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La diversidad se camina

A la memoria de Hugo L. del Río, pluma magistral

La Diversciudad reclama las arterias importantes. Con el lema “Tengo orgullo de ser” la marcha número XVI sorprende a este crónico quien toma nota de cómo la diversidad se abre paso, soberbia, indómita. Exige su derecho igualitario a querer-se con todas las leyes del corazón y legislaciones civiles que de él emanen.

La diversidad soporta, resiste, jala a la muchedumbre bajo un sol canicular, da la cara a los esfuerzos denodados de una reacción eclesial extremista y sediciosa que la quiere de regreso al clóset. El crónico que esto piensa tolera los rigores tropicales de una onda de calor irrespirable, pero no lo cura de la febril emoción al ver a una criatura recién nacida, retoño humano en brazos de dos personas del mismo género. Los brazos también marchan y protegen a la criaturita de las inclemencias de una época asfixiante. Otra familia numerosa en personas y coraje marcha con dignidad en la vanguardia del gentío. Sábado perdido que le gana la partida al sopor sangrón de junio, presente lo tiene este crónico, en la fecha poliamorosa que se suscribe bajo los múltiplos del dos y del tres: 18/06, 06 p.m.

La diversidad poetiza. Listones, atavíos, pelucas, cardúmenes, estoperoles, abanicos, tatuajes, boas, botas industriales, poemas del español Miguel Hernández que sobrevuela con ojos de dron el estremecimiento del asfalto vaporoso, cosmopista de los autonautas repelones: “El odio se amortigua/detrás de las ventanas.” Canturrea el crónico los versos de un valiente para dar aviso de lo que sucede y lo atemoriza en la avenida Alfonso Reyes, a la altura del metro Anaya. Rosario de coches fugitivos. La explosión de un mofle lo pone en guardia. El odio se amortigua en el corazón de un motor mal carburado, chispas.

La diversidad oye con atención. En el ánimo de los participantes se agazapa un eco, un coro de lamentos por la matanza de Orlando, por la Madame de Xalapa, por los estudiantes de Ayotzi, por los maestros en rebeldía, por las mujeres asesinadas, por los dichos intolerantes de sus políticos y por las muchas masacres del alma por tal de no dejarla ser.

La diversidad duele pero resiste. Para apechugar la pesadumbre hay que voltear la mirada a la agitación deleitosa de la medusa multicolor y bullanguera. Oportunidad de admirar las plumas más finas, el maquillaje más vampiresco, al padre y madre viejos y chidos que apoyan a su chica trans, a su chavo libélula. Cuadros milagrosos, tesoros fraternos para la historia mustia de esta ciudad reseca.

La diversidad se celebra. Dan ganas de salirse de la columna y abrazar a cada alma peregrina, carajo, exprimirle el corazón a los curiosos colmados de rejas y de cardos, invitarlos a bailotear con el ánima festiva que recorre y aúlla en las tripas del crónico que esto percibe y se solaza, se relaja con la pachanga de chicos y grandes, novicias y veteranos, vestidos con los tonos de la esperanza.

La diversidad tiene memoria. La cervecería Cuauhtémoc, orgullo norteño, potestad en ladrillos rojos, hiede a fermento de cebada. El crónico oye a un micrófono que dice huele a pedo. El olfato no se conforma con maridar el cabrito con las cheves del alma. Ahora se suelta el pelo y se dora la jugosa arrachera en las barbas del empresariado doctrinal. La empresa cervecera en manos holandesas ya entendió las nuevas exigencias del trato hacia los más vulnerables en un mundo encervezado. La centenaria factoría, alma mater del rancho futbolero, alcahueta nos dice chaucito, queridas, bonitos los bailables motorizados. Salud.

La diversidad de abre el corazón, no se cabrea. Para buena parte de los asistentes esta es su primera marcha. Mayores de 18, niños con sus papis, barbonas y lampiños, veleros y voluntarias danzan con ojos primitivos, afiebrados, desinhibidos en la plataforma de varios tráileres. Se manda saludos y besitos a través del calorón. El duelo es un témpano que se queda en los meridianos del esqueleto conforme el crónico anda y se aproxima a la avenida Colón. La muchedumbre afuera de los aparadores, en la estación aérea del metro, en la boca de las cantinas de mala muerte, lo estimula a talonear con más ahínco.

La diversidad se canta. Una señal que nos revela la institucionalidad de la tropa gay regiomontana es la música en la que orbitan las caderas y se descoyuntan las vértebras con ritmos antreros. Por allí alcanza a las orejas del crónico el himno discotequero I’ll will survive de la inmortal Gloria Gaynor. Hasta el final pero desde el principio un sorpresivo Imagine de John Lennon le arruga el esternón. Si el futuro no existe, cantemos la elegía del presente.

