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Deportes sin barreras


“A ver si esto me cura”, fue el pensamiento que se le vino a la cabeza a Silvia cuando supo de la existencia de una liga de rugby en la Ciudad de México. Era la década de los ochenta, se acababa de casar, había nacido su primera hija y consideraba que la práctica de un deporte donde predominaban los golpes y se requería de mucha fortaleza física podría ayudarle con ese sentimiento interior de ser mujer aunque su imagen exterior fuera la de un hombre.

El encuentro fue fortuito. Como muchas tardes, regresaba a casa después de la jornada laboral cuando allá por Ciudad Satélite, al norte de la Ciudad de México, cerca de donde vivía, leyó una manta colgada sobre una reja en la que se preguntaba a los transeúntes si conocían el rugby, ese deporte de tradición inglesa surgido en el siglo XIX en la ciudad de la que lleva el nombre, cuya escisión con el futbol está en el permitir el uso de las manos para sujetar el balón y correr con él, además de un mayor contacto físico.

Silvia había jugado al futbol durante su infancia y adolescencia, además de practicar otros deportes como la natación, pero había dejado de hacerlo. Estaba muy confundida con lo que le ocurría, no sabía casi nada de la transexualidad o de la identidad de género. Pensaba que tenía una enfermedad.

Leer esa manta la entusiasmó. Esta disciplina deportiva consiste en recorrer con el balón un campo de hasta 100 metros para llegar al área del equipo contrario, sorteando y driblando a 15 rivales, impidiendo una tacleada, un manotazo u otras formas para detener el trayecto del corredor, para conseguir cinco puntos, y otros dos si se acierta a lograr que el balón pase entre dos postes. Pensó que practicarla le ayudaría a ser un hombre rudo y muy masculino, algo que había intentado por dos décadas.

Continuar con su pasión deportiva, entrenar, ir al gimnasio, dejarse la barba larga, eran aspectos que permitieron a Silvia vivir los ochenta y parte de los noventa de manera cómoda y sin tantos aspavientos personales. Tenía claro que daba la apariencia de ser un hombre muy masculino y así evitaba recibir las etiquetas de “ser rarito o que estaba del otro lado”.

Barbarians fue el nombre del equipo que la acogió. Era parte de la Liga Mayor de Rugby, perteneciente a la Unión Mexicana de Rugby, agrupación formada en la década de los setenta para dar continuidad a los primeros esfuerzos de introducir el popular deporte en el país en los años treinta, y que en 2003, consiguió convertirse en la Federación Mexicana de Rugby.

Fantasías femeninas

“Niñas, no se les vayan a romper las medias”, era una frase que escuchaba comúnmente Silvia en los arduos entrenamientos. Casi siempre, los entrenadores les hablaban en femenino para cuestionar sus capacidades y que mejoraran su rendimiento. En contraste, en ella se despertaban sueños y fantasías como que era una niña y traía puestas sus medias o que en el vestidor estaban un grupo de bailarinas preparándose para salir a dar una función.

El deporte la envolvió mucho y lo jugó por ocho años. Alcanzó un buen nivel, realizó una gira por Venezuela, tuvo un llamado a la selección mexicana de rugby, al cual no pudo acudir por cuestiones laborales. Llegaron las lesiones y pensó en el retiro. A nivel personal, todo seguía igual, porque ese gusto de vivir como mujer no desaparecía.


De acuerdo con el Comité Olímpico Internacional, aquellas personas que han realizado su transición de hombres a mujeres pueden competir en las categorías femeniles
siempre y cuando la persona asuma que su identidad es femenina y muestre reducción en sus índices de testosterona. Los cambios anatómicos no son necesarios.


Durante esos ocho años recurría a una práctica que le ayudaría a tomar decisiones más adelante. Llegaba del juego, tomaba una ducha, se maquillaba y se vestía de mujer, aprovechando el anonimato de su hogar y de los momentos de soledad cuando su familia estaba ausente.

Nacía el siglo XXI y surgía Silvia, pues comenzó a acercarse a lugares y personas que le ayudaban a conocer su identidad de género, hasta que en 2008 dio el paso para vivir completamente como mujer. Su amor por el deporte no mermó pero sí tuvo miedo de acercarse a él una vez pasado su proceso de transición.

El deporte de contacto ya no parecía ser una opción por su edad, pero tampoco la natación porque “no quería una espalda grande” y tenía miedo de ir a un vestidor de mujeres y recibir un comentario negativo. Tras varios momentos de reflexión decidió no sucumbir a esos miedos y se inscribió a una alberca. Además, ya no vivía en las inmediaciones de la capital mexicana sino en Xalapa, Veracruz, y casi nadie la conocía.

De vuelta a la cancha

Una vez más, el rugby se atravesó en su camino. Ante la necesidad de expandir la práctica de uno de los deportes más populares en Inglaterra, la Federación Mexicana de Rugby promovió la creación de equipos y escuelas en diferentes partes del país, una de ellas fue la capital veracruzana, donde se fundó el Club Rugby Xalapa, en categoría varonil y femenil.

Una vez más, un anuncio cambiaba la vida de Silvia, pues desde que lo leyó, regresó a su mente la idea de calzarse un par de zapatos deportivos y volver a sentir los contactos y la adrenalina de tener que detener rivales y correr con un ovoide entre las manos. La diferencia es que ahora lo haría como mujer y no tendría que ocultar nada.

