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En busca del estrógeno perdido

Nos comandaba la Proust. Así se hacía llamar la doctora en letras francesas con fraseo parisino. Capitaneaba una famélica caterva de chiquillas rapaces y melódicas, fanáticas del campus universitario. Idos son ya los bachilleres tiempos. Un poquito antes de la fiebre Menudo.

De rumores sotto voce del profesorado Uni y Tec la Proust lo sabía todo. Repito: to-do. Desde el más alto nivel hasta las cloacas contaba cada historia. La Proust controlaba la subasta negra de chismes y pasiones capitales de cada uno de los funcionarios de la alta nomenclatura. Chacualeaba feliz en el mercado clandestino de sus amores y perrerías. Editaba un catálogo de chavitos, estudiantes foráneos casi todos, para solaz de los perversitos gargantones.

Ya sé por qué la brillante lingüista nunca llegó a los sitiales máximos de ninguna institución respetable. Después de conocer a tan insigne maricón, comprendo que la no idoneidad para ocupar honrosos cargos en el servicio público se debe a un defecto congénito domiciliado en las traidoras hormonas que gobiernan mis mustios ovarios de loca perdida.

–¡Quiero mis estrógenos!– aullaba espumosa la pobre Proust cuando se le escapaba un principito.

Erró gacho el camino. Glándulas gachas. En vez de treparse en el elevador con hambre de poder macho, y conquistar con sus espolones la oficina de los masculinos potentados, que siempre velan por el bien de la educación superior destinada a la juventud mexicana, ella se dirigía rauda al sótano. No salía de los baños. Hermosos aquellos sanitarios infectos, hervorosos de académica caquita. Es que siempre la traicionaban las gónadas. Hasta cuando andaba de marimacha hurgando puchas.

Malditos jugos endocrinos. La hicieron lesa, perdedora, histérica, pirada, inestable, cotillera, incapaz para hacer otra cosa más edificante que hincarse a adorar al cíclope braguetón y entregar su tesoro viril por casi nada.

Les hablo de aquella época cuando la Proust invitaba a todo Montegay a retozar en sus echaderos. Modificó nuestra rutinaria dieta plebeya compuesta de magueyeros y sardos. Ella era adicta a la carnita con título y birrete. Qué ganosa y cumplidora su raza estudiantil, inspiradísima. La Proust era reina en aquel cuchitril voluptuoso, a unos cuantos pasos de donde se tejían –y tejen– las políticas misóginas y homofóbicas más tenebrosas de esta ciudad pastoril.

Ahora que leo lo que piensa de nosotras el doctor Luis E. Todd, exrector, (Milenio, 12-04-16) lo entiendo todo. Suspiran mis entrañas de nostalgia homo. Aquel mundo ya se acabó. La Proust fue abducida por un virus africano que pescó en Londres. La parvada de pájaras que no fue cercenada por el bicho homosida voló a otras latitudes, se casó, tuvo esposa e hijitos y fue feliz para siempre. Hoy escribe serviles sermones en la prensa decente.

El clandestino ambientazo de carnaval perpetuo ya chupó faros. Lo fashion dio paso a lo facho. Las locas de hoy, muy en su derecho, sólo quieren ser señoronas de su hogar. Han conquistado las calles, salen en pelota a celebrar su orgullo. Y van por más, juran con la mano en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders. Porque, oh ironías de la caprichosa historia, las abominables también hablan inglés. Incluso exigen la adopción de güercos para colgar sus sonrosadas caritas en la sala de sus asépticas residencias.

Yo sigo en busca del estrógeno perdido. ¿O no era eso lo que buscaba la Proust como perra en celo?

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