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Apolo y sus musas


Viejo niño de las trece tías, todas en aparente duelo, todas solteronas. Las trece tías del pintor jalisciense Juan Soriano (1920-2006) pasaban las horas de esa infancia suya “bordando sus días, juntas las trece, como arañas, en un enorme bastidor. Mientras, yo me entretenía pintando sirenas, caracoles, rosas y magnolias muertas. Creo que todos los provincianos tenemos trece tías más o menos enlutadas que viven fuera del tiempo, amparadas por relojes que dan unas horas rarísimas porque siempre están descompuestos”.

En una serie de entrevistas que el artista concede a Elena Poniatowska entre 1953 y 1998, recopiladas en el libro Juan Soriano, niño de mil años, que este año reedita Seix Barral a casi dos décadas de su aparición editorial, la voz principal –sardónica y vigorosa, como la recuerdan sus interlocutores– es la del inspirado pintor de Apolo y las musas, una obra mayor emblemática. Apenas interviene en la edición del libro la voz de la entrevistadora, siempre sagaz y discreta, a quien él confía sus más íntimos recuerdos de infancia, las titánicas disputas de sus padres, el cobijo afectivo de sus cuatro hermanas, su vocación temprana de haber sido a toda hora, a la manera de un título de Drieu La Rochelle, “un hombre cubierto de mujeres”, y también el acre sabor de la provincia tapatía, de la que emigra, adolescente, sólo para ser seguido en su exilio por las hembras familiares, dispuestas a no abandonarlo nunca.

Del rancho a la capital

Sus hermanas, y en especial la mayor de ellas, Martha, siempre claridosa y aguerrida, cobran vida nueva en algunas de sus primeras telas, en Autorretrato con Martha (1939) o en Juego de niños (1942), y de modo más alusivo en la serie de cuadros de niñas vírgenes y aladas, rodeadas de encantamiento y misterio, que bordan la fantasía de Cuatro esquinitas tiene mi cama (1941). El edén campirano que el pintor ha abandonado lo perseguirá toda su vida de hijo pródigo y errante, hasta hacerle exclamar en una de las entrevistas que ninguna de las múltiples y gozosas experiencias del artista trasterrado en Roma, París o Atenas, se compara con las fuertes intensidades de sus primeros quince años en Guadalajara. Su llegada a México, y las precariedades en las estrecheces de su vivienda en la calle de Rosales, en la colonia Guerrero, se asemeja mucho a lo que viven los exiliados republicanos españoles que por la misma época llegan a la ciudad de México, y que poco después serán íntimos amigos suyos en la bohemia artística y literaria que les daba, a todos por igual, estímulo y abrigo.

Con una elocuencia de cuentista experimentado, Soriano describe las atmósferas culturales urbanas. Su paso fugaz por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) es fugaz y para él decepcionante. Desconfía del dogmatismo y cerrazón de una izquierda que no admite heterodoxias morales ni veleidades cosmopolitas. Frecuenta a los Tres Grandes de la pintura muralista (Siqueiros, Rivera, Orozco), pero su adhesión artística y sus simpatías se decantan por el arte de Rufino Tamayo y por el diálogo fructífero con intelectuales como Octavio Paz, una suerte de hermano espiritual siempre solidario. Aborrece también el nacionalismo y su cerrazón ideológica. “Creo que tenemos raíces mediterráneas, pero con la euforia de nuestra juventud nos hemos sentido capaces de inventar una manera de ser totalmente autóctona. Por eso nos dedicamos a ensalzarnos unos a otros por cualquier monería, como los changos que se festejan cada vez que se encuentran un piojo”. El gusto por la provocación acompaña siempre al artista que muy pronto se gana fama de iconoclasta, de interlocutor o comensal incómodo, pero siempre seductor irresistible.

Las noches del Leda

A medida que transcurre el tiempo, hacia finales de la década de los cuarenta, el artista se ha incorporado con brío inusitado al frenesí de la noche alemanista. Son tantos sus nuevos conocidos y amigos, tantas las complicidades intelectuales y artísticas, que el libro de entrevistas semeja un vasto directorio de nombres ilustres, de mujeres imperiosas y sofisticadas, de aristócratas enamorados de la canalla, y políticos ansiosos de ilustración y de relumbre instantáneos a lado de una intelectualidad volcada a la mundanidad de fiestas y cocteles. Ese “Tout Méxique”, Soriano lo frecuenta con una avidez que, a la distancia, él mismo evoca divertido y con un dejo de nostalgia. Así evoca las noches en el legendario cabaret Leda, que la pintora María Izquierdo hace descubrir a la bohemia artística, y que Soriano revive gozosamente en una entrevista: “Allí bailábamos Lupe Marín y yo. Ella se quitaba los zapatos y hacíamos el show delante de Novo, Villaurrutia, Lola Álvarez Bravo. Íbamos casi a diario, después yo me seguía y acababa en el Tenampa tirado de borracho bajo una mesa”. Esa vida social intensa propicia los encuentros venturosos con algunas de las mujeres que habrán de ser sus modelos favoritos, con María Asúnsolo, la de los pies níveos y perfectos; Lola Alvarez Bravo, de sensibilidad e inteligencia deslumbrantes; y sobre todo Lupe Marín, reciedumbre femenina que le avasalla y fascina, y que será la protagonista de una serie de espléndidos retratos. Añádase la amistad intelectual muy vigorosa que cultiva con María Zambrano, filósofa española en exilio. La ironía no es menor: el artista que a menudo se muestra hosco crítico implacable al hablar de las mujeres, muy pronto revela tener una gran devoción por todas ellas, desde sus musas familiares de los años de infancia hasta las que muchos años después terminarán ensalzadas en sus telas.

Las querencias entrañables

Los únicos que pueden disputarles el terreno en el universo afectivo de Soriano, son los dos grandes amores masculinos del artista: el español exiliado Diego de Mesa, con quien durante años vive una complicada relación amorosa que, de modo inteligente, logra transformar el pintor en una amistad serena y perdurable, y el compañero de más de tres decadas, el también exiliado Marek Keller, de origen polaco, quien no sólo consigue atajar y amortiguar las depresiones recurrentes de Soriano, sino también convertirse en su compañero sentimental más confiable y diligente. Marek se vuelve el contrapeso ideal de todo el caos que caracteriza la existencia diaria del pintor, tanto en París como en México: él administra los compromisos laborales del amante, su agenda social, su reconocida generosidad como anfitrión de cenas y reuniones. Marek despliega un sentido práctico envidiable y un refinado gusto culinario que vuelve memorables las veladas entre amigos en el número 29 del Boulevard Saint Martin, domicilio parisino de la pareja.

La personalidad de Soriano es compleja, en ocasiones contradictoria. Rebelde e inconformista frente a la oscura cerrazón de la provincia y los dogmas del nacionalismo revolucionario que en el arte bronco proclama la intransigencia del “No hay otra ruta que la nuestra”, el artista iconoclasta no le teme al estigma infamante de ser un burgués o tener simpatías muy evidentes con el grupo de los Contemporáneos y situarse así, desafiante, en las márgenes del pensamiento único y lo políticamente correcto. Disidente sexual y a la vez conservador, el sibarita travieso es un brillante interlocutor de las élites políticas y culturales mexicanas, y también, a su manera, un hombre perfectamente libre. Un Apolo feliz rodeado siempre de sus musas.

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