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Del feminismo como tendencia


“Todas las mujeres deberían ser feministas.” Esto se dice mucho en Internet, en las revistas y en las conversaciones. Y el caso es, insisten estos defensores del feminismo universal, ¡que seguramente ya lo seas! Si crees que las mujeres han de recibir el mismo salario por el mismo trabajo y tener derecho a tomar sus propias decisiones médicas y reproductivas, entonces ya eres feminista y deberías adjudicarte el término.

La idea de un feminismo universal ha penetrado en la cultura popular como nunca antes tras décadas en las que las famosas intentaban distanciarse siempre de la etiqueta para no parecer invendibles y antipáticas. Se han vuelto las tornas. Lo anticuado está ahora de moda. Lo invendible es ahora una estrategia de márquetin. Las celebrities, las cantantes, las actrices..., todas enarbolan orgullosas la palabra. La encontramos en las revistas de moda, en los programas de televisión, en las canciones. El feminismo es tendencia.

Así que ahora ya sabemos que todas deberíamos considerarnos feministas. Lo que no está tan claro es adónde lleva eso. No está claro siquiera, una vez nos adjudicamos la etiqueta –ya sea usando la palabra o comprando las camisetas indicadas (o la bufanda de 220 dólares de Acne Studios con el lema “Radical feminist” o tal vez el jersey de 650 dólares con ese mismo mensaje) y luciéndolas orgullosamente en público–, qué debemos hacer a continuación. ¿Y de manos de quién estamos rescatando la palabra, si se puede preguntar?

¿Son los hombres quienes nos la han echado a perder? Llevan un montón de tiempo retorciéndola para convertirla en un insulto y desatando el pánico con brujas feminazis que van a ocasional el derrumbe de la sociedad y a atraernos la ira de Dios en forma de huracanes y terremotos. Pero no, resulta que si un predicador de derechas te arroja la palabra a la cara intentando que te avergüences, sólo consigue que estés más orgullosa de usarla.

Lo que está ocurriendo ahora, en cambio, es que hay unas mujeres que les piden a las mujeres que recuperen el término feminista de las manos de otras mujeres. Las feministas actuales acusan a las verdaderas feministas de ensuciar el buen nombre del movimiento y de disuadir a otras mujeres de unirse a la causa.

El feminismo ha sido siempre una cultura marginal, un grupo reducido de activistas, radicales y raritas que obligaban a la sociedad a avanzar en su dirección. Las que se hacían sufragistas, las que se encadenaban a las rejas, las que hacían huelgas de hambre, rompían ventanas y lanzaban bombas no eran una mayoría abrumadora. La mayoría abrumadora o pasaba de todo o quería que las otras dejasen de armar tanto escándalo. Tampoco fue una mayoría abrumadora la que creó una vida pública para las mujeres con la organización de empresas y bancos femeninos, el establecimiento de una red segura (aunque todavía ilegal) de clínicas abortistas, la lucha por un espacio propio en los sistemas educativos y la redacción de manifiestos o textos radicales. Durante la segunda ola, la mayoría abrumadora de las mujeres lo único que quería era una cómoda vida (de casada) y algo más de independencia.

 

Lograr que la gente se sintiera incómoda era la clave del feminismo. Si queremos que una persona, o una sociedad, haga cambios drásticos, tiene que haber
un cataclismo mental o emocional. Una ha de sentir poderosamente la necesidad del cambio antes de llevarlo a cabo por propia decisión.

 

Fueron siempre un pequeño número de mujeres radicales y tremendamente comprometidas quienes asumieron la ardua labor de hacer avanzar la posición de la mujer, por lo general mediante actos y palabras impactantes. Y aunque la mayoría de las mujeres se beneficiaron de la labor realizada por estas pocas, a menudo intentaban al mismo tiempo desvincularse de ellas.

