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Machismos de baja intensidad


“¿Cómo vas a andar tan tarde en la calle y sola?”, le preguntó Armando a Clara cuando empezó en su nuevo trabajo. Su turno terminaba a las 11:00 de la noche y no le pareció mala idea que Armando fuera a recogerla cada día y la acompañara hasta su casa. Por el contrario, le parecía considerado y agradecía que quisiera protegerla, hasta que hubo un día en que él no pudo ir y ella se dio cuenta de que tenía miedo de caminar por la calle.

La dependencia se había generado: Armando fungía como proveedor (de protección) y Clara pensaba que la calle era un espacio hostil en el que ella no podía valerse por sí misma. Era una relación que en el fondo reproducía los roles tradicionales de género, pero que para cualquiera hubiera parecido una expresión de amor, preocupación y cuidados.

A finales de la década de los años noventa, el psiquiatra argentino Luis Bonino, quien ha estudiado las masculinidades desde hace varias décadas, acuñó el concepto de “micromachismos”. Para conformar la palabra utilizó como base “machismo”, pues su intención era señalar ciertos tipos de violencia ejercida por los hombres sobre las mujeres, desde la posición de poder y privilegio que ostentan ellos dentro del sistema social. A esto añadió el prefijo “micro” para referirse a “comportamientos de control y dominio de ‘baja intensidad’ naturalizados, legitimados e invisibilizados”. Es decir, lo micro no se refiere a que sean, literalmente, pequeños o que valgan menos que los machismos “grandes” (como golpes o violaciones sexuales), sino a que se dan en el nivel micro y no en el macro.

Porque te amo, te cuido

Culturalmente, las relaciones de pareja cuentan con un valor que se considera expresión del amor: el cuidado. Así, se espera que una persona proteja a la otra de las amenazas que la rodean. Sin embargo, las diferencias de género están presentes en este comportamiento. Los estereotipos que rigen en la sociedad consideran que el espacio público pertenece al hombre y el espacio privado, a la mujer. Por tanto, el cuidado en la calle le corresponde a ellos, mientras que el cuidado en el hogar se atribuye a ellas.

Para Bonino, quien desde los noventa reside en España donde coordina el Centro de Estudios de la Condición Masculina, los micromachismos pasan culturalmente inadvertidos y “se ejercen generalmente con total impunidad, produciendo efectos dañinos que no son evidentes al comienzo de una relación y que se van haciendo visibles a largo plazo, produciendo diversos grados de malestar y daño”.

El objetivo de estos comportamientos, sea consciente o no, es mantener la desigualdad de poder en la relación entre hombres y mujeres, en general, pero el autor se preocupa en particular por su presencia en las relaciones de pareja. Todo micromachismo se ejerce con el fin de mantener las ventajas del varón, sostiene en su artículo “Los Micromachismos” (Revista La Cibeles, 2004), y explica que tales actitudes “inducen a la mujer a comportarse de un modo que perpetúa sus roles tradicionales de género”.

De esta forma, el hombre busca “conservar la posición superior y de dominio, intentando tener mayores ventajas, comodidades y derechos (a la libertad, a tener razón, al uso del tiempo y el espacio, a ser cuidado y a desimplicarse de lo doméstico, entre otros)”.

Manipulación, el arma secreta

Se piensa que la manipulación emocional es un “arma” totalmente femenina. Las lágrimas y el chantaje se atribuyen a ellas como si fueran cohetes teledirigidos incapaces de errar su blanco para conseguir lo que se persigue. Sin embargo, Luis Bonino observa que los varones hacen perfecto uso de esa táctica, a través de culpar a la mujer por cualquier problema en la pareja, hacerla sentir culpable por sentirse bien estando con otras personas o en lugares donde él no está (“seguramente ni me extrañaste”) o responsabilizarla de lo que a él le pasa (“si no fueras tan dramática no viviríamos peleando”).

Además, para reforzar la posición de inferioridad, algunos de ellos se valen de la desautorización. “Tú ni sabes, ¿por qué estás hablando?”, le dijo Juan a su esposa Virginia, en plena reunión familiar, cuando platicaban sobre computadoras. La risa burlona de él matizó la severidad de las frases. “Sentí mucha vergüenza de que me callara enfrente de todos”, recuerda ella, “pero cuando le reclamé dijo que era una exagerada y me repitió que no sabía de lo que estaba hablando, que nada más quería estar de ‘lucida’”.

Otra actitud de este tipo se encuentra en el paternalismo. “Ya no podía salir sin él a ninguna parte”, recuerda Clara sobre su noviazgo con Armando. “Él sabía las rutas de transporte hacia cualquier lugar a donde íbamos y yo siempre tenía que esperarlo en mi casa para que pasara por mí”, comenta, y agrega que él se molestaba cada vez que ella sugería verse en algún lugar intermedio para ahorrar tiempo. De acuerdo con Bonino, el paternalismo suele enmascarar la posesividad y cierto autoritarismo del hombre, “haciendo por y no con la mujer e intentando aniñarla”.

 

Si se miran los actos micromachistas de forma aislada, pueden parecer intrascendentes, pero el daño aparece a largo plazo y radica en su reiteración y frecuencia.