La diversidad ondea sus banderas. Otra señal de la oficialización del desmadre está entre los vendedores de banderitas y suvenir, el crónico se admira del irremediable ingenio del lucro que en México se apropia de la grey sin fines de lucro. El crónico compra la banderita famosa y la agita con algo de pena. O este crónico ya está demasiado viejo para los festejos convencionales o es sólo que ya se convenció que es absurdo no festejar lo convencional de los rituales convenidos.

La diversidad se impone. La condición de minoría perseguida le da sentido al acto suicida de exponerse al escrutinio de la calle, a los rozones y retortijones de nadar contracorriente, a los cuestionamientos prejuiciosos en el barrio o en la oficina que echan mano de preguntas de lesa humanidad:

-¿Por qué andabas con los lilos, acaso ya te salió lo puto?

La diversidad está en vilo. Se alza como categoría sociológica expropiada a la violencia de los hipócritas, opone razones de calidad a los tránsfugas del placer, con muchos temas inauditos. La calle es la coma electoral que manda mensajes a las urnas porque se sueña progre y democrática. La calle es la estrategia del amor encuerado que se vale de todo para arrebatar lo maravilloso a eso que queda después del hastío del desempleo, del horario malpagado en fábricas y oficinas. ¿Oirán los traficantes del poder los rumores de la calle?

La diversidad se corrompe con la grisalla. Se socava con la homogeneidad medrosa del peatón inerme, sobajado por la barbarie urbana. No todo es carne esclava, dice el crónico que esto cree porque se admira de tanta nalga imperativa. El calzón se mueve, se politiza y rompe la crisálida elegebetera, más político que nunca zumba en los carros alegóricos, chilla con los silbatos, truena el orden establecido con meneo implacable.

La diversidad tiene vergüenza. La gente del barrio El Pozo, un rincón citadino en condición de pobreza extrema, de brutal marginación, sale a saludar a la plebe sexosa. Los niños del Pozo recogen los dulces que avientan otros niños mejor comidos y felices que acompañan a las reinas locas, ¿ya las vieron? Van trepadas con sus trapos vanidosos. No es para menos su petulancia tornasolada de lentejuelas. Relamidas dragonas del ocaso, bravas lobas vestidas de organdí, bestias quebradas del apocalipsis escénico, manirrotas, noctívagas, galopantes.

La diversidad se transita. Su encaje es poroso, abierto, reforzado apenas por los vínculos de la amistad en la diferencia, bordado con el desdén y el asco en el tapiz manchado de la familia patriarcal. Esa entelequia que los conservadores reclaman para sí como familia normal, natural, tradicional.

La diversidad se practica. A veces confluye en el espasmo de los bíceps de los chavos esculturales en tangas metálicas. Los caminos del deseo se pierden en el anónimo retumbar de bocas con nombre y apellido, con perfil en las redes virtuales, con proyectos y pasiones, y se pitorrean del calor y de las miradas y de los gobernadores bocones. Y por eso la diversidad lanza ósculos malditos al tráfico colapsado. Y por eso vibra la limosina de la masa gozadora de los traviesos travestis transversales.

La diversidad se multiplica con el ejemplo. Una representación de funcionarios del consulado norteamericano camina dolida, golpeada por el terrorismo sembrado por sus halcones. Joseph Pomper, el cónsul gay que vino de Boston y ya se fue a la India, nos conmina a levantar los hombros y enjugar las lágrimas. Es momento de enterrar a nuestros muertos, por eso sirve de consuelo el innumerable grupo de afiliados a las iglesias que creen en un dios compasivo. Es importante el contingente de practicantes de la Pink Christianity. Mueran los discursos iracundos. Los servicios de soporte logístico y seguridad aportados por el gobierno estatal y municipal son notables. Se agradece el pelotón bien coordinado por apuestos gendarmes.

La diversidad se recorre de cabo a rabo con overol y patines. Un chico desparpajado avienta condones al público de las aceras que en ningún momento repudia a la manifestación. La ciudadanía de a pie, ese estado de ánimo de la demografía mexicana tan enojada con su gobierno, saluda y celebra los penachos y los lances de la fantasía homo. Ese pueblo callado y ninguneado - medita el crónico- nos alienta, nos filma, nos aplaude, nos acompaña y quizás nos envidia.

La diversidad cura. El crónico es la evidencia científica que la diversidad regala salud a manos llenas, proporciona calidad de vida desde lo más alto de su cielo protector. Sólo así es posible erradicar los saldos negros de la homofobia, los nuevos casos de sida, los feminicidios y la estupidez arrogante de la clase política y jerarquía religiosa. La visibilidad en la penumbra del ser es una vacuna infalible, muy económica y accesible contra la nada de la muerte fanatizada. La diversidad más orgullosa en los momentos de mayor amenaza acepta el misterio del otro, la ambigüedad del “yosotros”.

El crónico agota con orgullo y pies alados la emoción terapéutica llamada calle.

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