Pero ahora existe una dinámica distinta entre las radicales y el mainstream. Ahora la mayoría quiere apropiarse del espacio radical negando al mismo tiempo el trabajo que llevan a cabo las radicales. En los últimos tiempos oigo más a menudo la palabra feminazi en boca de feministas jóvenes que en boca de hombres de derechas. Y tanto unas como otros la usan con un propósito muy similar: ridiculizar a las activistas y revolucionarias y guardar las distancias. Las autoras feministas más destacadas de la actualidad han hecho auténticas virguerías para distanciarse de sus predecesoras; han tergiversado a conciencia la obra de mujeres como Andrea Dworkin y Catherine MacKinnon y han negado toda relación con ellas. Los “proyectiles de humillación” de Dworkin, decía Laurie Penny en una columna del New Statesman sin explicar por qué resumía de este modo el pensamiento de Dworkin, “no tienen cabida en ningún feminismo al que yo me adhiera”.

Si queremos que el feminismo resulte aceptable para todo el mundo hay que asegurarse de que sus objetivos no incomoden a nadie, de modo que las mujeres que defendían un cambio radical han quedado fuera. Lograr que la gente se sintiera incómoda era la clave del feminismo. Si queremos que una persona, o una sociedad, haga cambios drásticos, tiene que haber un cataclismo mental o emocional. Una ha de sentir poderosamente la necesidad del cambio antes de llevarlo a cabo por propia decisión, y un feminismo en el que todo el mundo se siente cómodo es un feminismo en el que todo el mundo trabaja en su propio interés y no en interés del conjunto de la sociedad. Así pues, aunque el feminismo se ha puesto de moda, la auténtica labor feminista de crear una sociedad más justa sigue estando tan poco de moda como siempre lo ha estado.

Convertir el feminismo en una aspiración universal puede parecer algo positivo (o cuando menos neutral), pero en realidad impulsa, y creo que acelera, un proceso que ha ido en detrimento del movimiento feminista: si antes el foco estaba puesto en la sociedad, ahora lo está en el individuo. Lo que en su día fue una acción colectiva y una visión común sobre cómo podían las mujeres trabajar y vivir en el mundo se ha convertido en una política identitaria dominada por la historia y el logro individuales, en una reticencia a compartir el espacio con personas que tengan opiniones, cosmovisiones e historias distintas. Nos ha dividido en grupos cada vez más pequeños hasta dejarnos solas con todo nuestro interés y nuestra energía enfocados hacia dentro en lugar de hacia fuera.
Cuando nos adentramos en la literatura feminista contemporánea tal vez nos preguntemos: ¿a qué viene tanto hincapié en reclamar la etiqueta? Si una mujer cree que merece el mismo sueldo que un hombre por el mismo trabajo, si defiende el derecho a decidir sobre su cuerpo y vota en consonancia, ¿qué más nos da que se identifique o no como feminista?

Hay razones legítimas por las que una mujer, incluso una que cree firmemente en la igualdad, podría mostrarse reacia a asumir la identidad feminista. El feminismo ha tenido sus momentos oscuros –desde el racismo ciego de algunas de sus cabezas visibles hasta el apoyo a los líderes cristianos en la campaña contra la pornografía– y a algunas mujeres, como es comprensible, les cuesta conciliar estos fallos con el valor del movimiento en su conjunto.

Pero en lugar de escuchar los motivos por los que tal vez te da reparo adoptar la identidad feminista, las feministas universales, en su labor de conversión, te dirán a ti cuáles son esos motivos. Debes de pensar, insisten, que todas las feministas son lesbianas, que no se afeitan las piernas, que odian a los hombres y que se niegan a convertirse en esposas o madres. Debes de pensar que para ser feminista hay que afeitarse la cabeza, hacer manualidades con tu sangre menstrual y escuchar música folk. Creen que te apartas del feminismo porque este tiene un problema de imagen y que en la raíz de este problema están las feministas radicales de la segunda ola.

Como la meta es la universalidad, estas feministas se ven en la necesidad de simplificar el mensaje hasta tal extremo que sólo los fanáticos religiosos y los misóginos acérrimos pueden discrepar de su discurso. No parecen advertir que la simplificación convierte el feminismo en un producto insustancial y disneyficado y que tal vez sea esa la razón por la que tantas mujeres le dan la espalda.


* Fragmento del libro Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista (2016), traducido y publicado por Editorial Lince. Reproducido con autorización de la editorial.
Jessa Crispin es editora y fundadora de Bookslut –uno de los primeros blogs de Estados Unidos– y de la revista online Spolia.

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