 

“Yo no soy como todos”

En su artículo “Micromachismos: la violencia invisible en la pareja” (1998), Luis Bonino anticipa que tanto hombres como mujeres pueden sentir un rechazo inicial a lo que él plantea. Para ellas será, tal vez, más fácil reconocer a los micromachismos como actitudes que las han violentado alguna vez en su vida, pero si las están experimentando de cerca posiblemente prefieran negarlas y seguir sintiéndose responsables de los conflictos en su pareja, “ya que al menos eso mantiene la creencia de tener algún poder sobre la relación”. Los hombres, por su parte, podrían ser más renuentes a reconocer que ejecutan estos comportamientos, o quizás afirmen que “no todos los hombres son iguales” y que “ellos no hacen eso” con sus parejas mujeres.

Para eso, Bonino también tiene un nombre: micromachismo a través de la autoindulgencia y la justificación. Éste se presenta cuando un varón se encuentra ante una crisis (en la mayoría de los casos, su pareja amenaza con abandonarlo) y su argumento de defensa se basa en que hay otros hombres “peores que él” y considera que la mujer no debería quejarse ni ser tan susceptible a sus errores.

Este tipo de micromachismo se observa también en hombres que se piensan progresistas pero que al final de cuentas sólo hacen el papel de “ayudantes” de las mujeres en las tareas del hogar, en lugar de asumir una carga de responsabilidad igual a la de ellas, o eligiendo las tareas menos pesadas y que llevan menos tiempo. Incluso en algunas ocasiones suelen justificarse con su rol de proveedor, aquel que sale a la calle a ganar el sustento y que “ya hace bastante” como para que le exijan trabajo en la casa.

Pronóstico: violencia

Si se miran estos actos de forma aislada, considera el autor, pueden parecer intrascendentes, pero el daño aparece a largo plazo y radica en su reiteración y frecuencia. Además, son caldo de cultivo para otras violencias (aquí sí, la física, por ejemplo). “Por esto, alertar sobre su existencia y frecuencia supone también criticar las creencias de que las violencias de género son solamente sus formas más dramáticas y que sólo la ejercen algunos varones”.

 

Con los micromachismos el hombre pretende “conservar la posición superior y de dominio, intentando tener mayores ventajas, comodidades y derechos (a la libertad,
a tener razón, al uso del tiempo y el espacio, a ser cuidado y a desimplicarse de lo doméstico)”, sostiene el psicólogo Luis Bonino.

 

Rodrigo, el novio de Beatriz, se enfurecía cada que ella salía con sus amigos sin él. “Me llamaba al celular a cada rato, me preguntaba qué estaba haciendo y si ya iba a terminar”, comenta ella. “Cuando lo veía después de eso, me reclamaba por qué no quería llevarlo esas reuniones. Las discusiones cada vez fueron más grandes hasta que un día me jaloneó tan fuerte que sus dedos me dejaron moretones en el brazo”. Aunque se asustó, Beatriz no se alejó de Rodrigo en ese momento, sino que lo justificó pensando que era su culpa por haberlo hecho enojar, por no demostrarle lo suficiente cuánto lo quería. Le tomó más de un año poder terminar con esa relación donde la violencia se fue haciendo más y más física.

Y es que antes de los golpes existen formas intimidatorias de micromachismo, pues al hombre le conviene que la mujer piense que “algo” puede ocurrir en cualquier momento. Para dar esas señales, utiliza miradas, modifica su tono de voz o cambia su postura hacia una más agresiva.

Otra forma muy común de violencia es el control del dinero, el cual parte de la creencia de que el éste es patrimonio masculino, según obsrerva Bonino. Partiendo de esta prerrogativa que socialmente se le otorga, el hombre entrega o niega los recursos según lo considera conveniente. Aquí se enmarca también la típica creencia de que una mujer “no trabaja” cuando se dedica al cuidado del hogar. Los divorcios son un claro ejemplo de cómo la crianza y el cuidado de una casa no son considerados como trabajo.

Los micromachismos, entonces, son muchos y muy variados, pero todos crean un ambiente propicio para la inequidad en las relaciones de pareja. Y sobre la forma de eliminarlos, subraya Bonino: “de estas violencias los varones son responsables, las mujeres no son responsables y por tanto sólo a ellos les corresponde intentar modificarlas”.

 

Curar las emociones

En abril de 2016 se inauguró el Hospital de las Emociones, un modelo de atención psicológica para jóvenes de 12 a 29 años de edad. En este espacio, explicó en entrevista María Fernanda Olvera, directora del Instituto de la Juventud de la Ciudad de México, se atienden casos de violencia en la pareja (noviazgo, matrimonio o concubinato), entre muchos otros tipos de violencia que experimentan las y los jóvenes capitalinos.

“Cuando se habla de violencia en la pareja tiene que ver con relaciones destructivas, con abuso psicológico o acoso psicológico de ambas o de una sola de las partes y se habla también de violencia física”, refirió la funcionaria. Según los registros, de los 6 mil 899 casos atendidos entre abril y diciembre del año pasado, 600 correspondieron a violencia en la pareja. “Esto llama mucho la atención porque aquí se incluyen desde rupturas amorosas hasta discusiones constantes”.

Olvera Cabrera considera que al hablar de violencia en el noviazgo es necesario mirar al entorno, pues en muchos casos se trata de patrones de maltrato que se aprenden en el hogar.

“Cuando los jóvenes asumen que hay una relación que está mal es cuando acuden, y ha sucedido que acude uno de los miembros de la pareja y después acude la propia pareja”.

En el modelo clínico-psicológico del hospital, cada caso es particular, todos los tratamientos tienen al menos un mes de duración y se proporcionan según la edad de quien consulta. Este servicio es gratuito para todos los jóvenes de la Ciudad de México y se ubica en Av. Eduardo Molina 81, Col. Ampliación 20 de noviembre.

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