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El relato militantista


Militancia=Intensidad. El lema es el mensaje. A finales de la década de los ochenta, muchos activistas de la lucha contra el sida en Francia consideran necesario radicalizar el discurso de la militancia homosexual atendiendo a la prioridad que en ese momento parece ineludible para la comunidad gay: la lucha por terapias efectivas para combatir la epidemia del VIH/sida y la presión a la comunidad médica y a los poderes públicos para acelerar la investigación y facilitar el acceso a los nuevos tratamientos”.

Tomando como modelo el combate frontal de la organización ACT UP (Aids Coalition To Unleash Power / Coalición del Sida para Generar Poder), creada en Estados Unidos en marzo de 1987 por el escritor y activista radical Larry Kramer, un grupo de militantes parisinos crea a su vez la organización espejo ACT-UP Paris que retoma, en lo esencial, las reivindicaciones y estilos de protesta de su homólogo neoyorkino. La idea central es pasar del papel predominantemente asistencialista de la organización francesa AIDES, cuyo cometido se limita a brindar orientación médica y asesoría jurídica a las personas seropositivas, a instrumentar acciones vigorosas por parte de las personas directamente afectadas por la epidemia con el fin de informar a la población de la gravedad del problema y exigir de las autoridades respuestas políticas a tono con la crisis.

las intensidades requeridas

Las acciones son provocadoras y originales. Pequeños comandos de personas seropositivas y activistas simpatizantes se desplazan hasta las sedes de los laboratorios médicos para rociar con sangre falsa las instalaciones y, en ocasiones, a los médicos y conferencistas presentes en ellos, y obligarlos a emitir declaraciones públicas o tomar partido con respecto a la lentitud de la investigación médica, el elevado costo de los tratamientos o la escasa información que reciben los pacientes sobre los avances terapéuticos.

En Estados Unidos la crisis de salud pública que provoca la epidemia del sida es tan fuerte que Larry Kramer, el fundador de ACT UP, no vacila en calificarla de catástrofe y habla incluso de un holocausto en cámara lenta. A las decenas de miles de afectados en Norteamérica se añaden, con rapidez vertiginosa, los cientos de nuevos pacientes que en Francia ya sólo vislumbran como opción luchar en las calles para obtener los medicamentos tóxicos que siguen siendo la única posibilidad de controlar las enfermedades oportunistas que conlleva el padecimiento y postergar, en lo posible, el desenlace fatal. En una sociedad que prefiere ignorar la dimensión del peligro, o inclusive suponerse al abrigo del mismo, la información se vuelve un imperativo ineludible, y la ignorancia un desatino contraproducente. Un lema retomado de la lucha neoyorkina resume en ese momento la urgencia de la situación: Silencio=Muerte.

A pocos años del inicio de la epidemia, en 1981, el cine independiente se da a la tarea de elaborar ficciones en torno al sufrimiento y el duelo de las personas afectadas (enfermos, familiares y amigos), y también a las cargas de desdén e intolerancia que en amplios sectores de la sociedad occidental agudizan ese dolor. Una película, Juntos para siempre (Longtime companion, Norman René, 1989) captura la espiral de pánico que se apodera, de modo exponencial, de una comunidad gay neoyorkina al inicio de la crisis.

Pocos años después, el documental La vida en Silverlake (Silverlake life: the view from here, Peter Friedman, Tom Joslin, 1993) captura, en clave intimista, la vida cotidiana de una pareja de personas infectadas que asisten al lento deterioro de sus cuerpos y al insólito drama de un envejecimiento precoz y una muerte prematura.

Ese mismo año, una cinta emblemática, Filadelfia (Jonathan Demme, 1993), socializa el problema y pone el dedo sobre el flagelo añadido de la homofobia institucional. Muestra también el combate de un personaje (Antonio Banderas) para obtener una justicia para su amante que ha sido deshauciado (Tom Hanks).

Al lado de estas películas se suceden obras de teatro, ficciones y documentales que informan de la evolución y gravedad de la pandemia. Pero lo que aún predomina es la crónica del dolor y los saldos de la incomprensión social.

120 latidos por minuto

El relato de la militancia colectiva que exige derechos para los pacientes y acceso global a las terapias efectivas aparece como algo minoritario y muy esporádico, alejado de las pantallas comerciales. En Francia, una cinta señala el vuelco de la narrativa social al testimonio en primera persona de lo que significa vivir con VIH. Las noches salvajes (Les nuits fauves, 1992), escrita, dirigida y protagonizada por Cyril Collard, se vuelve un éxito instantáneo. La soledad y el dolor de la tragedia personal se transforma, sorprendentemente, en la reivindicación altiva de un estilo de vida y en el consecuente destierro de toda noción de culpa, sin dejar de lado, empero, la tierna y melancólica mirada del protagonista hacia las personas sanas, que viven en el miedo, pero que pese a sus temores pasajeros habrán de sobrevivirle. El personaje que interpreta Collard anuncia ya el cuerpo colectivo de seropositivos que, por la misma época, ensayan en ACT-UP París un tipo original de militancia, con humor cáustico e irreverencias provocadoras frente a un orden social que los desdeña y les escatima sus derechos.

Se trata de la misma comunidad de combatientes literalmente enfebrecidos que aparecen en el documental estadunidense Cómo sobrevivir a una epidemia (How to survive a plague, David France, 2012), sobre las dinámicas del ACT UP neoyorkino, y que cinco años después tiene su variante francesa en 120 latidos por minuto (120 battements par minute, Robin Campillo, 2017), una película de ficción que no vacila en recrear, en un tono cercano al documental, las largas horas de discusiones en las asambleas semanales de ACT UP París, las acciones de una improvisada guerrilla urbana de enfermos encolerizados que irrumpen de manera organizada en laboratorios médicos, estudios de televisión, salones de clase, iglesias y plazas públicas, y que suman su contingente a los desfiles gay tradicionales, para denunciar la indiferencia de toda mayoría silenciosa y culpable, por omisión, del delito, bien estipulado en la ley, de no brindar asistencia a una persona en peligro.

A pesar de la beligerancia provocadora de la organización rebelde (espectacularidad de tomas simbólicas de espacios urbanos, desde la catedral Notre Dame de París hasta la Plaza de la Concordia, donde el obelisco central quedará cubierto por un gigantesco condón de látex), periodistas, funcionarios, comunidad artística, y muchos ciudadanos respetan la sublevación espontánea que el dolor autoriza y la “nobleza de una cólera” a la que el silencio incomprensible del gobierno socialista de François Mitterrand confiere una legitimidad inesperada. El relato social de esta indignación militante se completa en 120 latidos por minuto —taquicardia de emoción, miedos y frenesí sexual— con una historia de amor entre el protagonista combativo, muy pronto agonizante, y su compañero de lucha, seronegativo y desprovisto de temores, solidario y siempre amoroso. Una crónica emotiva que en el pasado festival de Cannes conquistó uno de los máximos reconocimientos, y que se incluye en la Muestra Internacional de Cine que inicia en unos días, para luego tener su estreno comercial el 1 de diciembre, Día Internacional del Sida.

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