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Adicciones: el peso del género


Una mujer despierta en medio de una construcción oscura. Lentamente descubre que su ropa está desacomodada y cae en cuenta de que han abusado sexualmente de ella. Entra una voz masculina que advierte: “El uso de inhalantes nunca tiene un buen final; no empieces este camino”. Se trata de la más reciente campaña de la Comisión Nacional contra las Adicciones (Conadic), la cual tuvo que ser retirada a los pocos días de haberse lanzado, luego de recibir airadas protestas en el ciberespacio.

Una petición electrónica que firmaron más de 2 mil 100 personas, y que derivó en la cancelación de la campaña, explicaba que “las violaciones no las cometen los inhalantes, tampoco el alcohol, ni las faldas cortas; las violaciones las cometen quienes violan”. Lo que se buscaba era aclarar que el consumo de sustancias no es responsable del ambiente de violencia de género que se vive en el país. Las mujeres no son responsables de las agresiones que reciben, por el sólo hecho de consumir drogas; la problemática es mucho más compleja que eso.

Mujeres en el banquillo

El uso de drogas es un tabú para las mujeres. La sociedad espera de ellas sólo “buen comportamiento” y las juzga con dureza cuando no cumplen con esa expectativa de género imperante. “Como nos hacen socialmente depositarias de los valores morales y sociales, la adicción es considerada una conducta más desviada en las mujeres”, explica la doctora Martha Romero Mendoza, investigadora del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz” (INPRF), en entrevista con Letraese. Para los hombres, en cambio, es una muestra de masculinidad, y a las mujeres, por tener la misma conducta, se le juzga más duramente, comenta.

Esto se ha documentado en varias investigaciones, entre ellas las contenidas en el libro Mujeres y Adicciones, editado en 2011 por el Centro Nacional para la Prevención y el Control de las Adicciones de la Secretaría de Salud. “Las mujeres que abusan de sustancias son vistas y retratadas como fuera de control”, escribe la misma doctora Romero en la introducción. “Es ya un clásico el libro de Burín y colegas (1990) sobre la ‘tranquilidad recetada’, refiriéndose al uso de drogas médicas como estabilizador del estado de ánimo de las mujeres (necesidad de control) o el consumo de las mujeres como muestra de disidencia a los roles tradicionales (fuera de control) y, por lo tanto, una conducta muy estigmatizada socialmente”.

El peso del rol de género se siente también en algunos de los centros de atención para mujeres adictas del tipo Drogadictos Anónimos, ya que varios de ellos tienen una inspiración religiosa cristiana. En un estudio realizado en la ciudad de Tijuana por la historiadora Gloria Galaviz Granados se dice que en la mayoría de los centros de rehabilitación (muchos de ellos con opción de internamiento), el ideal de mujer va de la mano del modelo de mujer virtuosa descrito en la Biblia. “El propósito de los centros de rehabilitación estudiados es, pues, convertir al sujeto femenino desviado y orientarlo hacia el ideal social de mujer”, afirma la autora.

 

Mientras el 50% de las mujeres iniciaron el consumo de opiáceos influidas por su pareja toxicómana, sólo el 13% de los varones refirieron ese mismo motivo,
según un estudio realizado en el Servicio de Salud Mental del Hospital Provincial de Toledo, España.


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Decir “las mujeres adictas” es una generalización poco útil. Las mujeres con problemas de adicción pueden, por ejemplo, tenerlos no sólo con las drogas ilegales, sino también con los psicofármacos (tranquilizantes, sedantes), y con cosas no químicas como el juego. Además, es importante considerar la diferencia de edades, de situaciones socioeconómicas y de identidades sexuales para observar a cada grupo con sus necesidades específicas de prevención, atención y tratamiento.

Sin embargo, a pesar de la diversidad de poblaciones femeninas que sufren adicciones a químicos (legales o ilegales), las motivaciones para empezar el consumo coinciden en ciertos puntos. Martha Romero, quien es psicóloga de formación, realizó un estudio en 60 mujeres que acudían a diferentes centros de tratamiento de adicciones, y conoció algunos de los motivos que ellas aludían para consumir. “La violencia está omnipresente”, señala, y explica que ésta puede ser de todo tipo: violencia de la madre hacia la hija o violencia sexual proveniente de familiares (abuelo, padrastro, hermanos o el propio padre).

Por otro lado, aparece la depresión, muchas veces “por no llenar los estereotipos del cuerpo: porque estoy gorda, porque soy morena, las adolescentes sobre todo sufren mucho por todas estas campañas de publicidad que quieren que todas tengan un tipo de cuerpo que la mayoría de las mexicanas no podemos ni remotamente tener”.

Las expectativas de género, otra vez, aparecen en el panorama. “A las mujeres se nos educa pensando que debemos agradar a los demás para que nos quieran, entonces una buena parte del consumo también inicia por querer complacer al grupo de pares que pueden ser los amigos pero también a las parejas que les dicen ‘tómate una, acompáñame’”. En opinión de Romero Mendoza, “viéndolo desde fuera parecería incomprensible por qué una mujer está haciendo eso, a lo mejor ni le gusta a lo que sabe la droga, pero básicamente lo que está buscando es el afecto”.

