora del libro que ha sido objeto de debate en múltiples espacios de discusión de la república francesa, y al cual algunos sectores han calificado como antisemita, entre otros adjetivos. “Mi familia es muy pobre y no hubiera tenido las mismas oportunidades que tengo”, sin embargo, añade, vive una serie de contradicciones por que en su país de origen, ella representa a la “blanquitud”, es decir, para sus coterráneos, ella es “blanca”. En tanto, al estar en Francia, a pesar de que existe un discurso de abrir las puertas a todas las personas, las y los franceses tratarán de mostrar su superioridad, al grado de que cuando ocurre algo catastrófico, siempre culpan a quienes no asimilan como sus iguales: las personas de origen musulmán o africano.

Los delitos sexuales son una realidad en territorio francés y europeo, sin embargo, sólo se procesa judicialmente a los hombres de origen árabe musulmán, quienes engrosan la población carcelaria, pero no a los hombres blancos, a pesar de que cometen los mismos delitos.

Esto es ejemplo de que para “un pueblo que está acostumbrado a dominar, es difícil reconocer a otros pueblos, porque debe tener el valor de reconocerse en el espejo”. Por eso, asume que la única solución es el amor de nosotros mismos, tener confianza entre nosotros por que “la esperanza que tenemos es pesimista porque implica transformarlos a ellos”.

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