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La liberación pervertida


Filósofo francés, compañero de ruta de Gilles Deleuze, Félix Guattari, Michel Foucault y Guy Hocquenghem, René Schérer es impulsor de una crítica radical de la pedagogía tradicional en Occidente. Autor de La pedagogía pervertida, 1974, y de Zeus hospitalario: elogio de la hospitalidad, 1993, entre otros títulos. Refrenda, a los 94 años, en esta entrevista exclusiva para LetraeSe, su vigoroso espíritu contestatario y la lucidez con que percibe las continuas transformaciones en el mundo actual.

¿De qué modo ha cambiado en los últimos años la noción de educación infantil tal como usted la refería su libro La pedagogía pervertida?

Ha cambiado enormemente. Desde los años setenta asistimos a modificaciones y a un reforzamiento completo de la exclusión de la sexualidad en la educación infantil, cuando todo señalaba que había una gran libertad al respecto. Es cierto que formalmente había cierta elasticidad con respecto a una edad de consentimiento sexual juvenil tendiente a la baja, pero en realidad se seguía prohibiendo el ingreso de niños y adolescentes a la vida sexual. De hecho, no existe hoy una mayoría de edad sexual, sino simplemente una mayoría legal.

Los movimientos feministas habían promovido el derecho a la libre disposición de los cuerpos, también la defensa de la libertad sexual y los derechos de las mujeres lesbianas. También se promovió la defensa contra la violación y la extensión del concepto mismo de violación a todo caso de abuso o acoso sexual. Pero todo lo que se legisló en favor de la mujer se extendió después a la protección de los niños, de tal suerte que ahora tenemos una paradoja o, si se quiere, una contradicción en la noción de una sexualidad contra la que es preciso protegerse.

En esa misma idea de protección subyace una advertencia sobre el peligro de practicar la sexualidad. Dicha alarma se extiende al campo de su representación en las artes, como en el caso del cineasta Larry Clark (Kids, 1995; The smell of us, 2014) sobre cuya obra se ha tendido todo un manto de sospecha o recelo, o en el de la artista Irina Ionesco a quien su propia hija demanda por haberla fotografiado desnuda. Asistimos, en los hechos, a una regresión con respecto a las conquistas de los años sesenta y setenta en el terreno de esa representación visual, y eso es perceptible no tanto en el diseño de las leyes como en el cambio de las mentalidades.

En su opinión, ¿cuál es la causa de ese cambio?

Lo ignoro. Es algo como lo que sucedió con la homosexualidad cuando hubo un momento de una gran apertura, pero luego dicha liberalización no se produjo en el sentido previsto originalmente. En un inicio, la homosexualidad significaba, entre otras cosas, el derecho a la multiplicidad de las parejas, la apertura de los contactos sexuales hacia una mayor diversidad, y lo que finalmente sucedió fue el retroceso hacia una única reivindicación que terminó siendo el matrimonio, es decir, la refundación de la pareja tradicional.En sus orígenes, el concepto de homosexualidad se había desarrollado como algo opuesto a la pareja heterosexual, concebida a partir de modelos heredados del siglo XIX. Era incluso algo cercano a las posturas anarquistas en contra del matrimonio. Hubo sin duda el reconocimiento de cierto número de derechos, es cierto, pero éstos se fueron dando en un sentido muy opuesto a lo que había sido su impulso original. Digamos que de un impulso libertario se transitó hacia un terreno estrictamente jurídico y, en lo fundamental, muy conformista. La intención no era brindarle a la sexualidad el derecho a expresarse libremente, sino algo muy distinto: asimilarla a través de un marco jurídico. Y esta asimilación convencional no fue siquiera del gusto de los adversarios de los gays, pues lo primero que hicieron fue criticar severamente la primera ley promulgada por el presidente François Hollande sobre el matrimonio igualitario. De este modo, y contrariamente a la realidad o a lo que se esperaba, a esa ley se le reprochó abrir un gran espacio de relajamiento, cuando lo que procuraba en realidad era justamente lo contrario: codificar y normalizar a la homosexualidad, incorporarla al sistema de normas de la sociedad. En suma, pretendía, simple y llanamente, la normalización de todo lo que aún seguía considerándose desviado.

Muchos opositores a conquistas civiles como el matrimonio igualitario proclaman la defensa de los derechos de los niños y un rechazo a la adopción de los mismos por parejas homosexuales. ¿Qué opina al respecto?

En efecto, ha habido en Francia casos de autorización de adopción o educación de niños por parte de parejas homosexuales, pero ha sido sobre todo el caso de parejas de lesbianas, de mujeres que han tenido la autorización de educar a niños en situación de vulnerabilidad. Pero no creo que en Francia haya sucedido algo parecido con las parejas masculinas. Curiosamente, en España, país muy católico, las cosas suceden de otro modo y existe mayor equilibrio entre parejas masculinas y femeninas en el caso de la adopción de niños. Francia, al respecto, parece ser más conservadora.

Siempre pensé que había una manera especial de manifestar las prohibiciones, y que eso era a partir de la brecha entre los mayores y los menores de edad. También que lo más prohibido era, por supuesto, la mezcla entre las dos edades. Pensaba que era la forma que había adquirido el dispositivo contemporáneo de la sexualidad tal como lo había descrito Foucault. En definitiva, la sujeción del niño a una tutela pedagógica integral. Por paradójico que parezca, desde el siglo XIX se han reforzado las prohibiciones sexuales. Hoy resulta impensable una representación del cuerpo infantil desnudo con una mínima insinuación erótica, algo que era natural en épocas pasadas. Hay un cierto recrudecimiento de la censura.

En este clima de prohibiciones crecientes, ¿existe todavía espacio para la liberación de las conciencias o para el optimismo?

Las prohibiciones relacionadas con esa brecha generacional siguen vigentes, y diría incluso que se han reforzado, sobre todo a partir de una conquista de una gran visibilidad de lo que antes era velado o prohibido y que ahora se despliega de manera muy explícita. Hoy se exponen todas las formas de comportamiento sexual y eso ha provocado que muchos comportamientos antes prohibidos, pero hasta cierto punto tolerados, ya no lo son en absoluto, debido justamente a esa visibilidad conquistada. En su calidad de comportamientos visibles, se han vuelto doblemente perversos, incluso criminales. Y por lo mismo son ahora doblemente perseguidos, lo que se traduce en un reforzamiento de las prohibiciones sexuales.

Desde 1968 luce menos claro lo que antes parecía orientarse hacia formas de liberación. No se trata de que vayamos hacia nuevas formas de represión, pero no queda claro cómo podrían hoy afianzarse otras formas de liberación. Se pueden inhibir formas de represión invocando los derechos humanos o la igualdad de género, o combatiendo el racismo y la homofobia, pero en esos campos sólo veo combates de defensa y de protección, parcialmente diseminados, y poco o nada que autorice el optimismo.

La evolución política y social en la Europa de hoy y en los países musulmanes y africanos podrían incluso acentuar el temor y el escepticismo. Antes del nazismo tampoco pensábamos que cierta irracionalidad fuera viable o posible. Por muy improbable que ello nos parezca ahora, en realidad podríamos asistir al regreso de movimientos abiertamente fascistas o pro-nazis en Europa, lo cual ciertamente no puede generar ni optimismo ni entusiasmo.


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