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Odio trans

Se andan muriendo las reinas. Acaso así se estila en mi comarca electro de catolicismo retro. En boga ahí donde aún pesa la epidemia. Estigma en ráfagas.

Danza y se contonea en el centro oscuro de la madrugada química. Una a otra se retribuye con hombres, pastas, pelucas, canciones en la pista de seda. Brillitos salinos se besan en la boca. Las niñas truculentas, deshidratadas, sin embargo aún vivas, es cierto, lo digo por el sudor, aroma acético trasmina el tronco húmedo.

Nube de zánganos acecha, algo codicia. Una mano saluda en la lejanía quebrada de la escalinata. Cubo maldito. El bato se soba la bragueta, se la persigna con tal demagogia. Alevosía del mayate. Transfobia ventajosa.

La monarca se viene a girar en diamantinas. El rouge fosfo dice pronta: una pieza más que estoy exhausta. Con labios latigazos responde al meco nomás deja paso un ratito al Water. Indica las letrinas. Se lo quita de encima entre lagos de mierda. La perra se hinca, traga los mijitos de un zombi militar. Esta party, que conste, admite mayores de quince.

Zona beat. El mestizo tensa el cuerno genital. Nadie imagina la deriva de este gesto. Palpitaciones de virus mortal. Estalla la noche machista. Cuanto más represiva, más sadista.

Comunica una mano angelitos por celular. Mirada puesta en el tipo sardo, uno con botas de casquillo en trámite de orgasmo.

Entre cartones de cerveza asciende la lengua, man, dame verga con tubo, man. Luego podemos hablar del amor y otras mentiras. La sombra ululante de las quimeras vuelve más perturbadora la escena. El mar de caguamas oferta paraísos. Duelen las bolas. Manoseo interruptus. Soy el matacuaz, chica. Otra vocecilla: yes papi.

Tatuaje como laberinto. No sólo circunda el ano la dictadura sexual de los chacales, tenemos ahí el móvil. Más monedas para la pestaña postiza, otro paseo en rol de loca inerme. Misa branquial perfecta. Soy chavo genérico, estándar, seroconverso. Cadavérico.

Ya no registro el caos porque la peste de tanto culo me satura. Me agrada dar poder al verdugo. El tiempo de la ingle afeitada es feliz como la yerba seca. En un nicho copulan dos hombres. Uno como dios o demonio rodea la nuca y atenaza al otro.

El otro no sabe cómo se llama el macho en activo. Boca sensata no habla ni deja deudas. Verga ruega cuando sobran palabras. Más lesos pujidos. La tierra exige al papacito. No te vengas todavía.

Ruge bocinazo. Ay, qué poca madre. El güey acaba prematuro y humilla a la vestida. Nomás porque está convencido del binarismo cartesiano de las rutas copulativas. Todas sus cartas están marcadas con las estrategias del zíper. La manera cómo clausura el obelisco, su reposar tanto odio chatarra.

No te vayas, págame, culera, dispara las tecates. La voz del esperma apurado. Puto que la debe la paga. Tan lejos de su pueblo natal en el itsmo oaxaqueño. Que te moches te digo o no sabes que la ley es hombre.

La chica trans es obligada a puñetazos. Suelta un billete, pucha. La negra debe dinero al fresco sapo. Machito con pelo de cadete. La penumbra legitima los afanes de la bota. Iracunda lección del pajero. El nalgoncito destaca manotazos, lujo de asfixias. Ni tardo somete al flamingo por el cuello. El criminal no ve pestañeo, considera consumada la justicia.

La garantía de amanecer tieso. Ya no me trata con malos modos ni violentas maneras. Pendeja de ti si le crees. Pensabas que te quiere. Ni yo mismo me lo explico. Flota en el cubil la firma asesina. Con todo y sus moretones, ella le cree.

La razón de esta actitud arroja luz a la ley de quien siempre pierde luz. Queda uno sin palabras al leer en la prensa el nuevo crimen en la persona del chavo que amaba a otro chavo.

Voltea la nota hacia un crimen pasional con tintes de “sexo gay”. Ahora puñetas, haz escarnio por Facebook, escribe un comentario al pie del horror: así pasa siempre con los maricas.

Aquel azul metálico en las uñas de acrílico en nada impacta el informe del investigador. Se honra en silencio la complicidad social, cobarde. Quedará impune el asesino de transexuales.

Al llegar a la oficina el inquiridor cierra las fauces del caso. Sale al bulevar y canta salmodias a la naturaleza justiciera del torturado, eleva rezos por su familia heteronormal, pinche joto closetero.

La efigie de un pontífice trapecista enciende el fondo del galpón como fantoche. Proyecta en los muros monstruos de patitas peludas. Se crispa el airecillo hediondo con vómito. Esponjas en los senos de pelo alambre. Mano aprieta falo diminuto. Calvicie se hincha y suda. Eres puto, cerda. Según el género musical es la cantidad de puñaladas.

El sexo trans, mercancía desechable, abona la mancha cianótica en la boquita desencajada de la soledad. Y luego una foto, la befa del populacho, las letras capitanas en el vespertino escalofriado: “Matan a otro mujercito”.

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