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Problemas de quebrados

Nunca me regañaste, Mariano. No me delataste. Jamás fuiste con el chisme dañoso. Yo era tu consentido. Quizás por flacucho, apocado, despistado. Chavo sin más atributos que mis contradictorios sentimientos y el vicio por las novelas de Julio Verne. Tú tenías veinticuatro: moreno, seguro, fuerte, trabajador, campeón de torneos de fut en la colonia. Y varias novias en ristre. Hermoso que yo te recuerdo.

Después de comer besabas en la frente a Abuelita y salías al patio de las gallinas. Te sentabas bajo la sombra de la mora a escuchar la radionovela El Ojo de Vidrio. Con el cigarro entre los labios me preguntabas por la tarea. Yo volaba, revolvía mis libros para encontrar entre mis deberes los problemas de quebrados. Yo fingía que no entendía, tú me explicabas con la paciencia de maestro. Aspiraba tu aliento de hombre curtido. Luego te mostraba mis dibujos de naves futuristas. Tú lucías unos dientes de potro saludable. Aspirabas recio el humo, te burlabas de mis pésimos dibujos.

Nunca te reclamé las burlas que me hacías por los descabellados diseños espaciales, estábamos en los tempranos años sesentas, aún el hombre no había conquistado la Luna. Nadie se iba a imaginar el gran poder de la ciencia, que por cierto ya alcanzó a tus nietos. Tus chiquitos vinieron a despedirte metidos en el Facebook, ni caso te hicieron. Se fotografiaban con tu ataúd de fondo.

¿Por qué nunca me invitaste al cine como a tus novias? El cine Regis daba un programa de permanencia voluntaria, algunas historias de Julio Verne. Allá te quedabas toda la tarde, hasta las nueve. Muy formal regresabas intacta a la señorita a su familia. Llegabas a casa de Abuelita antes de las diez. Hogar pobre pero muy decente, decía Abuelita. ¿Qué diría la vieja de lo que te hoy te digo, Mariano? Esto no es hotel, gritaba Abuelita, cuando se nos hacía tarde jugando en la calle. Tú obedecías ejemplarmente. Método brutal para señalarnos el buen camino a los demás chavales. Tenías que controlarte al máximo. Yo te oía llegar después del cine. Firmes tus pasos de hombre cabal. Te veía con mis ojos de fantasía. Entrabas a la recámara oscura, te desnudabas, te metías en la regadera a aplacar el ardor de tu inmaculada bestia. Agua helada. Salías vestido con tu ropa de cama y te acostabas. Madrugabas porque trabajabas de día en la fábrica de Aceros Planos.

Yo codiciaba tu olor, primo. Buscaba en tus pertenencias las marcas delatoras, las manchitas viscosas, restos del reprimido intercambio amoroso con tu chica en turno. Bendito cine Regis. Viendo las de Julio Verne. Apenas te escuchaba roncar iba yo en puntillas al baño. Me prendía del pecado como un insensato, como un miserable adicto. No podía conciliar el sueño si no aspiraba tu perfume en el algodón virgen. Hasta que me hallaste, ay primo. Tenía yo tu ropa íntima apretada a los labios, lamía tu esencia masculina. Nomás arqueaste las cejas altivas y me preguntaste suavecito: ¿Qué pasó, primo, qué se le perdió entre mis asuntos? -¡Nada!, contesté muerto de vergüenza, con tu ropa colgada de mi mano.

Al día siguiente me ayudaste con los problemas de quebrados, más amable que antes. Fumabas tu cigarro apretándolo entre tus labios tiernos. Al mes te casaste a la carrera, con una muchacha que apenas conocías. Fuiste excelente esposo, padre de tus hijos, amado por tus nietos. Nunca te burlaste de mí, jamás me repudiaste. Todavía antes de morir me pediste que no dejara de tener fe en la ciencia, en la prodigiosa tecnología, capaz que un día hallara la cura. ¿La cura para qué? Nunca me lo aclaraste. Quizás ya sabías de la infección. Quizás te referías a mi manía olfativa. No importa. Me quedo con tu bondad, impregnada en la tela limpia del corazón.

 

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