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De hábitos morales y sexuales


“¿Cómo es la sexualidad del mexicano?”, se le preguntó alguna vez a Carlos Monsiváis en una de las innumerables entrevistas que dio. Su respuesta fue inmediata aderezada con su acostumbrada mordacidad: “Con seguridad eso sólo lo supieron el rey Acamapichtli y su consorte”. El escritor ironizaba de esta manera la imposibilidad de describir algo tan inaprensible como “la sexualidad del mexicano”. Otra cosa muy diferente son los usos y costumbres sexuales en México que son, ante todo, procesos culturales de larga duración en la historia.

Como cronista de la cultura en nuestro país, Carlos Monsiváis estaba muy interesado en registrar esos procesos, en describirlos a través de sus manifestaciones más conspicuas en el arte y la cultura popular. Y para ello recurrió lo mismo a litografías y grabados como a fotografías y dibujos, a novelas costumbristas como a historietas cómicas, al cine de la época de oro como al teatro de revista, a la poesía de alto vuelo como a las canciones rancheras y las letras de boleros, a la crónica periodística como a la nota roja.

La exposición ¡Que se abra esa puerta! Sensualidad, Sexualidad y Erotismo, montada en el Museo de El Estanquillo, es un intento de realizar la breve crónica visual de esos usos y costumbres sexuales siguiendo las reflexiones que Monsiváis prodigó al tema en ensayos, crónicas y entrevistas, así como a partir de las obras que coleccionó a lo largo de su vida y que hoy componen el acervo del museo.

Crónica de una derrota moral

En un sentido, “¡Qué se abra esa puerta!” es la crónica de la derrota moral de la jerarquía católica mexicana en su intento por normar las creencias y conductas sexuales de la población a partir de sus dogmas doctrinarios.  Una crónica que comienza con el optimismo evangelizador de crear en la Nueva España la utopía cristiana de un pueblo entregado a la oración, a la castidad y a la penitencia, ilustrado por el Catecismo del padre Ripalda, y que termina de manera estrepitosa con las numerosas denuncias de abusos sexuales perpetrados por el Padre Marcial Maciel —fundador de Los Legionarios de Cristo y siervo favorito del papa Juan Pablo II—, y del escandaloso encubrimiento de los sacerdotes abusadores por parte de obispos y cardenales.

En contrapartida, esta exposición es también la crónica visual de la manera como la población mexicana se va librando paulatinamente del peso opresor de la noción del pecado, de la forma en que expulsa de su conciencia a “esa policía perfecta” que es el sentimiento de culpa como la definió Carlos Monsiváis. En este sentido, el relajamiento de las costumbres sexuales, del que de tanto en tanto se lamentan los curas de pueblo y las ligas de la decencia (“ya no hay moral”, “se perdió el temor a dios”), es un proceso social y cultural mediante el cual los sectores populares van desgarrando el traje de la decencia clasista y excluyente de las clases dominantes. Del recato y el recogimiento de la beata del pueblo al relajo desinhibido de las fiestas de vecindad; de la falda bajada hasta el huesito al mini bikini de Meche Carreño; de los bailes bajo vigilancia rigurosa de las tías solteronas a los movimientos sensuales y lascivos de las exóticas rumberas; del casto beso robado a la novia tras las rejas de su balcón a la luz de la luna al faje despreocupado de las parejas en parques y jardines públicos a la vista de todos; del matrimonio como un sacramento de vínculo indisoluble a los matrimonios civiles entre parejas del mismo sexo; de la virginidad como símbolo impuesto de la virtud femenina a la exhibición libre y gozosa de la Encuerada de Avándaro; de las redadas policiacas de homosexuales, lesbianas y travestis a las marchas del orgullo lésbico-gay-bisexual y transexual; de las prohibiciones y censuras a los desnudos en los escenarios al encuere multitudinario en el Zócalo, frente a Catedral, para ser fotografiados por Tunick, todo apunta a un proceso de conquista de derechos, a la libertad de decidir sobre la vida sexual y amorosa, según los dictados de la propia conciencia ya liberada de la  tutela moral de la Iglesia.

Esta exposición es la crónica del divorcio de un matrimonio nunca bien avenido entre la moral católica y las costumbres sexuales de la población. Ni penitencias ni censuras ni campañas moralizantes ni clausuras de centros nocturnos ni redadas profilácticas fueron suficientes para detener este incontenible proceso de liberación sexual de las mujeres y de los hombres en México.

 

Esta muestra es la crónica del divorcio de un matrimonio nunca bien avenido entre la moral católica y las conductas sexuales. Ni penitencias ni censuras ni campañas moralizantes fueron
suficientes para detener los procesos de liberación sexual.


Ventilar las alcobas de la nación

Desde la inauguración del museo de El Estanquillo, hace diez años, Carlos Monsiváis ya tenía en mente instalar una exposición sobre ese tema. Lamentablemente no alcanzó a realizarla. Esta exposición es la materialización de ese deseo. La exposición está dividida en siete secciones bautizadas con los títulos sacados de algunos ensayos de Monsiváis: “El México Ripalda” ilustra la moral inquisitorial y profundamente patriarcal del virreinato; “El México victoriano” trata de dar cuenta de la doble moral decimonónica; con “Variedades del México freudiano” se abren las primeras puertas gracias a la influencia del psicoanálisis, a las vanguardias culturales posrevolucionarias y a la explosión de la vida nocturna; y con la “Revolución sexual de los sesenta” terminan por abrirse de par en par las puertas de la liberación. Hay secciones dedicadas al movimiento feminista que parte del enclaustramiento de Sor Juana, y al movimiento de liberación LGBT, ilustrado en la sección “Lo marginal en el centro”; la sección final, “Del padre Ripalda al padre Maciel”, está dedicada a ilustrar la bancarrota moral de la jerarquía católica y el triunfo de las libertades con el reconocimiento de los matrimonios del mismo sexo.

La muestra está ilustrada con más de trecientas obras de diverso género y material. Obras de Siqueiros, Rivera, Toledo y Soriano; dibujos de Rodríguez Lozano y Eisenstein; fotografías de Antonio Garduño, Nacho López y Álvarez Bravo, así como libros, revistas, grabados y maquetas de época.

En suma, esta muestra es una invitación a que se abran las puertas censuradas por la cerrazón moralista para ventilar las alcobas de la nación y sacudir las sábanas de la hipocresía moral para, finalmente, dejar al descubierto la desnudez de los cuerpos libres y soberanos.

Es de destacar el contexto en el que se inaugura esta exposición. Como se sabe, grupos de fundamentalistas religiosos, encabezados por la Conferencia del Episcopado Mexicano, están llamando a la población a movilizarse en los próximos días en contra de los contenidos sobre sexualidad en los libros de texto y en contra del matrimonio igualitario, oponiéndose una vez más, —como antes lo hicieron contra el matrimonio civil, contra el divorcio, contra la educación sexual, contra en el voto de las mujeres, contra las campañas de planificación familiar, contra la interrupción del embarazo— a las iniciativas de gobierno que amplían el reconocimiento de los derechos y garantizan el ejercicio de las libertades individuales. Amparados en la supuesta defensa de la familia “natural”, le apuestan a provocar el pánico moral para crear situaciones de psicosis colectivas, como las creadas en el pasado, a través de discursos de odio y de intolerancia.  En este sentido, esta exposición se ubica del lado de los procesos que apuntan en favor del respeto a las diferencias y diversidades sexuales y culturales.

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