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El alma de Haití anida en México


Minie se acerca por la acera con una gran sonrisa. Parece que ignora –o prefiere ignorar– que vive en plena Zona Norte de Tijuana, una de las áreas más peligrosas de la ciudad. Lo que quiere es saludar a Ximena Rojas, su partera, quien se asegura de que su embarazo transcurra con normalidad. Minie es una de las casi 20 mil personas haitianas que han llegado a esta ciudad desde mediados de 2016, huyendo de un país devastado por la pobreza y los desastres naturales, con la esperanza de cruzar hacia Estados Unidos. Muchas de ellas lograron acogerse a la aministía que ofrecía el gobierno estadunidense desde 2010, pero, con el endurecimiento de la política migratoria, otras cruzaron la línea sólo para ser deportadas a su país.

Según las más recientes cifras del Instituto Nacional de Migración (INM), unos 3 mil 200 haitianos y haitianas de todas las edades y estratos sociales han decidido quedarse a vivir en Tijuana y otras ciudades de la Baja California.

Minie sonríe y contesta apuradamente con un “bien, bien” a las preguntas sobre su salud que Ximena le hace en un español pausado. El desconocimiento del idioma les impone a ella y sus compatriotas un silencio que están determinados a romper. Algunos hablan portugués, pues vivieron en Brasil como trabajadores de la construcción para los Juegos Olímpicos y el Mundial de Futbol, así que eso les ayuda a comunicarse. A un lado de la charla, dos niños corretean en medio de la tarde templada. Sus padres, como Minie, han conseguido rentar en esta cuartería enclavada en un peligroso barrio que se caracteriza por la presencia de redes de explotación sexual, traficantes de personas y vendedores de drogas. Aun así, han comenzado a buscar el sustento mediante un pequeño local, que es más bien un cuarto con una ventana que da a la calle, sobre la cual se puede leer un anuncio fosforescente: “Rica comida haitiana”.

Eran un secreto a voces

La primera vez que vio grandes grupos de gente de Haití fue mientras cruzaba la frontera hacia San Diego, dice en entrevista Ximena Rojas, quien además de partera es enfermera obstetra titulada por la UNAM. “Busqué en el periódico y nada”, no encontró datos sobre aquellas personas que se notaban a leguas por el color de su piel. Se preocupó por brindarles ayuda, pues se veía que pasaban todo el día formadas para ser entrevistadas en la oficina migratoria estadunidense, algunas hasta acampando, y entre ellas “había muchas mamás con sus bebés y familias completas”. Fue así que, junto a unas amigas, comenzó a llevar ropa y zapatos, sobre todo para los bebés, niñas y niños, pues aunque para los estándares de Tijuana hacía calor, ellos tenían frío.

Varias semanas después, se empezaron a publicar las noticias, luego de que había sido un secreto a voces. Aunque se trataba de un flujo migratorio sin precedentes en una ciudad conformada por la migración, el gobierno no decía claramente lo que estaba sucediendo ni que era una crisis humanitaria.

 

“Si les traigo la información a las refugiadas haitianas que no están embarazadas, muchas de ellas sí van a aceptar que les ponga la inyección anticonceptiva,
que les ponga el DIU”, afirma Ximena Rojas, enfermera y partera.

 

Los albergues que suelen atender a los migrantes de paso comenzaron a abarrotarse con personas haitianas, que hablan francés o creol (criollo), y las iglesias de todas las denominaciones cristianas se volvieron refugios. Cerca de 33 establecimientos saturaron sus pisos y hasta sus techos, todo rincón donde podía tenderse una cobija para pasar la noche.

Surgieron otros esfuerzos individuales, como un grupo de voluntarias que comenzó a coincidir en el Desayunador del Padre Chava, uno de los albergues más céntricos. Entre ellas estaba Soraya Vázquez, quien en charla recuerda que se propusieron organizarse y para ello se unió mucha gente que, con el paso de los meses, se fue alejando. “Quedamos las 8 que somos ahora”, comenta sobre el Comité Estratégico de Ayuda Humanitaria (CEAH), nombre que adoptaron.

“Yo insistí mucho en que fuera ‘estratégico’”, explica Ximena Rojas, refiriéndose no sólo al nombre del comité, sino a su forma de trabajo. “Había quien llevaba tortas, pero no les gustaban y no se las comían”, recuerda entre risas, o donaban costales de ropa que luego había que clasificar y que en algunos casos no llegaba directamente a los haitianos.

La vida sexual no conoce pausa

“En cuanto a su vida sexual, ellos buscan la manera pero están activos todo el tiempo”, comenta Ximena, basada en las pláticas que, a través de algunas traductoras, logra tener con las mujeres embarazadas. Aun cuando algunos albergues situados en iglesias no permitían los intercambios sexuales (incluso se oponían al reparto de condones que algunas organizaciones intentaban), los embarazos se han seguido presentando a ya más de diez meses de comenzada la oleada migratoria caribeña.

“En los albergues, a veces hago diez pruebas de embarazo y cinco salen positivas”, comenta Rojas, directora y fundadora del Colegio de Doulas y Parteras Hüfi. “Muchas de ellas no tienen a su compañero o esposo, sino que están con personas que conocieron en el viaje hacia el norte o que están en su mismo albergue, y no se sabe exactamente si ambos están bien de salud”. Por ello, considera muy importante hacer pruebas no sólo de embarazo, sino de hepatitis B o VIH y otras infecciones sexuales. “Por eso es importante la educación de la sexualidad, buscar la manera de traducir la información, que ellos comprendan el valor de hacerse las pruebas de detección lo antes posible”.

