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Castigo divino a la lujuria


En el periodo medieval, la religión católica era la ventana a través de la cual se miraba el mundo. No es extraño, entonces, que la lepra fuera interpretada como un castigo producto del pecado sexual.

Dado que, aun hoy, no quedan del todo claros los mecanismos por los cuales se transmite esa enfermedad (se requiere de un portador particularmente contagioso y un receptor especialmente susceptible), las teorías que se diseminaron desde el siglo XII tendían a relacionar su aparición con el contacto sexual, en especial aquel que había sido ilegítimo.

Sobre este tema, algunos tratados médicos detallan cómo una mujer que se acostaba con un leproso podía no tener ningún síntoma, pero el siguiente hombre que yaciera con ella sí desarrollaría la enfermedad. Ya que en esa época se explicaba todo en términos de excreciones y balance de humores corporales, la explicación a tal situación era que la complexión fría de la mujer hacía que el semen del leproso permaneciera en el útero de ella, donde se convertía en vapor pútrido. Cuando el pene del hombre sano entraba en contacto con ese vapor, el calor del cuerpo masculino propiciaría que el vapor fuera absorbido por los poros abiertos en el pene.

Si la persona quería prevenir esos contagios, decían algunos textos de la época, se recomendaba “purificar” los genitales inmediatamente después del coito con una mezcla de agua fría con vinagre, o bien, con orina. Una vez instalado el padecimiento, el compendio médico Trotula recomendaba lavar las úlceras que comenzaban a aparecer en los genitales con agua tibia y espolvorear un poco de resina de pino.


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