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Alerta nacional: la ideología de género

Gracias a su desinteresada misión para elevar la calidad de la instrucción pública, la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF) y líderes del clero han detectado una amenaza latente en aquello que ellos llaman ideología de género (IG), neurotóxico que se cierne sobre la infancia mexicana en las páginas y contenidos de los libros de texto obligatorios.

Luz María Ortiz Quintos, presidenta de la UNPF, declaró el 22 de junio: “La IG se quiere implementar en el país y trae como leyes secundarias cambios en la educación y en estilo de vida en un país donde los usos y costumbres están determinados por la mayoría”.

Timoratos y pastores nos quieren poner a buen recaudo de los intentos depravados que contiene la educación laica. Localicemos e identifiquemos al horrible entuerto, analicemos sus conceptos, vamos por partes.

Ideología: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político” (Diccionario RAE).

Género: “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico”. (Diccionario RAE).

La IG, en breve y maliciosa reducción, significa que si naces hombre te puedes convertir en mujer por capricho, por coraje o por placer. La anarquía de las identidades llevará a la quiebra moral a este sufrido país.

Recuerdo que no fui el único que sufrió los embates de la vieja archienemiga IG. Recuerdo que el traumatismo me dejó marcada la existencia. Recuerdo que todo sucedió como si se tratara de un juego inocente. Recuerdo que fueron tres momentos clave que cambiaron para siempre mi bien equilibrado y prometedor proyecto de hombría.

Familia: La primera vez que fui al campo mis primos se metieron al río en puros cueros. Por pudor yo no hice lo mismo, me puse a chapotear con pantaloncillo y camiseta. Tenía seis o siete años, mi pene era un botoncito, mi pubis adolecía de vello. Qué vergüenza. En contraste, los gandules de mi familia exhibían olímpicas erecciones en las piedras de la orilla. La imagen me excitaba, me enfermaba el no poder reprimir los apetitos más imperiosos.

–¿No serás del otro laredo?– me encaró el Jilotes. Me descubrió estudiando detenidamente sus partes nobles. Tenía unos testículos de toro negro y un miembro enorme con un glande descolorido, como si padeciera vitíligo.

Jamás me volvieron a invitar al paraíso. Mi tía Doris dijo cortante: ¡Eso es imposible!, hizo un ademán con la mano, como de cachar granizo. Mi madre ya no insistió.

Escuela: El profe Pompa nos puso a jugar futbol extremo bajo un sol que vomitaba plomo. Sufrí desmayos, arcadas y fiebres, padecía desnutrición crónica. Desde entonces el profe Pompa no me bajaba de cobarde, debilucho, pareces vieja, señorita sin calzones, putilla barata y cuantas leperadas de guapo y machista pedagogo. Los cuarenta de mi salón repetían a coro: “Vamos a jugar fut, pero sin la Joaquintita, no se le vayan a desbaratar las trenzas”.

El apuesto profe se sobaba la bragueta cada vez que me pasaba al pizarrón, sólo para humillarme.

Iglesia: Un domingo iba a celebrarse la santa misa al aire libre en un baldío de la colonia, el padre pidió que dos voluntarios lo apoyaran en el papel de monaguillos. Ensayado ritual. Dos niños bastante aplicados en las enseñanzas del catecismo levantaron la mano: Filemón(a) la Calandria y Juliancito Macoya. El padre los llevó atrás del altarcito improvisado por los vecinos.

Juliancito Macoya salió disparado, huyendo como ánima que lleva el diablo. El pillo rehusó enfundarse los ornamentos y las prendas afeminadas que el imberbe sacerdote había alquilado para lucimiento de su pretenciosa ceremonia: sotana roja, túnica blanca, amito de encaje y manutergio de seda sublime como la nieve.

El hecho provocó burlas de parte de las abuelas y otros viejecitos y de todos los que esperábamos el inicio de la misa. Recuerdo que alguien, algo, me jaló de la oreja y me obligó a vestir las mariconas prendas y servir de acólito de refacción.

A partir de allí me nació la fea devoción por usar ajuares mujeriles, hablarme en plan de perra y ayuntarme con mancebos por vía sodomítica. La culpa es de la ideología de género. ¡Muera la maldita IG!

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