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La moral de la buena forma


El famoso striptease de Sofía Loren en el filme Ayer, hoy y mañana (1963) fue la escena que motivó a la antropóloga argentina Paula Sibilia a reflexionar sobre el fenómeno contemporáneo del culto al cuerpo. Proyectada varias décadas después, la escena produjo una curiosa desaprobación entre el público espectador, no por su erotismo, pues el desnudo no es total, sino por una razón más banal: el vientre abultado de la gran diva italiana.

Pero las razones no solo eran estéticas, tal desaprobación también era de índole moral. La ausencia de un vientre plano en la figura de una estrella de cine, detalle desapercibido décadas atrás, era juzgada ahora como un signo inequívoco de indolencia y dejadez. Esa observación llevó a Paula Sibilia a la siguiente interrogante: ¿en qué momento los cuerpos liberados por los movimientos libertarios de los años sesenta y setenta se sujetaron al nuevo corset de la moral de la buena forma? Aprovechando su visita a México para participar en el coloquio Globalización, industrias culturales y subjetividades,  organizado por la UNAM y la UAM, platicamos al respecto con la autora de La Intimidad como espectáculo (FCE, 2008).

El cuerpo al que se le rinde culto contemporáneo no es un cuerpo con la libertad que se suponía le dieron los movimientos de liberación sexual, se trata de un cuerpo muy codificado, sujeto a requisitos del orden del aspecto y de la forma, nos dice la especialista en estudios culturales, y para explicar este nuevo fenómeno la autora acuña la expresión moral de la buena forma, que define como los nuevos modos de aprisionar al cuerpo, alejados ya de la vieja y represora moral burguesa. Se trata de otro tipo de moralidad basada en criterios estéticos muy estrictos centrados en el aspecto juvenil y en la delgadez de los cuerpos, ganados gracias a un esfuerzo y sacrificio extenuantes de ejercicio físico, dietas rigurosas y otras medidas disciplinarias que conducen a moralizar la corporeidad.

Según la especialista, cuando la mirada contemporánea juzga los cuerpos considerados inadecuados por su formato, no estamos sólo ante un juicio estético, sino también ante uno de índole moral que censura al cuerpo porque muestra flacideces, protuberancias, arrugas y otras “imperfecciones”, signos todos ellos de un cuerpo descuidado, acusando a quien lo porta de negligente, porque eso da cuenta de una falta de dinamismo, de compromiso y de vitalidad que se consideran valores indispensables. De acuerdo con esta nueva moralidad, el cuerpo que no se ha trabajo debidamente, no debería de ser mostrado, a riesgo de ser juzgado como indecente y obsceno.

Paradojas del cuerpo liberado

En sus reflexiones, la autora identifica una paradoja en este culto contemporáneo al cuerpo. A pesar de que vivimos la erotización pronunciada de nuestra cultura, en donde la desnudez está cada vez más presente en el espacio público, lo mismo que la incitación a gozar y a realizarse sexualmente, el cuerpo no ha logrado liberarse del todo. Es bastante paradójico, nos dice, porque es un culto al cuerpo que al mismo tiempo se resiente de la corporeidad, se resiente del espesor carnal, y cuando el cuerpo muestra su carnalidad y su condición orgánica, es censurado, porque envejece, porque tiene espesor; es condenado porque supura, porque es viscoso. En ese sentido, el culto es más a una imagen fabricada, de cuerpos purificados, y para eso no solamente se usan las técnicas analógicas de la gimnasia, del ejercicio físico, de las dietas, de los cosméticos y de las cirugías plásticas, sino también del Photoshop.

En la purificación de la imagen corporal se utilizan filtros con el objetivo de plastificarla, se le realza y alisa digitalmente, y de esta manera, se crea un ideal inalcanzable, difícil de conseguir por más que se trabaje y se invierta un capital corporal.

 

Cuando la mirada contemporánea juzga los cuerpos considerados inadecuados por su formato, no estamos solo ante un juicio estético, sino también ante uno de índole moral que censura a los cuerpos que muestran flacideces, protuberancias, arrugas y otras “imperfecciones”.


Este ideal es un modelo muy eficaz en el proceso de creación de la imagen personal que se desea. En este proceso, la insatisfacción personal es una premisa necesaria porque nadie está cerca de ese ideal, todos nos definimos, enfatiza Sibilia, por la distancia que tenemos con ese ideal, entonces estamos todo el tiempo administrando el capital corporal escaso que tenemos y que presenta su máxima expresión cuando uno es joven, y se va perdiendo necesariamente después. La insatisfacción personal con el propio cuerpo es, por definición, lo que hace que la máquina funcione.

Pero no solo es una máquina de mercado, añade nuestra entrevistada, es también una lógica de mercado porque se evalúa en función del costo-beneficio y en términos de inversiones, el tiempo que le dedico a esto y no a otra cosa. Es así como uno mismo se administra de acuerdo con la lógica del mercado que parte de una insatisfacción personal: no estoy a la altura de ese ideal y debería estarlo. Esta insatisfacción se fue generando de modo paradójico junto con la liberación corporal. Y esto no estaba previsto en los reclamos de los movimientos libertarios de los años sesenta y setenta, cuando la idea era liberar al cuerpo de las ataduras de la moral burguesa.

De esta manera, concluye Sibilia, este cuerpo “normatizado” por la moral de la buena forma tiene que ver con la sociedad del espectáculo, con el mercado, con la capitalización del deseo de un ideal inalcanzable.

El afán de mostrarse

En otra parte de la entrevista, la también comunicóloga se refiere a los valores burgueses que protegían la intimidad como el pudor, el decoro y la discreción. Ahora todo eso suena muy anticuado frente al deseo, a la compulsión de mostrarse y de observar al otro, nos comenta.

El ritual cotidiano de mostrar la propia vida, de hacer una estilización de la vida personal, construirse como un personaje visible y estar en una vidriera lo estamos presenciando ahora en las redes sociales, en los blogs, en los reality shows, y hasta en el arte también, hay millones de ejemplos de exposición de la intimidad que ponen en cuestión la separación entre el espacio privado y el público, porque la intimidad se filtra, atraviesa las paredes.

No solamente mi intimidad se muestra fuera de mi casa a través de las redes que me proyectan, sino que yo en mi casa o en cualquier otro lado tengo acceso a la intimidad de los otros, afirma y por esa razón, explica, usa la palabra extimidad para nombrar esta exposición pública de lo íntimo.

Hay ciertas prácticas, atributos, sentimientos, costumbres que antes se consideraban estrictamente privadas porque eran íntimas y que ya no lo son más. Las prácticas son más o menos las mismas, pero la enorme diferencia es que ahora necesito que el otro las vea para que realmente existan, o sea que no me basta con que ocurran en la privacidad, ahora eso tiene que estar visible, pues importa para definir quién soy yo, forma parte de los ingredientes con los cuales me estilizo como un personaje y por lo tanto tiene que estar expuesto. Dado que el otro me va a juzgar a partir de eso que ve y que yo muestro, hay que espectacularizar lo que soy, y para ello usamos códigos mediáticos, todo eso que aprendimos en contacto con la publicidad, con el cine, con la televisión, usamos esas tácticas para vendernos.

Hay mucho de marketing en este fenómeno e incluso hay mucho del arte porque uno hace curaduría, uno hace una especie de edición de sí mismo. Son datos, informaciones que yo voy administrando para que el otro tenga elementos para juzgarme de la manera en que a mí me gustaría ser juzgada, concluye la investigadora.

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