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El Hombre Nuclear

1984. Nunca olvidaré que en una reunión familiar mi primo A., médico pasante, comentó: “Los sidosos están cayendo como moscas”. Todos los congregados en torno del asador soltaron una monstruosa carcajada. Brindaron por la desgracia.

Después de aquella fiesta fui a tramitar unos papeles en el edificio sindical de los maestros ubicado frente a la Alameda. En una de las bancas estaba un chavo bastante apuesto, muy masculino, velludo, calzado con botas vaqueras. Se parecía al actor Lee Majors, famoso por la serie de tele El Hombre Nuclear.

Nos vimos, nos entendimos, platicamos. Ay, mamacita: su voz. Era más diáfana que la de mi hermanita de cuarto grado. Salían por su boca sonidos como de cristal cortado. “Me llamo José Alfredo, igual que el compositor del Caballo Blanco, pero me dicen la Peluches”. Nuestro ligue no podía, naturalmente, llegar a ningún lado. Éramos un par de locas buscando exactamente lo mismo: boleros, lavacoches, indigentes, chicleros, albañiles, algún canalla con un triste átomo de virilidad. El paisaje estaba muy sin embargo.

La Peluches me preguntó por Rock Hudson, el famoso actor, si acaso tenía AIDS. Así, en inglés. “La Hudson es comadre como nosotras, no lo dudo ni un tantito”. La peste tocaba con furia en el chismorreo de la ciudad mariposa y pendeja.

—¿Y eso del AIDS cómo da? 

—Parece que viene de los changos africanos, lo transmiten a los maricas y los drogadictos.

—Uf, mana, estoy salvada. Yo soy güero de rancho, ni siquiera fumo y siempre me acuesto con machitos.

—Dicen que en el río Santa Catarina hay más movida que aquí, ¿vamos?

Y fuimos. De pasada quise llegar a la Secretaría de Salud Estatal. Estaba ubicada muy cerca de allí, en un edificio hermoso, estilo Art Decó. Le propuse a José Alfredo llegar y preguntar por el AIDS en las oficinas de Salud. Me interesaba escribir un artículo.

Nos presentamos ante la recepcionista, le expusimos nuestra solicitud. La chica nos vio con extrañeza, se comunicó por el conmutador con alguien más enterado, nos pidió esperar. Nadie apareció.

—Perdonen, pero no tenemos nada de información sobre esa enfermedad, ¿es la del mosco?

—Parece que viene del África.

—Entonces ustedes buscan algo sobre el dengue, llévense este folleto.

—¿Condones, tienen?

La recepcionista nos miró con una mueca llena de asco, nos echó de mal modo, amenazó con llamar al guardia. Salimos de la Secretaría con una hojita tamaño carta, mimeografiada, borrosa. Esa era toda la información que el gobierno estatal tenía sobre el sida: absolutamente nada.

—¿Para qué quieres condones, flaco, quién se baña con paraguas?

Llegamos al río Santa Catarina a husmear el territorio. Nos tendimos a buscar cocteles anónimos, violentos, llenos de infecciones. Estudiábamos con ojo aquilino el pedregal y las canchas polvorientas. Caminamos con dirección oriente desde el puente del Papa. Los chacales brotaban y blandían sus sexos entre la maleza, se vendían por unas monedas a la vera de los hilitos cristalinos de agua fluvial que apestaba a mierda. Mi amigo triunfó de inmediato en el lecho infame, frente al hospital Gine del IMSS. El sida acabó en dos años con el Hombre Nuclear, después de hacer pedazos nuestro cómodo sueño de regia inmunidad.

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