Director fundador | CARLOS PAYAN Director general | CARMEN LIRA SAADE • Director Alejandro Brito Lemus

SALUD SEXUALIDAD SOCIEDAD

ARCHIVO HISTÓRICO

Número

Usted está aquí: Inicio / 2017 / 09 / 07 / Oropeles y llanto: Prietty Guoman
× Portada Guardada!

Oropeles y llanto: Prietty Guoman


Había leído del éxito que ha tenido en cartelera por varios meses, desde su primera aparición en el Teatro El Vicio el 31 de agosto de 2016, el espectáculo de cabaret Prietty Guoman, escrito, dirigido y actuado por César Enríquez Cabaret. Tal es así que el Foro Lucerna del Teatro Milán abrió una nueva temporada a partir del pasado 19 de julio, que durará hasta el mes de septiembre, cumpliendo para entonces más de un año de acalorados aplausos. Las localidades han estado consistentemente agotadas y el público, entusiasta, se agolpa en la taquilla con la esperanza de encontrar boletos cancelados a última hora.

El consenso social sobre las verdades que la Prietty proclama desde el escenario se expresa a carcajadas desde el momento en que se encienden las luces. En un monólogo ágil que nos lleva por un texto rico en sugerencias, con sus múltiples niveles en la narración, ella cuenta su historia en un ir y venir de acentos y vestidos y en un periplo de emociones entre la alegría, la ira, el desafío, el lamento y la burla. El hilo conductor de su historia es la trágica autobiografía de una mujer trans que nació en Tlaxcala, fue vendida por su padre a cambio de unos tennis Nike, ejerció la prostitución en Veracruz y Miami, y finalmente logró establecer un antro en sociedad con una lesbiana muda, con quien termina formando una pareja. A la misma vez, siguiendo la larga tradición del teatro de revista y su contraparte popular, la carpa, nos cuenta la trama social de la que ella ha sido víctima: la trata de mujeres, la prostitución forzada, la violencia sexual y transfóbica.

La geografía que recorre el cuerpo atribulado y festivo de la Prietty permite también hacer un recorrido por temas de alta preocupación para la comunidad como el crimen organizado y la corrupción e impunidad que le son inherentes. El escándalo de moda del exgobernador de Veracruz Javier Duarte salta a la vista, y las vicisitudes de los migrantes y la cultura de las adicciones tienen cabida en la compleja polifonía que el actor sostiene desplegando diversos recursos escénicos.

El comentario a las noticias del momento, expuesto jocosamente, lanza un juicio social con el que la audiencia coincide: tal es el elemento crítico que caracteriza al teatro cabaret resurgido en los años noventa. Pero importa destacar que este juicio se profiere desde el personaje diverso, por lo general travestido, o vestido de otro, habitando la ambigüedad incómoda y seductora de quien habla desde el margen. Sin duda, César Enríquez Cabaret es uno de los continuadores más renombrados de este género que ha puesto en las marquesinas de la Ciudad de México nombres tan connotados como Tito Vasconcelos, Jesusa Rodríguez, Liliana Felipe, Astrid Hadad y Las Reinas Chulas.

La construcción del personaje Prietty se desprende de la película de 1990 Pretty Woman, dirigida por Garry Marshall. Las botas altas de tacón, la falda corta unida por unos tirantes a la breve blusa imitan el atavío de Julia Roberts en las primeras secuencias del clásico de Hollywood. Un enorme auto antiguo reconstruido ocupa gran parte del escenario. En torno al auto –el lugar de encuentro, de relación sexual furtiva y de victimización– la Prietty va desarrollando una historia de placer y muerte. Entre dulce, especiosa, amarga, seductora e hilarante, los vaivenes emocionales de la obra tejen ingeniosamente la algarabía erótica del doble sentido característico del habla mexicana con arreglos de canciones del pop norteamericano y latinoamericano que no cesan de recordarnos la historia de las victimizaciones a manos del prejuicio homofóbico y misógino.