Por otro lado, la investigación también arrojó que un pequeño grupo de mujeres dijo hacerlo por placer, una veta poco explorada. “¿Por qué negar que el uso de drogas tiene una parte placentera?”, se pregunta la también antropóloga médica. Algunas mujeres consideran, por ejemplo, que fumar mariguana las relaja después de una jornada laboral, o las que consumen tranquilizantes, “les da placer, les induce el sueño, las baja de peso, entonces hay un lado menos explorado porque el placer es algo negado para las mujeres”.

Ellas pagan un precio es más alto

“Aun cuando en un principio la adicción no tiene género, el género influye en la adicción”, sostienen la española Pilar Blanco y sus colegas en su artículo Diferencias de género en la adicción e implicaciones terapéuticas (Salud y Drogas, 2005). Según su experiencia en el país ibérico, el adicto (varón) es un consumidor más social sin importar la sustancia que usa, mientras que la mujer suele ser más solitaria y consume mayormente de forma privada y tormentosa (lo cual no quiere decir que no les pase igual a algunos hombres).

Entre las principales diferencias del que también ha sido llamado consumo problemático de drogas, los especialistas en psicoterapia observaron que en las mujeres son más frecuentes las relaciones de dependencia (emocional y de otros tipos). Esto muchas veces determina que tengan una menor autonomía y que su autoestima esté en un nivel tan bajo que piensen que se van a equivocar si toman decisiones, tales como buscar ayuda para salir de la adicción. La dependencia relacional es uno de los factores más importantes para que ellas recaigan.

Aunado a esto, los autores señalan que más de la mitad  de las mujeres adictas (65 por ciento) cumplen los criterios para un diagnóstico psiquiátrico además de la adicción a sustancias. Los trastornos más comunes en ellas son los depresivos, los de ansiedad y los adaptativos.

 

Las tasas de violencia de género física y sexual son mayores entre las mujeres con un trastorno por uso de sustancias, oscilando entre 40 y 70% entre las mujeres
en tratamiento por adicción. Fuente: Artículo “Intervención grupal para reducir la violencia de género entre consumidoras de drogas” (España, 2015).

 

En general, las mujeres adictas comparten ciertas problemáticas, como lo ha documentado la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés). Entre esas adversidades se encuentran: vergüenza, estigma, abuso sexual, violencia física, pérdida de sus hijos (que les son retirados por considerar que no son aptas para hacerse cargo de ellos), falta de servicios o servicios poco amigables, y falta de autonomía económica. Pero, sobre todo, hace falta reconocer que hay una asociación entre la adicción y todas las formas de violencia en la vida de las mujeres.

Las usuarias de sustancias psicoactivas en general se topan con mayor número de barreras que los hombres para buscar el tratamiento, según se han documentado en los estudios sobre el tema. Enfrentan más barreras familiares y personales (hay negación o sienten culpa), barreras económicas y tienen más dificultades para asistir a un tratamiento regular debido a sus obligaciones familiares, donde se espera que cuiden a su pareja e hijos.

Entre las barreras estructurales que deben superar, destaca una gran deficiencia en la capacitación de los profesionales de la salud. Es decir, los médicos de primer contacto no acostumbran preguntar a una mujer si consume algún tipo de droga, hecho que impide la detección temprana y la canalización a instancias donde pudieran tratar una adicción.

Los científicos opinan que, en especial, los vínculos afectivos determinan en gran medida que las mujeres no busquen ayuda, ya que tienen miedo a no ser aceptadas por la pareja y amigos si dejan de consumir, y también tienen temor (fundado) de perder a los hijos. Todo esto tiene que ver con el mandato de género de las mujeres de “vivir para los otros” con el fin de lograr pertenencia.

Tratamientos con enfoque de género

Para Martha Romero, quien realiza sus trabajos de investigación desde la perspectiva feminista, la solución de fondo para el problema de las adicciones en las mujeres está en una nueva educación con perspectiva de género. “Si yo quiero tener mujeres libres y autónomas, libres de drogas, las tengo que educar de otra manera, no las puedo educar complaciendo a los demás, no puedo hacer que piensen que su razón de ser es ser madre y vivir para los otros”, subraya.

En su experiencia, ese es el origen de la depresión. “Las mujeres nunca somos suficientemente buenas ni suficientemente flacas ni suficientemente buenas hijas ni suficientemente buenas esposas ni nada. Entonces pareciera que el problema de la autoestima siempre está ahí, soterrado”. En el caso de las mujeres de mayor edad, comenta, se deben buscar alternativas para ellas, que vivieron con los mandatos sociales que les tocó, “pero que no saben qué hacer cuando son mayores y están solas”.

Del mismo modo, si no se previene la violencia contra las mujeres, ellas seguirán desarrollando adicciones. Aquí se genera un círculo vicioso: “la violencia puede ser el disparador para que yo consuma, pero ya consumiendo voy a estar más proclive a recibir otro tipo de violencia, pues es fácil que me abusen sexualmente, que para conseguir droga dé mi cuerpo a cambio. Pero si tenemos la violencia que tenemos, cualquier prevención que hagamos es inútil”.

Es así que, para la investigadora, una política aislada que plantee prevenir las adicciones, no sirve. “Hace falta voluntad política pero también, como mujeres, pensar en que no todo nos lo va a dar el papá Estado”.

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