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Usted está aquí: Inicio / 2017 / 05 / 31 / Huir para vivir
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Huir para vivir


El mejor regalo de cumpleaños que pudo recibir Chuleta fue un poco de ropa de mujer de segunda mano. Cada bolsa que abría representaba una nueva opción para cambiar su ya roída falda de mezclilla por otra más nueva y de otros colores que no fueran el azul desgastado de su vestimenta actual o blusas más coloridas que la blanca con la que ha vivido el último mes. A sus 21 años, busca su propio espacio para vivir plenamente como mujer. Intentó suicidarse hace algunos meses en su natal La Ceiba, Honduras, porque se sentía sola y desanimada; su familia nunca la ha querido por ser mujer transgénero.

En medio de múltiples cuestionamientos a su madre por no quererla, optó por abandonar su casa una madrugada de domingo y a través de “jalones” (aventones) llegar hasta México. Lo logró hasta la frontera con Guatemala y después tuvo que caminar casi una semana para llegar a Tenosique, Tabasco, huyendo del Instituto Nacional de Migración, pero también de su pasado, pues a más de un mes de haber salido de casa, no ha querido abrir su Facebook porque, asegura, sus familiares comenzarían a cuestionarla por su decisión.

A diferencia de muchas otras personas migrantes, ella no desea avanzar su camino con rumbo a la frontera con Estados Unidos, sino permanecer en el albergue para migrantes de la localidad para repensar lo que hará con su vida, seguramente muy lejos de su hogar natal. Este cumpleaños es el mejor que ha pasado en muchos años porque considera que en el albergue la entienden, la aceptan como es y se siente en familia con las otras mujeres trans que viven ahí.

Dulce y diverso hogar

Paredes multicolor, murales realizados por hombres y mujeres que desean dejar su huella mientras pasan una breve estancia en Tenosique. Algunos de ellos están dedicados a personajes emblemáticos como monseñor Oscar Romero o a otros compañeros caídos, a quienes no conocen, pero consideran que deben homenajear su intento por alcanzar otra vida alejada de la violencia y crisis que se viven en sus natales Guatemala, Honduras o El Salvador, sitios de donde proviene la mayoría de quienes han detenido su paso para tener un respiro después de haberse sumergido en un profundo mar verde de 60 kilómetros que separan a El Ceibo, paso fronterizo entre México y Guatemala, de Tenosique, Tabasco. Este es el primer punto urbano en la “ruta”, como se conoce al trayecto que cruza territorio mexicano para alcanzar el sueño americano. En esos 60 kilómetros ocurren violaciones a hombres y mujeres, asaltos y secuestros.

Un mapa de México pintado casi en su totalidad de rosa, color que se le asignó a las zonas de mayor riesgo para personas en situación de movilidad, da la bienvenida a quienes buscan alojamiento en La 72. Hogar refugio para personas migrantes. A lo largo de la cartografía se marca la línea del tren, que comúnmente seguían las personas provenientes de Centroamérica, pero que ahora sólo es parte de un imaginario colectivo alrededor de la migración proveniente de países centroamericanos, pues cada vez es más complejo realizar el viaje de la frontera sur mexicana a la zona limítrofe entre México y Estados Unidos en ferrocarril, asegura Ramón Márquez, director del albergue que con su nombre honra a los 72 migrantes desaparecidos en San Fernando, Tamaulipas, y posteriormente hallados en una fosa común clandestina. A pesar de las complejidades del viaje, advierte que prefieren arriesgarse que seguir viviendo los entornos violentos de sus países de origen, pues una de cada tres personas que recibe decidió abandonar su lugar de residencia por haber padecido algún acto violento.

 

Muchos migrantes LGBTI intentan llegar a la Ciudad de México, pensando que ahí les puede ir mejor por el reconocimiento de derechos como el matrimonio igualitario o
la identidad de género. La realidad, asegura, es que por ley, deben concluir el trámite donde lo iniciaron, por lo que deben regresar a Tenosique.


La realidad del albergue cambia de manera vertiginosa como la de la “ruta”. Hace 20 años la atención se daba en la parte trasera de la iglesia de Tenosique, villa tabasqueña resguardante del paso del río Usumacinta, uno de los más caudalosos del país, pero para 2011 tuvo que conseguir un sitio propio para dar respuesta a la llegada masiva de personas, al grado de que hoy en día atiende al 10 por ciento de quienes solicitan refugio a nivel nacional, afirma Márquez con mirada cargada de preguntas e ira, pues los últimos procesos que han acompañado han tomado alrededor de seis meses en resolverse, ya sea de manera positiva o negativa.

Esta situación ha propiciado que el albergue, cuya función solía ser la de brindar un espacio para descansar, tomar una ducha y comer algo, se esté convirtiendo en un campo de personas refugiadas, lo que ha implicado tener que brindar soluciones a situaciones como la aparición de personas integrantes de los colectivos LGBTI en las caravanas migratorias.

Entenderles y brindar soluciones fue el gran reto de La 72, reconoce Márquez al explicar que antes no pasaban de cinco casos al año en los que se realizara alguna intervención especial para atender, en su mayoría, a integrantes de la comunidad trans. Ahora, el promedio de arribos es de 33 personas, quienes abiertamente aceptan su orientación sexual o identidad de género, pero considera que al menos otras 70 no lo hacen mas permanecen en el albergue y tienen otros tipos de necesidades.