En sus referencias a las divas del espectáculo, el actor recorre las caracterizaciones de María Caray (Mariah Carey), Whitney Houston y Celia Cruz, a quienes representa en segundo grado: César Enríquez Cabaret se traviste como la Prietty, y la Prietty se va cambiando de vestidos a lo largo de la obra para representar a las divas del pop (aquí el auto también funciona como armario de donde surgen las prendas de vestir, en claro guiño a los innumerables cambios de vestuario de Astrid Hadad, referencia central del teatro cabaret contemporáneo en México). Estas superficies coloridas por las que el cuerpo de la Prietty va transitando resaltan el aspecto dinámico de la identidad con que la trans ha llegado a convertirse en uno de los grandes desafíos a la cultura hegemónica patriarcal, erotofóbica, misógina, homofóbica y heterosexista, a la que se presenta como la gran generadora de la violencia que tiene al país en vilo. Travestirse no es tan solo un recurso cómico y seductor con que su cuerpo ocupa con valentía el espacio público, es un arma que demuestra que las reglas de género tradicional no son naturales sino tan construidas como cualquier vestimenta que nos cubre. Su queja de que sus padres la travestían de hombre cuando niño nos descubre que el género es una obligación social, una imposición que nos restringe y que los machos, esos oscuros personajes que la norma obliga a la aridez emocional no son otra cosa que pura apariencia vacía de humanidad.

La habilidad verbal con que el parlamento de César Enríquez Cabaret nos conduce a lo largo de la pieza es sin duda uno de los aspectos más encomiables de esta puesta en escena. El diálogo musical, entre esa voz lúdica y versátil que ya nos había deleitado en su Eunucos, Castratis y Cobardis (2014), y el teclado magistralmente ejecutado por Álvaro Herrera llenan la sala de hilaridad por sus hallazgos sonoros. El parlamento, escrito por el propio actor/director/guionista, recobra de la gran tradición del teatro político el juicio colectivo con que el público comulga a risas –una especie de complicidad democrática que ya Aristófanes, el gran cómico de la antigua Grecia, había explotado–. A ello hay que añadir la agudeza que se debate entre el albur, de larga raigambre popular en México, y el perreo, característico de los espectáculos travestis. Se trata de arrebatar el doble sentido que busca chingar al otro (violar simbólicamente, como decía Octavio Paz), de uso machista, y proveerlo de una significación crítica de las relaciones de género violentas. Desde un inventario de adjetivos varios, la Prietty se define a sí misma: “Soy trans, puta, santera, daltónica y disléxica”; “Soy auténtica, osada, nunca una inventada”; “Soy briosa, fogosa, muy carnosa, nunca liosa”. Como un homenaje a la poesía satírica de Salvador Novo y a los bardos populares, el lenguaje de la Prietty es también un festín de palabras prodigadas a lo largo de ochenta minutos, que pasan veloces.

Tras habernos hecho reír a carcajadas durante todo el espectáculo, la Prietty toma asiento y le habla al público, renunciando por un momento al relajo de oropeles irrisorios. Recubierta con el ingenioso retablo de música, rimas y vestidos, nos había estado contando una historia de violencia contra los cuerpos diversos. Ahora deja el carnaval, termina la algarabía, estamos frente a la mujer trans que no goza de privilegios ciudadanos, que no tiene acceso a la salud, la educación o la justicia, y ni siquiera a una muerte digna. Ya hemos reído suficiente. A mi alrededor escucho sollozos, respiraciones oprimidas, pues la Prietty nos confronta con la verdad del sufrimiento y nos deja claro que no podemos ser indiferentes ante el hecho de que las trans, las lesbianas, los jotos, los/las intersexuales, y demás sujetos que acosa el patriarcado, son parte del mismo cuerpo social de todos nosotros. Nos queda claro entonces por qué Prietty Guoman ha cosechado tanto éxito.

Comments
comentarios de blog provistos por Disqus