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Devociones de género

Existe una historia acerca de tío Chuyito, bautizado como María del Carmen. Llegó un 16 de julio, día consagrado a esa imagen santísima. Nació varón, gritó emocionada la comadrona. La parturienta se murió de la impresión. La madre de once varones quería un milagro, dar a luz a una niña. En desquite por no haber sido favorecidos por la Providencia el papá le impuso al niño nombre de dama.

Así quedó registrado tío Chuyito en los documentos oficiales para estupor de la parentela. Ese fue el origen de todo lo que vino después.

Llegada la hora en que la naturaleza reclama lo suyo, ni siquiera la voz le embarneció en la dirección correcta, acorde con los demás atributos viriles. Durante la adolescencia, el chico de amplias espaldas y rasgos finos con voz de cristal tuvo un sueño metafísico. Nubes y rayos elevaban al mozo a través de la bóveda estelar con alas y colores al pastel. Una presencia angelical lo llamó para abrazar la verdadera vocación. Chuyito obedeció. Su desarrollo intelectual y emocional, por otra parte, fue completamente normal; tirando a destacado.

Llegó al ejido un cura despistado, venía bufando por el camino real a distribuir algunos sacramentos. Citó a los pecadores reincidentes. Sólo Chuyito, disfrazado de monja consagrada, dio un paso adelante.

¿Cómo te llamas, preciosa criaturita? Preguntó el sacerdote. María del Carmen. Respondió Chuyito, aflautando la voz de soprano. Nadie lo delató.

Los padrinos de bautizo de María del Carmen fueron los Cabrales de la Peña y Montes, pareja de mancebos medios hermanos cuyas haciendas venidas a menos seguían conservando la pátina de decencia y respetabilidad rural. Estos cristianos de prosapia y abolengo ayudaron a mantener incólume la doble identidad del heredero más célebre de la casa vieja.

Tío Chuyito jamás se volvió a quitar los hábitos de sierva consagrada a la Virgen del Carmen, ni cuando saltaba a los toritos en la plaza principal. Alma de fuste en la kermés, se liaba a los golpes con gañanes. Hasta carabina cargaba entre los ropones de novicia. Los domingos enseñaba catecismo a los indios del mercado. Daba su dote a los menesterosos con anuencia del rígido patriarca.

Hay rumores. Unos aseguran que su orientación sexual estaba inclinada exclusivamente hacia los cuerpos celestes que habitan en las páginas gastadas de su devocionario. Otros afirman conocer a varias señoritas que compartieron con el tío-monja algo más que novenarios.

Su repudio hacia los hombres es legendario. Si su piel era tocada por un apuesto forastero tío Chuyito, en la advocación de María del Carmen, corría a lavarse con lejía y piedra pómez. Era tan grande su asco inmaculado hacia las tentaciones del diablo.

Codiciaba a las mujeres hermosas aunque ajenas. Nunca dio problemas de gratis, antes al contrario. Se ganó la admiración de los rancheros con su flema piadosa aprendida de los Cabarales de la Peña y Montes.

Durante toda su existencia el venerable beato dio la pelea moral en defensa del Rey Celeste. Aunque mal comido María del Carmen no quiso ser carga para nadie. Solito se curaba, solito convalecía de enfermedades insidiosas. Los pelados del pueblo sacaban la pistola para responder a la afrenta de quien se mofaba del desarreglo evidente en el género de una monja que orinaba de pie. Todos saben lo que conllevan esos chismes de la campiña mexicana. Nadie podía escatimarle valentía, honestidad y origen de buena cuna.

Fue célibe rabioso. Jamás aceptó compartir su vida con una pareja en los 99 años que vivió para hacer el bien. Si se hizo sor fue para amar al Altísimo con la máxima fidelidad posible en un hombre de la sierra. Curaba a los animales de granja con agua bendita y cuidaba con esmero a los ancianos achacosos a punta de rosarios, sus armas infalibles.

Detestó la vida mundana. Hacía excepciones en las fiestas patronales, cuando en la feria amenizaban bandas de viento y tambora. Sólo bailaba con guapas y solteras, nunca se comprometió formalmente con ninguna ni mucho menos las olvidó en su retiro. Caían rendidas a sus pies de macho delicado.

Fue alabado por prelados y magistrados. Curiosos y sufrientes subían la cuesta con el sol a plomo para verlo de lejos. Muy mayor Chuyito lució cofia y enaguas color de rata. Su cuerpo mortificado fue casa del Señor de los Poderes. Se fue a la eternidad como un santo. Las matas de cardos cubren hoy el montículo donde yacen sus restos.

Sólo quedó un enigma entre los malpensados y criticones: ¿Era un real caballero María del Carmen o un vulgar maricón el tío Chuyito?

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