Para Ramón, como todas las personas lo llaman en este espacio, este sector es de los más vulnerados porque viene huyendo de la homofobia y transfobia existente en sus países, pero al interior del albergue también ofrecía retos cotidianos como dónde asignarles un lugar para dormir, en el lugar de las mujeres, quienes podrían sentirse “invadidas” en su espacio, o en el de los hombres, quienes podrían agredirlas. La decisión fue abrir una nueva sección, la de personas LGBT.

El primer piso del edificio ubicado al costado de la plaza principal de La 72, pintado de color morado, es un espacio de tolerancia, respeto y paz para aquellas personas que huyen de un entorno hostil por su orientación sexual o identidad de género. No sólo cuentan con un espacio físico propio, también se les brinda apoyo con fortalecimiento de capacidades para incorporarse al mercado laboral, servicio de salud mental y física, entrevistas personales para identificar sus necesidades y asesoría jurídica, “un proyecto sencillo pero que se camina con la gente”, refiere Márquez.

Credibilidad y vulnerabilidad

Acreditar las agresiones en su contra es el mayor reto para las personas LGBTI que buscan refugio en otros países, asegura Gabor Gyulai, integrante del Comité Húngaro Helsinki y editor del Manual Evaluación de la Credibilidad en los Procesos de Asilo, quien de visita en México a propósito de una serie de conferencias impartidas en la Universidad Iberoamericana, explicó que estos casos encierran dificultades particulares para ser acreditados y tomados en cuenta como candidatos a recibir el asilo. El hecho de que son personas perseguidas por aspectos privados de sus vidas lo hace difícil, pues muchas veces las agresiones provienen de sus propios familiares o tienen que ver con aspectos íntimos como su sexualidad y deben repetir sus testimonios de manera muy frecuente, generando una revictimización

De acuerdo con el especialista en derecho para personas con solicitud de asilo o refugio, cuando éste se busca por un asunto relacionado con la orientación sexual y/o la identidad o expresión de género de la persona, muchas de la gente carece de apoyos de familiares o de su comunidad, por el contrario, es común que no la reciban, e incluso, esté huyendo de ambos nichos por haber sido violentada al interior de ellos, aunado a la posibilidad de que el agente migratorio no esté sensibilizado en la materia y afloren sus prejuicios.

 

Según datos de la Comisión Mexicana de Apoyo a Refugiados, el año pasado se presentaron ocho mil 781 solicitudes de refugio en México, 90 por ciento de personas 
provenientes de Centroamérica, aunque se desconocen las causas por las cuales se iniciaron los trámites migratorios.


En el caso de México, la Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político establece en su artículo 13 que “la condición de refugiado se reconocerá a todo extranjero que se encuentre en territorio nacional…” y sea “perseguido por motivos de raza,  religión, nacionalidad, género, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas”, o por “violencia generalizada, agresión extranjera, conflictos internos, violación masiva de los derechos humanos”, además de resaltar que las preferencias sexuales no pueden ser motivo para discriminar a quien lleva a cabo el trámite.

En La 72, las primeras solicitudes de refugio de personas LGBTI las interpusieron en 2014 y fueron exitosas. La noticia se corrió a lo largo de la ruta y empezaron a llegar más personas en busca de este apoyo, lo cual derivó en que la Comisión Mexicana de Apoyo a Refugiados comenzara a negar las peticiones o la resolución se prolongara por varios meses. Como consecuencia, señala Márquez, muchos migrantes LGBTI intentan llegar a la Ciudad de México, pensando que ahí les puede ir mejor por el reconocimiento de derechos como el matrimonio igualitario o la identidad de género. La realidad, asegura, es que por ley, deben concluir el trámite donde lo iniciaron, por lo que deben regresar a Tenosique.

De la violencia a la violencia

Las golpizas en la calle eran una constante en la vida de Tatiana. Cerca de donde vivía con una amiga, en Santa Barbara, Honduras, había una escuela desde donde el alumnado la agredía, llegando a aventarle piedras, darle puntapiés y burlarse de ella por ser una mujer trans, aunque constantemente le decían que era “gay”. La violencia también estaba en su hogar, de donde la corrieron cuando tenía 16 años. Tras tres años de vivir con muchas penurias por falta de trabajo, “pues nadie quería contratar a un puto”, decidió caminar hasta México porque sabía “que la discriminación era menos” y le dijeron que en la Ciudad de México “había trabajo para las personas trans”. El camino no fue tan afortunado: recién ingresada a territorio mexicano, tras cinco días de camino, la despojaron de sus pocas pertenencias. Continuó el camino pero fue violada casi al llegar a Tenosique, donde se instaló en La 72. Ahora espera que se le otorgue una visa humanitaria por haber sido víctima de un delito en tierra mexicana.

No gozó de la misma suerte Oliva, cuyo cuerpo fue hallado en 2014 con dos heridas de bala en la cabeza y una en el tórax, en una brecha en Apodaca, Nuevo León, donde residió por seis años conforme a su identidad de género después de haber llegado de Guatemala. Tampoco Julisa, también de Guatemala, quien en 2015 fue asesinada frente a otras dos chicas trans en su casa de Reynosa, Tamaulipas. Igualmente, un chico gay de Honduras, cuyo cuerpo fue hallado en un terreno baldío en Cancún, Quintana Roo.

Ellas y él, al igual que otras centenas de integrantes de los diferentes colectivos de las siglas LGBT, huían de amenazas, golpizas, y otros actos de violencia en su contra, pero también la encontraron en su nuevo hogar. Cuántos huyen de la homofobia y la transfobia en sus países, se desconoce, pues hasta la fecha, el Instituto Nacional de Migración no ha hecho pública la información sobre a cuántas personas se les ha dado asilo y las razones por las que se les otorgó. Desde hace años se ha negado a hacerlo.


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