Fue al entrenamiento del equipo para pedir una oportunidad. Contó que ya tenía experiencia en el juego y la dejaron acudir a las prácticas. Con un poco más de confianza le explicó al entrenador que era una mujer transexual. Él le comentó que tenía que hablar con las mamás de las chicas del equipo. A los pocos días recibió una respuesta negativa con el argumento de que tenían miedo de que pudiera lesionar a alguna de las jugadoras del equipo.

La frustración no se hizo esperar pero pudo más su pasión. A pesar de la respuesta, se convirtió en seguidora del equipo a través de Facebook. En esa red social, a mediados de 2016 recibió un mensaje por parte del club, en el que reconocían su pasión por el rugby y la invitaban a entrenar con el equipo. Ella pensó que había habido un cambio de entrenador o algo similar, sin embargo, su sorpresa fue mayúscula cuando vio que era el mismo que le había dado la negativa.

Volvieron a platicar. Silvia le contó que ya tenía documentación como mujer, hacía ejercicio de manera constante y había bajado de peso. Le presentaron a la capitana del equipo para que la conociera y platicara con las demás integrantes de la escuadra. Todas eran mayores de edad por lo que no hubo problema y entrenó durante mes y medio.

Tras ponerse en forma y acoplarse al equipo, tuvo su primera oportunidad de jugar. Los sentimientos fueron encontrados: gusto por volver a pisar un campo de rugby y miedo de que no le fueran a permitir participar en el partido. Revisaron que todos los nombres de las jugadoras coincidieran con los de las lista, incluido el de ella.

Aquella tarde no hubo problema, al menos por esos instantes. La semana después del partido le llamó el entrenador para notificarle que integrantes del otro equipo protestaron por su participación en el partido. Querían impedirle volver a jugar. El caso llegó hasta la Federación Mexicana de Rugby. Acudió a una cita y le explicaron que, de acuerdo con los lineamientos de la World Rugby (instancia internacional reguladora de ese deporte), podía jugar si contaba con documentación legal que la acreditara como mujer y había recibido tratamiento hormonal.

Cumplidos los requisitos, Silvia se convirtió en la primera persona en jugar en la liga varonil y femenil de un deporte federado con aval olímpico, al menos en México.


La Federación Internacional de Rugby establece en su reglamento que no se puede intimidar, ofender, insultar, humillar o discriminar a cualquier otra persona en el 
campo por su religión, raza, sexo, orientación sexual, color u origen nacional o étnico.


¿Es más fácil siendo hombre?

“Como una mujer” es el significado etimológico de fa’afafine, un sector de la población de la isla de Samoa considerado como el tercer sexo porque son hombres que asumen un rol femenino y viven como mujeres al interior de familias en que es escasa la presencia de mujeres o no nació ninguna niña. Esto no significa que su orientación sexual sea homosexual exclusivamente. Hay quienes tienen hijos y viven casados con una mujer.

A este sector de la población de Samoa Americana, una isla del Pacífico del Sur, famosa por ser la última en la que ocurre el cambio de año y el último rincón del mundo donde transcurre un día, pertenece Jaiyah Saelua, considerada la primera jugadora transgénero en jugar un torneo oficial de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) a nivel selecciones. Ella jugó con la selección de su isla natal, famosa por haber perdido por 31 a 0 en contra de Australia en 2001, mientras buscaba su pase al Mundial de Corea-Japón 2002.

Jaiyah jugó como mujer, en un torneo de categoría varonil, para buscar el pase de la selección samoana al Mundial de Brasil 2014. No lo logró, pero su equipo, considerada la peor selección del mundo, obtuvo su primera victoria en 17 años ante Togo y ella acaparó los reflectores de la prensa mundial e incluso fue la portada de la revista oficial de la FIFA. Tuvo un papel clave en una de las jugadas de gol.

Esto pudo ser una realidad porque sus documentos de identidad son de hombre, pues en la isla donde reside no son otorgados conforme a la identidad de género. Sin embargo, lo que no hizo la FIFA ni la federación de futbol de su país sí lo logró un entrenador de la Universidad de Hawaii, donde estudia actualmente. En una sesión de entrenamiento del equipo varonil de futbol, le pidió que abandonara la sesión pues temía que alguien del equipo “se sintiera incómodo”.Para Saelua, esta experiencia representó su primer acto de discriminación por su expresión de género. En Samoa, nadie la había cuestionado por ello, pues como ella misma ha explicado, ser así es algo muy normal en las islas del Pacífico sur e incluso hay boxeadores, jugadores de rugby y más futbolistas que, como ella, participan en torneos varoniles.

A pesar de la experiencia, no ha dejado de entrenar para continuar participando en el representativo nacional de su país. Desafortunadamente, a pesar de haber logrado dos victorias durante 2015, no pudo continuar en el proceso de clasificación rumbo al Mundial de Rusia 2018 porque el equipo fue eliminado. Ella planea mantenerse en forma y seguir aprovechando el interés en ella para promover un deporte libre de homofobia y transfobia en el que puedan participar todas las personas.

Sin tacones

Silvia ha dejado de utilizar tacones para evitar una lesión. A sus 60 años, sabe que sería muy difícil regresar a jugar tras algún percance en el que alguna parte de su cuerpo sea lastimada. Desconoce cuánto tiempo más pueda jugar rugby,  pero el tiempo que lo haga lo va a seguir disfrutando, asegura. Ha pensado en convertirse en entrenadora o en seguir vinculada al rugby, un deporte cuya rudeza no se compara con la que ha vivido para poder ser quien realmente es.


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