Ximena visita por lo menos cuatro albergues periódicamente. Todavía no ha atendido ningún parto pero suma en voz alta las mujeres embarazadas actualmente: diez aquí, siete allá, seis acullá, más las que ya no están en albergues sino que están rentando una vivienda… “Estoy viendo aproximadamente unas 29, aunque 2 acabamos de confirmar que tuvieron pérdida gestacional”. Y cada vez que va, afirma, hace pruebas y van saliendo más.

Rojas y una compañera, quien vive en San Diego, trabajan con sus propios recursos. Ya sea que soliciten donaciones de éste y del otro lado de la frontera, o que compren sus insumos con los ingresos que generan como parteras particulares. Guantes de látex, gasas, insumos para la medición de glucosa, suplementos alimenticios y hasta mezclas de semillas que les regalan a las gestantes para que estén bien nutridas, todo sale de su bolsillo y sus esfuerzos.

Las embarazadas haitianas tienen la opción de atenderse, como cualquier tijuanense, en el Hospital General, sin embargo, los limitados recursos y las malas experiencias que ya han comenzado a suscitarse en esa instancia pública, así como la costumbre de su natal pais de parir en casa, hacen que se sientan cómodas con la atención de una partera.

Atención del VIH, una actividad en marcha

El Programa Comunitario de la organización Fronteras Unidas Pro Salud está coordinado por la psicóloga Lesly Pérez y consiste en realizar jornadas de salud donde se promueven la planeación familiar, la prevención de infecciones de transmisión sexual, entre otros temas. En una de las comunidades atendidas por estas caravanas, en uno de los linderos del este de la zona conurbada de Tijuana, comenzaron a encontrarse con personas haitianas. Investigando un poco, a principios de este año llegaron a la iglesia evangélica Vida Eterna, donde encontraron a unas 90 personas, entre ellas unas tres embarazadas sin ningún seguimiento médico.

Pro Salud también realizó pruebas de detección del VIH, actividad que forma parte de su programa habitual, y encontró tres casos reactivos. Pérez comenta que tienen una buena relación con el Centro Ambulatorio para la Prevención y Atención en SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual (Capasits) de la ciudad, a donde de inmediato canalizaron a las personas detectadas.

El director del Capasits, Mario Lam Enríquez, confirmó que la atención del VIH se ha brindado sin distinción, tanto a éstos como a otros migrantes nacionales o internacionales. Entrevistado en las instalaciones del Centro, ubicado en la ladera de lo que simula ser el hijo pequeño del Cerro Colorado, el doctor Lam afirma que sólo han recibido a cuatro personas haitianas para tratamiento de VIH, de las cuales una no ha regresado a consulta desde enero, ausencia que puede deberse, explica, a que logró cruzar a Estados Unidos, se mudó a otra ciudad en México o regresó a su país de origen.

 

Aun cuando algunos albergues situados en iglesias no permitían los intercambios sexuales (incluso se oponían al reparto de condones), los embarazos se han
seguido presentando a ya más de diez meses de comenzada la oleada migratoria caribeña.

 

Para el Capasits, la migración haitiana no ha representado un impacto en sus actividades. Si bien la demanda de servicios es alta (en 2010 esta unidad atendía a 800 usuarios y hoy registra 2 mil 450), no ha habido desabasto de medicamentos y los tres médicos, contando al propio Lam, que se encargan de la atención, hacen su mayor esfuerzo.

Las pruebas de detección las hace directamente el Programa de VIH e ITS de la Jurisdicción Sanitaria II, que abarca los municipios de Tijuana, Tecate y Rosarito. Su titular, Karzali Trasviña, informó a LetraeSe que una vez que detectan a algún migrante internacional, lo único que se requiere es  tramitarle el Seguro Popular (con vigencia de tres meses) y así puede comenzar el tratamiento antirretroviral.

Salud reproductiva, necesidad latente

Cuando la crisis migratoria se prolongó, los albergues dejaron de recibir el escaso apoyo gubernamental y fijaron plazos para que los haitianos salieran de ahí. Por eso, hoy que están dispersos es más difícil llegar a ellos para darles servicios de salud o información sobre sus derechos en este país.

Soraya Vázquez y el CEAH están impartiendo talleres para que estas personas conozcan las instituciones mexicanas y los procedimientos que pueden realizar para regularizar su situación migratoria. Si bien cada vez más haitianos son vistos trabajando en el sector de la construcción, de los restaurantes, como mensajeros o como vendedores ambulantes, la integración cultural es un proceso en marcha.

En opinión de Marla Lino, directora operativa de Pro Salud, los trayectos que tuvieron que atravesar estas personas hacen que su salud llegue deteriorada, y eso sí ha impactado en los servicios médicos que, de por sí, eran insuficientes para la población tijuanense. En el caso específico de los anticonceptivos, sostiene: “nosotras podemos hacer toda una labor de consejería, pero no hay a dónde referir a las personas para que adquieran un método”, además de que, considera, el desabasto de este tipo de insumos es algo evidente en el estado de Baja California.

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